Sobre sus Ojos Cafés.

No son sólo un par de ojos cafés. De entrada, vale la pena aclararlo. Más bien, son un destello de su angelical personalidad; de su diafanidad y loabilidad.

Son sus ventanas al mundo; un prisma tenue de tristeza, alegría, placer y dolor. A través de ellos, el ángel nos contempla a todos. Son más que un par de ojos cafés. Son el principio general que rige mi universo.

No son un trofeo, mucho menos, algo irreductible al activismo carnal. Sus ojos son esperanza. Y aunque ella, con una sonrisa disienta, no necesitan ser verdes para reflejar las noches estrelladas de aquellos tan especiales 22. Y aunque ella afirme que son solo lindos, para mí, son más que hermosos. Así de simple y antipoético. Son todo lo que se requiere para vivir.

No son un referente genético. Mucho menos, una rareza estadística. Son terapéuticos, son especiales, son únicos; no por ellos, sino, por ella. Por lo que reflejan, por el espesor de su sentir; por lo inequívoco de su expresar. Son de ella, por ello, son lo que son. Y aunque ella acostumbre verlos diariamente, para mí nunca dejan de ser un milagro diario.

Me enseñan su historia. Se conectan con mis ojos; son el color perfecto para darle vida a los míos. Y como pequeñas y delicadas líneas horizontales, en mi iris dibujan la historia jamás contada de nuestras vidas pasadas. Londres, Louvre, Bruselas, Florencia; Jalisco y Buenos Aires. Todo contenido en esos océanos de café expreso.

Son una fuente interminable de magia, de caos y de paz. Son la clara expresión de la humildad; es una burla contra todo tipo de presunción y prepotencia. Y aunque ella sabe que su alma emana algo más allá de toda la pureza, ingenuidad y luz que un cuerpo celeste pudiese aspirar, brilla lo necesario. Por condescendencia a todos los demonios sombríos que le aquejan.

Son planos galactográfico de la Vía Láctea. Son su comodín salvavidas, por si las cosas en la tierra no se dan bien. De alguna manera, ella tenía que regresar al lejano firmamento; al distante planeta que goza poderle denominarle “suya”. Ojalá me los pudiera robar, así podría trascender de la miserable vida humana y, lograr mi más grande anhelo: una vida a su lado, sin nada ni nadie más.

Son un caleidoscopio de diferentes gradientes, en los cuales se proyectan los diferentes esbozos que matizan lo mucho que tiene para darle al mundo. Son dulces, son tiernos, son divinos y son suyos. Son suyos, y por eso, son lo que son.

Y aunque me he limitado a describir con cierta ambigüedad un pequeño atisbo de su magnificencia, es imposible poner en palabras lo que sus ojos son capaces de hacer. Sobre todo, a las almas perdidas como la mía. Por eso mismo, es que sus ojos son tan especiales: son capaces de interpretar mis silencios; son capaces de entender sin siquiera ser conscientes de ello. Esos ojos, son la creación del octavo día.

(M., 2016)
“No dejes nunca de brillar, ángel mío. Ni que la luz de tus ojos se atenúe, por la incesante penumbra del mundo.”
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