De nombre Alejandra

de apellido, irrelevante.

Dos facetas. Dos mundos dentro de sí; una guerra interminable, llena de caos y belleza. Me parece inadecuado realizar aquella odiosa pero socialmente cotidiana comparación: “tiene dos caras, jajaja”, para exponer un asunto tan misterioso, llamativo e inconscientemente, tan mío.

Alejandra, tenía una faceta que podría denominar “pública”. Aquella que siempre le demandaba una sonrisa en el rostro, la sonrisa de una mujer dispuesta a ayudar a todos, inclusive, a costa de su propia paz y tranquilidad. Era incansablemente buena, bondadosa; nunca gritaba, jamás lloraba, era una amiga, una hija, una mujer ejemplar; de modales sumamente refinados y una modulación conductual soberbia, como si de toda la vida, le hubiesen educado para ser la muñeca ideal de algún empresario con fetiches sugerentes: callada y bonita.

Parecía que Alejandra, era “perfecta”. Al punto que muchas veces, su perfección me generaba una especie de “nostalgia inexplicablemente familiar”; pero no por mí, sino, por ella. Qué difícil es vivir así -pensé-, queriendo alcanzar obsesivamente el horizonte, en lugar de caminar y contemplarlo. Alejandra, era algo más que ésto. Más que un adorno, más que un accesorio; Alejandra es mucho más que, irremediablemente, la mujer que todo hombre quiere a su lado. Al menos, por un rato.

Fue así como Alejandra, luego de un par de inviernos, me confesó que lloraba en el interior. Su corazón, preso en una vitrina de cristal, se presionaba lentamente contra las lujosas paredes de la impotencia y la desdicha. Lo sé -suspiré-, pues por alguna extraña razón, aunque me lea presuntuoso, nací para entender(la). Y no necesariamente, es así por mi formación universitaria. Que poco o nada me han ayudado, en cosas así de importantes.

Quizá fue porque en mi vida, aunque sea corta, me he topado con muchísima porquería. Estos ojos, que han visto mucha mierda, sabían que esa sonrisa, no era nada más que un disfraz. Y no le culpo, ni tampoco es mi intención profesar mi deseo por su punición. Era la manera que ella había encontrado para sobrevivir en un mundo cruel, lleno de vestigios de una fantasmagórica idea de amor. Una idea que yo me propuse reencarnar y que, a ella le brindaba, aunque sea, una minúscula esperanza. Sí, alguien podría amarte sin razón o algún tipo de explicación. Sin necesidad de méritos, medallas, trofeos y demás.

Es raro. Lo sé. A mí también me costó mucho tiempo, esfuerzo y trabajo comprenderlo. Sentirlo, de ella hacia mí. Empero, el tiempo benefició muchísimo nuestra relación, al punto que, el cielo me permitió conocer a la faceta “privada” de Alejandra. Una mujer cuya mirada, triste y profunda, llenó mis días de alegría. Gustaba de los días grises, de la literatura con tintes depresivos y de la música, instrumental en su mayoría, que nos acercaba más y más al vacío existencial del mundo y su mayoría. Pero eso, es motivo de otro texto. Al final, quizá nunca se lo dije, pero: Alejandra, en un mundo enfermo, fuiste una camelia que nació en el invierno.

La justicia de un nuevo mundo.

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