¿Quién es el mundo para interrumpir lo sincero? Se preguntaba un amigo

Fumar es perjudicial para la salud, pero se puede vivir fumando.

Lo sabemos,

nos preocupa,

pero no dejamos de hacerlo.

Conclusión: somos cada generación, más y más pelotudos.

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Este mensaje es tan solo para quien escribe, para el idiota que perdió 
en el amor 
 por cobarde.

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Desde chico voy al dentista, para que mis dientes se vean bien. El corazón, en cambio, está bien oculto.

Tuvieron que pasar veinte años para entender que mi corazón es el que estaba enfermo. Y tuvieron que pasar esos veinte años para entender porqué estaba enfermo. Hoy creo tener una explicación: Mi corazón y mi cerebro no son compatibles. Soy -a la vez- dos personas diferentes, intentando cohabitar un mismo cuerpo.

Mucho siento, poco me atrevo. Sin resistirme me resigno a vivir como un hipócrita en este mundo haciendo lo que me dicen, “amando” del modo que profesan, llenando y vaciando mis bolsillos de cosas, sonriendo afuera y llorando adentro. Lo padezco en lugar de cambiarlo. Por momentos me guardo en mi habitación y me pongo las zapatillas de revolucionario, agarro un papel y me pongo a escribir párrafos enteros denunciando al mundo y lo mal que vivimos. Pero cuando suena el timbre, me pongo el traje de hipócrita y abro la puerta.

Es complicado de entender, pero el culpable es el idiota que escribe esto. Y es más complicado entender porqué no está haciendo otra cosa más que escribir esto. Perdí en el amor, perdí por cobarde. El cerebro ya no me pertenece y mi corazón cada día habla más bajo. Vivo como aquellos que gritan más fuerte dicen que debe ser. 
El cerebro ya no me pertenece, nunca lo hizo, porque no lo defendí ante el mundo ensordecedor que lo enfermó. 
El mundo avanza como una avalancha de sinsentidos haciéndose lugar y condiciona al corazón. Los sinsentidos que acarrea hace milenios se meten en nuestros cerebros al igual que la lluvia se filtra entre las grietas de las autopistas. Nosotros lo permitimos, cuando dejamos que el mundo sea lo que es, y entre toda esa basura seguimos hablando del amor, vendiéndolo y haciéndolo bailar en un canal de televisión, pero no nos animamos a practicarlo. Publicamos libros, damos discursos, “el amor debe ser así, así y así, no de otra forma”.

¡Cuánto hablamos de lo que no practicamos! 
Quiero amar como lo sienta, y no como me digan que deba ser. Propongámonos cambiar al mundo aunque sea por un día, amando sinceramente, de la forma y el color que elijamos.

¿quién es el mundo para interrumpir lo sincero? — Se preguntaba un amigo.

Es quien nosotros -cobardes- le permitimos que sea.