Obviamente no soy yo; es el único hombre optimista al que he admirado pero que, desde hace un par de meses, murió junto con mi motivación empresarial

Tenía una sonrisa especial. Al punto que me hizo creer que yo era capaz de lograr muchas cosas; más allá de las estrellas y Saturno. Era un tipo especial, que nació con una visión optimista de la vida, más allá de cualquier otra falsa noción de positivismo irracional.

Era un sujeto especial. Estoy seguro. Y Dios también. Aunque no lo conocí por más de un par de meses, nunca lo podré olvidar. El tipo estaba obsesionado con una idea; con una creencia particular. Recobrar el pasado, hacerlo presente; vivir en el futuro, o algo así, solía escribir en las servilletas de cada almuerzo que compartíamos. Por razones de trabajo, nada más. Cuando todavía había un Subway en EPA. Y los arbolitos de jazmín, se daban en el patio de mi casa anterior.

Tenía clase. Conocía de vinos, de palabras; de conductas y de miradas. Jamás lo entendí a totalidad, pero estoy seguro, que era un hombre fuera de lo normal. Sus ojos, su expresión; su postura y su lenguaje, me hicieron creer en que la vida, tenía un destino compartido. Creí en él, y él, en mí. Por eso, relato su historia.

No me arrepiento de habérselo hecho saber. Él era mejor que todos nosotros. Era uno, como ninguno. Todo, hasta lo absurdo, se volvía una armonía especial y lógica entre todo el bullicio de las fiestas que anfitrionaba en su casa. Nadie nunca llegó de nuevo; nadie, excepto yo, a despedirle, sin haberle nunca, dicho “hola”. Como era merecido.

Era un caballero. Un hombre como los que ya no hay. Un tipo, que ella no merecía. Y aunque la razón principal de esto, no es ella; ni siquiera una llamada de su parte, pudo transformar aquella vida repleta de tragedias, en una alegoría falsa, motivada por la inequívoca sensación de un mejor porvenir.

Lo especial no era la casa, ni las bebidas; tampoco las personas que invitaba, ni los cigarros que ahí probaba. Lo especial, lo esencial, era el pacto que mis manos estrujaron con el pasado; así, comprendí más de lo que yo debería haber comprendido. Siempre he sabido más cosas de las que debo; sobre todo, aquellas que me son sumamente inútiles.

Hace un par de días visité su casa nuevamente. Los inquilinos son buenas personas; su cuarto ya no pinta igual. Las paredes cambiaron, los candelabros, también. Las ventanas, hoy son francesas y aquel árbol de naranjas, ahora da mandarinas.

No pude hacer mucho, sino encender dos cigarros rojos. Uno en su entrada y otro para mí. Y profesar: Nadie te pudo salvar, mi amigo.

No vale la pena citarla. No vale la pena mencionarla.

Nos vemos en un año, hermano.-

Si la vida, así lo depara.-

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