Escena de la película “Primero de Enero” de Erika Bagnarello

Los años nuevos y yo

Hay una cosita que en los últimos tiempos me es curiosa: ¿Por qué le conferimos propiedades casi mágicas a la transición de año nuevo? No es que vayamos a presenciar un fenómeno sobrenatural en el cielo ni nada parecido cuando el reloj marque las doce. Después de la fiesta, los petardos, la borrachera y la resaca —símbolo infaltable de todo primero de enero—, el sol seguirá saliendo por donde sale, la naturaleza sigue su curso habitual, y el resto del universo también, sin apenas prestar atención a nuestro drama humano. ¿Qué celebramos entonces? ¿Una convención humana y arbitraria de división del tiempo, establecida hace ya no sé cuánto por yo no sé quien?

Y sin embargo, a pocas cosas le seguimos rindiendo tanto culto y le atribuimos tantas expectativas y cábalas como sociedad humana como a la transición entre un año y otro. Tenemos sin falta publicaciones fastuosas para esta época con las “celebridades del año”, las “noticias del año” (que se parecen más o menos a todas las de años anteriores) y por supuesto, el momento incómodo de enfrentar nuestra mortalidad terrenal con los “muertos (famosos) del año”. Tampoco faltan, de rigor, las predicciones —usualmente funestas— para el nuevo calendario que estrenamos. Como si pudiéramos adelantarnos a las cosas que igual van a pasar. O no.

Entiendo la idea de la “hoja en blanco”, de volver a comenzar, de todo eso… pero igual podés empezar con una vida nueva, qué sé yo, un 17 de octubre que da lo mismo a nivel cósmico. Nadie se acuerda de los 17 de octubre.

Debe ser que lo veo así porque ya hace tiempo he ido dejando atrás la idea de “años buenos”, “años malos”, años que pasan lento o pasan rápido. El reloj no va más rápido conforme envejecemos, solo nos parece así. Tampoco creo ya en esas corrientes cabalísticas que asocian nuestra buena o mala suerte en la vida a tal arbitrariedad del tiempo. Aceptémoslo: los horóscopos siguen siendo populares porque nos dicen lo que queremos oír y porque nos gusta que nos confirmen lo que nos imaginamos. La realidad es que si cambia la fecha del calendario pero no tus hábitos ni tus circunstancias, no estás viviendo realmente un año nuevo sino una continuación del anterior. Y si eso no es lo que querés, pues ojalá tengás claro qué es lo que querés dejar atrás y cortarlo de raíz. De una. Solo así será posible. Total, si algo o alguien no te hace bien y sientes que te apresa, ¿para qué querés tenerlo al lado?


Personalmente no tengo mucho que decir de los dos últimos años salvo que no me han sido económicamente muy fructíferos y que empiezo un nuevo año “viendo a ver qué hago”. Me disculpo si mis palabras, por razones obvias, no exudan gran optimismo. Pero a la vez en la zona de confort que propician los tiempos de bonanza económica tampoco podés encontrarte con vos mismo ni analizar para dónde es que realmente querés ir. Como dice la película Primero de Enero de la tica Erika Bagnarello, “a veces cuando perdemos algo, ganamos más”.

Y bueno, quiero pensar que empiezo una nueva época con buen pie. Siempre lamentaba que nunca había logrado que me pagaran por dibujar, y recién apareció una oportunidad para ello. En unas semanas cumplo un sueño de años, estar en el festival de cómics de Angoulême (Francia) y ahí voy también a tocar puertas y buscar oportunidades con material que he estado preparando para la ocasión.

No podemos predecir el futuro ni si vale la pena o no tomar este o aquel riesgo. Lo único que sé es que prefiero vivir veinte años distintos a vivir el mismo año veinte veces. Porque la vida es un préstamo que nunca sabemos cuando se nos acaba, y por eso hay que ponerle bonito y la oportunidad para ello no viene solo cada medianoche de año nuevo, sino cada día que amanecemos con vida.

Igual pienso que voy a poner a enfriar el Prosecco que compramos.

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