Judeco, el Pajarillo.

Mientras caminaba por los fríos bosques de Algún Lugar Lejos de Aquí, me encontré contemplando a un pájaro blanco que lloraba y lloraba, mientras tendido en la escarcha, plañía obsesivamente. Aseguraba haber desmembrado a su amor, aseveraba haber desfigurado su amor, de una manera tan cruel y estúpida, que sólo ya no tenía ningún deseo de vivir. Ni por sus padres, por sus amigos voladores; mucho menos por sus propios intereses. Gritaba con ira las causas de su errore vitae, asegurando que bajo influencias ajenas, había seguido los ideales libertarios de un par de cuervos, que con cinismo, envidia y soslayo, le incitaron a cortar las alas y a picotear los ojos de su amor. Esos pajarracos que hoy, aseguraba con dolor, se regocijan al verle sangrar, esperando su inminente, lenta y muy merecida muerte.

El pajarillo frenó mi caminata y me suplicó, con el poco aliento que le quedaba, le acompañara en sus últimos momentos de vida; en sus últimos momentos de agonía. Me preguntó si yo tenía algún conocimiento sobre labores tanáticas, labores de sacramento y absolución de pecados (al parecer era católico), a lo que yo respondí con una breve historia: de pequeño, cuando mi abuelo falleció, recordé que el padre de la iglesia en la que mi familia se congregaba, realizó un par de oraciones antes de que la muerte tocase a su puerta, y le encontrara como un viejo y reconocido amigo. Sin embargo, el pajarillo me sugirió que le encomendara en oración hasta luego de su muerte, pues ni un segundo sacrificio del hijo de Dios, ni toda la sangre de Cristo, ni toda la piedad de María, podrían ser suficientes dádivas para perdonarle y absolverle por todo el daño que había cometido. Nada podría salvarle de pagar en el infierno, con creces, su error vitae. Me aseguró que ni Dios mismo, se apiadaría de tan desdichada y pútrida alma miserable, contenida en una figura delgaducha y triste como la de él. Aseveré y le di mi palabra, que lo haría.

Me dijo que desde su nacimiento, su nombre le había determinado. Su nombre había escrito, con tinta indeleble, su tragedia. Siguió a la perfección el plan que su familia le había obligado a cumplir. Me lo dijo con tanta seguridad y confianza, que casi me recordó la máxima virtud de los seres humanos: el libre albedrío. Y perdí, por un instante de vista, que suficientemente extraño era que un pájaro me estuviese hablando, como para pensar en cuestiones tan metafísicas como estas. Sin embargo, su discurso y dolor me parecieron tan humanos, que de hecho, lo percibí como tal; inclusive más humano que muchas de las personas que he llegado a conocer (en contradicción a muchos idiots savant con quienes me toca convivir).

No me comentó su nombre y, como si padeciese de amnesia, omitió con clase y precisión, sus orígenes y las condiciones que le habían motivado a cometer el agravio que había realizado. Sin embargo, las lágrimas de sus ojos me permitieron aseverar, que era algo que nunca le iba a permitir vivir en paz. Tenía ojeras, claras manifestaciones que la culpa pesaba más que el sueño; estaba pálido, escuálido y carente de todo tipo de vitalidad. Sus ojos delataban un dolor fuera de este mundo, similar al que a Dante inspiró, la creación del 9°no círculo del Infierno. Supuse que había traicionado a su amor, con algún tipo de treta infame y siniestra, aunque con prudencia, eliminé cualquier tipo de fonoarticulación y decanté por escuchar lo poco que me pudiese querer compartir. Debo agradecer a mi formación, por instruirme en tan importante virtud: callarse y dejar hablar; escuchar, en vez de oír. Atender, en vez de explicar y suspirar, en vez de llorar.

-. (A lo cual debo agregar, la irónica pero hilarante noción que me albergó, al aparecer un fugaz pero claro pensamiento, que me invitó a considerar que en otra vida, yo fui un parlanchín sin remedio. Menos mal, solo fue ficción.)

Sin más, el pajarillo comenzó a vomitar palabras. Como si él estuviese hablando con él, mediante mi presencia; como si yo fuese una pizarra en blanco, me dispuse a recibir su redacción en modo berseker. A lo mejor y único que él necesitaba, era sacarse la estaca que tenía incrustada entre sus pulmones. Necesitaba deshacerse de esa cruz que no le permitía morir en pena. Y así, comenzó:

No estoy afirmando, ni negando algo; asimilando, aseverando, defendiendo o atacando a todos. Más bien, estoy ordenando. A todas las tú; a ellas, a ellos, a nosotros y a todos los yo. Dándole sentido a este caos tan lejano y extraño, que aparece cada vez que tú no estás. Quizá estoy escapando de mis mayores temores, a través de mi vehículo favorito de huida: el lenguaje sin sentido. Las oraciones desordenadas y las palabras inventadas.

No existe un único culpable, tampoco un último error, ni mucho menos, una nueva forma de vida. Son un conjunto de elementos/categorías/experiencias/interpretaciones y demás, las que enjugan clandestinamente una visión tan yónica de la vida. Una mezcla extraña, contradictoria por naturaleza y repetitiva por patología, pero muy propia, como mis fervientes deseos por encontrar el lugar en el que mi alma al fin podrá descansar. Ese bosque incorruptible, contenedor de una apacible cabaña de madera con tonos oscuros (o ahumados), con cámaras, lentes, un megáfono antiguo y un montón de postales de gente que me es tan familiar; unas manos tan frías y cálidas, a la vez, cual símil de mi interior.

Ese lago pacificador, integrador de todas mis experiencias de vida y afectos más dolorosos, así como los más felices y cándidos. Esas huellas de memoria, alteradas marcadamente pero que, por al menos tres cuartos de un segundo, me roban un suspiro de agridulce melancolía. Un estanque en el que por fin, podré contemplar el rostro de quien organiza las letras ilegibles que se van apilando, una a una, sobre ceniceros sin cenizas.

En ese momento, mientras declamaba lo que en su alma dormía, observé cómo un roble, en vez de hojas, mudaba cigarrillos. El pajarillo, prosiguió:

La esperanza sigue aquí, me dijo el ave, brotando como el agua de un manantial secreto, pero renuente a bajar hasta las faldas de lo que antes se conoció, como una majestuosa y surrealista ciudad; una Pompeya en la que sólo reinaban dos, a dos. Rodeada de una campiña verde, con la luna sobre nosotros y una vista al valle, casi de mentira. Mejor que cualquier otra alucinación nunca antes experimentada.

Como una metáfora que encubre la verdad que a medias, se puede transformar en tolerable. Esa que se escapa del inconsciente en forma de relato; ése conflicto que viaja a través del tiempo, a través de nuestras almas y épocas. Habíamos encontrado nuestro hogar, nuestro espacio tan anhelado; con nuestras acciones construimos y destruimos, todo lo que estaba en él. Jugamos a ser dioses, siendo algo menos que pájaros. Moríamos y renacíamos, como niños, jugando. Siempre jugando.

Una lágrima corrió por su ojo derecho, deslizándose con delicadeza por su pico, hasta extraviarse en un pequeño charco de la más cristalina agua que había visto en mi vida. En el charquillo, se delineó una figura muy poco clara, pero que proyectaba un dolor inimaginable. Era el dolor de un alma que se desquebrajó más allá del perdón; más allá de todo lo conocido por un especialista en muerte y sufrimiento, como yo. Era un dolor propiamente humano, contenido en el cuerpo de dos frágiles y extraños pajarillos (aunque sólo uno de ellos estuviese presente, sabía que era un dolor omnipresente). El dolor de un alma que se partía en dos y sus fragmentos se liberaban aleatoriamente en el océano. Como si la vida les reservase el castigo más cruel de todos; eran las cenizas de un amor consumado en la muerte. Como la ira pasiva de una vida que exigía justicia y redención.

¡No espero que me perdone, después de lo que hice! dijo mientras cerraba como por tic, sus ojos. Ya no espero que de su pico emane aquel anestésico cantar; esa melodía mística que concede descanso hasta al más turbado espíritu. Aquella que guía a las almas en pena, a su último lugar de descanso. No espero nada más, que ir al lugar al que se supone, van los ruines y patéticos traidores. Aquellos que hieren a quienes más aseguran amar.

Seguía sin poder comprender lo que aquel adolorido pajarillo estaba queriendo expresar. Al parecer, a nivel de hipótesis primaria, he de suponer que había herido tanto a su amor, que su alma se partió y desquebrajo en tantos pedazos como los granos de arena en el mar; como las partículas de sal que se mueven entre el océano. Simbólicamente, aseveraba haber asesinado a alguien. Sin embargo, puedo asegurar que ni en sueños, se atrevería a matar. Quizá el asesinato al que se refería, bien podría ser la confianza y la integridad moral de su amor, desconozco los niveles que la situación pudo alcanzar, sin embargo, aunque presente tendencias al autodaño bastante notorias, pienso que él dañó sin intención consciente de lo que estaba haciendo.

No tuve el valor para aceptar mi pecado, sino todo lo contrario: arremetí con dureza y sin impiedad, como si todo hubiese sido su culpa. Le culpé, le señalé y me convertí en una víctima agresora. Qué asco me doy… ¡Como si yo no tuviese las alas manchadas de alquitrán!; ¡Mentí, manipulé y negué cosas tan absurdas como el azul del cielo, lo mucho que le amaba y lo triste que llegaría a ser mi vida sin su presencia! Me comporté terriblemente mal y le demostré lo frágil que era nuestro nido. Me dejé llevar por el viento… por lo que las hojas me susurraban y por lo que mi ira hacia mí, se volvía en conductas de autosabotaje a mi propia felicidad…

En cada palabra que pronunciaba, su voz se iba haciendo más y más suave; más y más tenue. Estaba cabizbajo, a punto de dar su último suspiro. Era una atmósfera extraña, que me permitió remontarme a un recuerdo de mis oscura juventud, específicamente, cuando mi madre me reprendió sin reprenderme, por no haber metido la ropa al momento de llover… aunque ni ella ni yo, estuviésemos en casa. Se veía abatido, necesitado de cualquier extraño que le pudiese prestar un oído para escuchar su tan lastimera Ilíada. ¿Qué tan mal se tiene que sentir, para estar así, para comportarse así; para hablar así y para mirarme así? No lo sé. Y nunca lo supe, al menos no a totalidad.

No me queda mayor cosa que hacer por acá… susurró. Llevo un par de días así, esperando a que la última gota de sangre abandone mi cuerpo. Pero nunca logro sangrar lo suficiente, como para evitar que los coágulos se formen. Pienso que merezco morir desangrado, con lentitud, así como yo le maté. Merezco lo peor… Tuve lo mejor, y lo maté. Lo destruí. ¡Destruí nuestro nido!

(Nos envolvió un silencio tan friolento, que las flores que estaban a nuestros pies, se congelaron en milésimas de segundo. Era la muerte, que se acercaba con prisa.)

En el fondo, debo decirte, amigo humano, que siento pena por nosotros. Nunca supimos lo que tuvimos, hasta que lo vimos morir. Como el cáncer, que carcome lentamente las cosas. Como el tiempo, que se encarga de borrar las huellas que marcamos al caminar. Ya no importan las franjas que dibujamos en las nubes, ni las sonrisas que vertimos bajo el sol. Ya no importan las noches contando estrellas, ni los días escondiéndonos del sol. Ya no quedan más provisiones de emergencia, o algún tipo de suspiro que nos pueda brindar confort. Sólo me queda una esperanza, y es volar más allá del horizonte. No con mis alas, sino, con las alas de Dios.

El pajarillo comenzó a cerrar los ojos, a medida el sol decaía tras la montaña más alta. Aquella a la que los pobladores del lugar se refieren, como La Montaña del Lobo. A medida la noche le daba de alta al día, comencé a observar cómo las minas de esmeraldas que reposan en dos extremos de la montaña, reflejaban la luz atmosférica de las estrellas y la luna. Parecían dos ojos. Dos ojos verdes cuya mirada, perdida de sí misma, corría incansablemente al infinito. Formando un puente de triste agonía, que conectaba con el universo y el cielo.

Y bueno, amigo mío, mi atento escucha, me dijo el pajarillo, lo menos que puedo hacer, es decirte mi nombre… Y con la última reserva de energía que le quedaba, exclamó con suavidad: me llamo Judeco. Y sus ojos se cerraron. Su alma, se evanesció; su espíritu, se desvinculó de su cuerpo y contemplé cómo su ánima, ascendió al halo que aquellos ojos verdes formaban hacia el infinito. — Y la muerte, le llevaba de las alas. —

Como un ritual mitológico, su muerte trajo consigo la lluvia. Como si la naturaleza quisiera limpiar sus plumas. Pero como nunca antes, había visto llover; era una lluvia salada, pesada y cargada de algo que todavía no he podido explicar. Era como si el mundo, como si todas las almas de la historia humana se hubiesen fusionado en unidades diminutas de algún tipo de líquido fuera de los límites de mi conocimiento, regalándole a Judeco, cada una de las lágrimas derramadas por actos de injusticia y engaños, de esos tan ruines y crueles, que jamás nunca debieron ser cometidos a lo largo de todo el tiempo que los seres vivos en la tierra, llevan viviendo en ella.

Fui capaz de sentir su dolor; el dolor del mundo. Fui capaz, de por fin comprender lo que machucaba su alma. Y la lluvia, se encargó de lavar la sangre de sus plumas, de camuflar las lágrimas que brotaron de sí. Los canales conformados entre su pico y ojos, sirvieron como el canal perfecto para que la lluvia fluyera por su rostro herido y calcificado. Guiando su alma con la paz y quietud de un agua lunar.

Era momento de irme. Era momento de empacar y seguir mi camino. Comprendí que la vida se trata de eso; de escribir capítulos y cerrarlos. Con gracia, con estilo, con clase y pertinencia. Algunos duran más que otros; algunos son microcuentos, otros son volúmenes completos. Sea cual sea la dimensión y la cantidad del contenido, todos ellos forman parte de la antología que denomino “mi vida”.

Tiempo después, en otro de mis viajes, tomando una taza de café bien cargada en una pequeña cafetería, crucé miradas con una figura que llamó al instante mi atención. No por su apariencia, ni por su vestimenta; no fue por su forma de hablar, ni por su forma de referirse a lo que estaba leyendo. Sino por el título del libro que estaba afectivamente sujeto a sus delicadas manos: Judeco: Antología de mi Autor Favorito.

Era su amor. El amor de Judeco.

Y ella, lo perdonó.

Como siempre lo hacía.-