Repugnancia Social: dos esmeros llenos de rabia, amor y desprecio

Lo que el amor de mi vida me envió. Algo que yo jamás podría escribir:

La gente cree en el destino. En la esperanza. En la inequívoca certeza, que lo mejor está por venir. En la ausencia de ceros, en la presencia de uniones complejas.

La gente vive, por sí misma. Como animales que luchan por carne, por dinero, por sexo, por placer; por estatus, por clase, por diferenciarse, siendo iguales. Por hacerse de más y más, haciendo a los menos, menos. Nunca sentí tanto asco en mi vida, hasta que tuve tanto dinero en mis manos. Hasta que los tres tiempos de comida, se volvieron seis platos de placer.

En ese momento, comprendí que nadie valía la pena. Nadie merecía gastarlo conmigo; nada merecía nada; ni conciertos, juegos, comida, placeres, carros, viajes, cosas que publicar. Ropa nueva que usar, galerías especiales que visitar; tecnología nueva a publicitar, entre todo, una forma nueva del asco por el cual respirar; un estatus nuevo, una visión social nueva de mí; una mentira agradable, una estupidez compleja. ¡Oportunidades por renacer!

Nadie lo merecía. Nadie lo ostentaba. Sólo yo y la nada.

Convulso, complejo; complicado, en desuso. Nada me daba más asco, que verme contigo, gozando de la vida. Que no te merecías; a la que yo no pertenecía. Y en la que ninguno, calzaba.

Tenía tanto y tanta nada, que parecería nomás, un juego de palabras. Ojalá fuese tan fácil, como comprar zapatos caros. Televisores grandes; relojes atómicos. Perlas brillantes, ropa usada. Billeteras que valen su valor de cambio y no su valor de uso; esperanzas que se traducen, en abuso e indulgencia. Todo por la imagen, todo por lo que la gente debe llegar a pensar.

Somos tan estúpidos.

¡Nacimos en sociedad; y moriremos por la misma!

Ojalá y pudiese encontrar mi felicidad, en el dinero. Como ellos, como tú. Como tantos, como cientos. Como miles; como millones. Parásitos.

Eso haría las cosas, más fáciles. Más humildes, más cristianas. Más modestas, más superficiales. Más moderadas, más recatadas. Una sonrisa linda; unos ojos profundos.

¿Gané, mi amor?

Ojalá pudiera dar las gracias cuando mis párpados convulsos, miran al cielo. Ojalá pudiera dar las gracias por mi iris, por mi cuerpo; por mi apellido y por mi alma; por mi espíritu, por mi destino.

Amor,

¿no te parece familiar?

Dos malditas bendiciones. Dos bendiciones malditas.

¿Puedes escuchar quién soy?

El eco de una voz desconocida.

Me llamo destino, aunque sea mujer.

¿y tú?

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