Hasta que mis manos te quemen; y el viento te sane

Foto de Autoría Propia: en algún lugar entre Huizucar y los Planes de Renderos.

La ciudad se ve tan modesta desde aquí. Tan básica, tan pequeña; tan adorablemente insignificante y pobladamente vacía, que casi podría sentir que así nos contemplan las nubes.

Los edificios fluctuando, los carros avanzando; las personas pasando y los corazones latiendo. Sin razón, sentí que el mundo terminó y renació en un instante a tu lado; en el júbilo de una inexplicable necesidad por satisfacer divinamente, las exigencias más puras de dos almas torturadas agónicamente en el tiempo.

El mundo siguió igual. Los problemas, las personas, la crueldad y el absurdo sin sentido que caracteriza esta noble pero injusta porción de tierra. Todo seguía igual. Para ellos, no para ti. Tampoco para mí.

Era como sentir que estábamos por encima del mundo y que todas las preocupaciones y problemáticas de él, se habían quedado en el suelo. Reducidas a personas, a neumáticos, a colillas y vasos desechables.

Hasta este punto, donde estamos sentados contemplando lo inexplicablemente alegre de nuestro distanciamiento del mundo, bien podría parecer una cuestión de lógica básica: para todo conjunto, hay uno que no le pertenece. Y tú y yo, no pertenecemos a esto.

No porque seamos mejores, peores, superiores o inferiores. Tampoco porque (no) viajemos todos los años, estudiemos en el extranjero o nuestros apellidos se lean en marquesinas o luces multicolor. Sino, porque por un instante, el mundo murió y renació frente a nuestros ojos.

Y difícilmente, nuestra historia podría ser olvidada. No porque se mantenga en alto volumen, o siquiera, en algún momento recobremos la memoria y podamos traducirla a un par de palabras desordenadamente metafóricas.

Más bien: hay cosas en la vida que no se pueden borrar ni de la mente, ni del corazón; mucho menos del alma o de los ojos. Y nuestros iris a contraluz, como un grito en el centro del mundo, exigen volverse realidad.

Aunque el mundo tenga que morir y renacer.

Cada instante que nos plazca.-

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Carlos Mauricio’s story.