La dicha de mi Clan.

Siempre he tenido una innegable debilidad por la estética ocular. Aun sin tener claridad en cuanto a las características de simetría, diseño, tono, forma y volumen de los ojos, tengo claro que la belleza reside en la caótica combinación de un montón de situaciones incompresibles para sí, sintetizadas en una caleidoscópica multiplicidad de colores. Sobre todo, cuando ésta se ve realzada por un par de óculos tímidos, confundidos pero penetrantes, capaces de revelar, sin querer, los aspectos más complicados y melancólicos de un alma agotada y resignada al suplicio de vivir.

Un par de ojos que rotan eternamente como una constante transición de postales grisáceamente alegres, o como estelas hilarantemente atípicas de luz; o quizá, más bien, como un fenómeno celeste nunca antes registrado. Carente de sentido para el mundo, irreverente para la gente. Ausente de algún tipo de valor económico, monetario o material. Pero sin duda, para los de mi Clan, no existe consecución más real de la belleza, que un par de ojos tristes consumidos lentamente en la nada. O al menos, ese referente de belleza y estética, reúne todos los criterios lógicos para ser bien recibida en la estructura mental de un adicto a la escritura y a la nicotina.

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