Sempiternal: relatos de un alma triste, hermosa, perdida y lluviosa.

Ella dormía, pero no descansaba; amanecía más cansada. Ensoñando y delirando con memorias de una infancia llena de bosques.

Sonreía y estaba siempre ahí. Sin estarlo, sin sentirlo. Vivía para el mundo, construía universos para todos; a costa del sacrificio de sus mejores momentos. En contra de su felicidad.

La lluvia ya no hacía florecer su jardín. El rocío ya no me notificaba de su presencia ni el viento me sugería su posición. Tampoco las nubes parecían beneficiar su blanca tez; ni el sol, envidiar su majestuosa cercanía.

La nicotina perdió su efecto hace mucho. Y de sus labios, ni una sola estrella volvió a retornar a mi cielo. Tampoco sus manos contactaron con la mías; muchos menos nuestros oídos volvieron a compartir secretos y aspiraciones.

Por mucho que le esperé. Por mucho que le añoré, una corazonada sugerente me hizo suponer que su pérdida, se debía a causas más allá de sólo ser razones del mundo.

Fue hasta un par de años después que le volví a ver, con la misma tierna expresión de falsa neutralidad, como si fuese de vida o muerte esconder su enojo, su dolor; su lavanda tristeza. Como si los años no tuvieran peso, ni las acciones, fueran el puente que evitaba nuestra estrepitosa caída libre. Hacia el fondo del abismo de la culpa y la verdad.

Hasta la fecha, desconozco si su alma encontró la paz y la quietud que merecía. O si al menos, aprendió a tomar sopa con un tenedor.

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