Lecciones en Van Tri

El Último Párrafo

Van Tri, situado a treinta minutos de distancia de Hanói, es un pueblo pequeño y bastante humilde. Encerrado en una carretera secundaria que se bifurca de la general hasta agotarse, refleja en sí la asimilación de lo primitivo y rural.

Nada más entrar, una gasolinera desvencijada muestra aún ciertos atisbos de funcionalidad. Las reses vagan tranquilas sintiendo el manto protector de su dueño, que les guía hacia el redil. Antes de penetrar al interior del pueblo se puede observar, por dos de sus costados, grandes extensiones de arrozales. Durante mi estancia los vi bastante crecidos, trazaban en el lienzo una estampa sedante; sobre todo cuando el sol se situaba al borde de su extinción y se entremezclaba entre los finos tallos, que aleteaban gracias a una brisa benévola. En fin, una belleza más del Extremo Oriente.

El pueblo estaba delineado en forma de ‘T’, cuyas tres calles principales intentaban, inútilmente, estirarse en línea recta. Al principio de todo, a mano izquierda, quedaba una escuela bañada con un color similar al del adobe. En ella los niños jugaban divertidos a la pelota por las tardes mientras que por las mañanas — supuse­ — recibirían lecciones sobre la fascinante y lastimera historia de un país hostigado, en menos de dos siglos, por el colonialismo francés, el imperialismo americano y el ahogante comunismo. Un día advertí que uno de esos chicos vestía una camiseta secundaria del Atlético de Madrid, y algo invisible me pellizcó en el estómago.

Muy pocos extranjeros debían de haber visitado aquel lugar, ajeno a toda contemporaneidad. Mi sino ahí era la de impartir clases de inglés a unos estudiantes pequeños en un centro de idiomas. Era un edificio de dos plantas, de un verde menta claro cuyos extremos estaban raídos por el tiempo. La primera planta albergaba la casa de la profesora y arriba se situaba el aula. Cuando me contrataron me sentí pletórico y apenas pronostiqué las emociones que me iban a azotar en aquel lugar.

Nadie me advirtió sobre la figura que tenía que representar durante esos dos meses en la escuela. Justo antes de entrar a clase, la profesora me rogó que esperase en las escaleras, mientras ella prevenía a los alumnos de la llegada del profesor “europeo”. Osease, yo. Durante esos instantes previos, la atmósfera bulló en una expectación clamorosa, a la que se adhirió una asfixiante humedad tropical.

Conocedor de mi papel de ‘docente venerado’, subí las escaleras motivado, al igual que Jake La Motta saltaba al ring en Toro Salvaje, colocado hasta las trancas de una fama que le llegó de improviso. Muchas corrientes de ego surcaron por mis venas. Al finalizar cada lección tenía que presentarme en la entrada del edificio, para que los padres de las criaturas me ojearan.

¡Es verdad! ¡Ahí está el profesor europeo! — mascullaban en un lenguaje que no comprendí.

Lo cierto es que toda esa exhibición podría embriagar a cualquiera agrandado la veneración hacia su personalidad. Más de veinte personas me observaban atónitas cada tarde después de clase, solo por yo tener una piel algo distinta, unos ojos más abiertos y el pelo rubio. Es posible que fuera el único rubio que se adentrara en aquel pueblo olvidado en muchos meses.

Acabé creyendo — inconsciente — que ellos aprenderían más de mí que a la inversa. Y por supuesto que me equivoqué. De ello me di cuenta la última vez que quedé con las dos únicas profesoras del centro, en la primera planta de la escuela. Cociné unos espaguetis con tomate a la italiana, que nunca habían probado, y traje un vino español de la Rivera del Duero. Ellas, a su vez, prepararon unos deliciosos Pho Cuon, unos rollos primavera pequeños sin freír y cuyo sabor era delicioso. Finalmente, una botella de licor de arroz casero irradió la sala de un profundo aroma etílico.

Esa noche, sentados en el suelo sobre una esterilla verde, comprendí la gratitud de un pueblo cálido y sin rencor. Fuera comenzó a llover abusivamente y decidí coger la moto para regresar a casa. Durante el trayecto caí en lo pequeño que me sentía y en la estúpida idea de superioridad que llegué a albergar, ingenuo, solo por ser europeo.

Tuve ganas de llorar pero aquel cielo ya lo hacía por mí, empapando mis tobillos con un agua de arrepentimiento.