La sombra
El Último Párrafo
La oscuridad inundó la calle empedrada. Las bicicletas deambularon monótonas mientras sus ruedas giraban al ritmo de un traqueteo endemoniado. Se escucharon voces de entre todos los extremos de aquel lugar. Los cuerpos alargados y ensombrecidos se entremezclaron como pleonasmos en una frase absurda gracias a la proyección de varios halos de luz. Algo tenues.

- ¡Qué noche! ¡Qué exuberancia! –gritó uno de los profetas altivo-.
Los pasos de quienes no quisieron ser reconocidos siguieron sumándose al ruido constante sobre un tablado elástico e irreal. Había al fondo de aquel callejón un chelo impoluto cuyo cordaje emitía sonatas de un timbre vigoroso, exportado de un lugar perteneciente a una estepa remota. El parnaso intelectual se congregó impasible frente a aquel instrumento de madera. El viento sopló hacia el norte, como de costumbre, y la sonata no le pudo acompañar, pues iba rectilínea.
Como consecuencia de su desgaste, las finas cuerdas se fueron agrupando en una robusta jarcia y su melodía se volvió áspera. Su propia metamorfosis le acabó propinando una mudez humillante. Ello no pareció importunar. La calle seguía iluminada y los profetas mantuvieron sus andares. Las ruedas de goma raquítica circularon durante unas cuantas horas más. La sombra se había desvanecido y nadie se percató ni siquiera de su existencia.
