Merodeando el reino de los Señores de Xibalbá

Hunahpú e Ixbalanqué jugaban pelota en el campo que su padre Hun-Hunahpú construyó. El ruido que provocaban los gemelos ofendía a los dioses de Xibalbá y los mandaron a llamar para realizar un juego en su territorio.

Lo que pretendían los reyes del inframundo era matar a sus jóvenes rivales mientras jugaban, pero la astucia de estos los hizo ganar la partida. Los seres del mal se resistían a perder y buscaban la forma de lograr sus intenciones. Invitaron a los jóvenes a quedarse en Xibalbá (un lugar de tinieblas, en donde cada ser representaba una maldad) y buscaron de varias formas hacerlos caer, sin lograrlo.

Así fue como Hunahpú e Ixbalanqué mataron a los supremos del mal y erradicaron la maldad, volvieron de Xibalbá y se convirtieron en el Sol y la Luna. Fue entonces que todo en la tierra fue creado, incluyendo del maíz al hombre.

“Cupula Seguridad”, con más de 40 metros de altura, es el inicio del recorrido hacia Xibalbá.

La entrada al inframundo está, según expertos de la cosmovisión maya y relatos de la misma población, en una de las tantas cavernas de las Verapaces, hacia donde los gobernantes y sacerdotes viajaban desde sus ciudades para hacer ofrendas al más allá.

Raúl, un joven de habla queqchí, nos conduce hacia la ‘Cúpula Seguridad’, la mayor del complejo Cuevas de Candelaria, en Raxrujá, Alta Verapaz. Para llegar se camina entre espesa vegetación y riachuelos cristalinos en cuyas aguas vemos apacibles peces y jutes (pequeños caracoles) que conviven con el ser humano. “ya probó los tamalitos de jute. Los venden en el mercado”, nos invita nuestro guía.

Su majestuosa entrada de la caverna, bien custodiada por enormes y longevos árboles que crecen al ritmo que les place, nos hace creer que este podría ser el lugar que el Popol Vuh dejó plasmado en sus páginas hace más de 500 años.

El más grande de Centroamérica

El complejo (descubierto por el espeleólogo francés Daniel Dreux en 1974, que ingresó desde Petén, pues en ese tiempo solo desde allí había brecha hacia Raxrujá), según expertos, abarca más de 80 kilómetros de espacios subterráneos entre cavernas secas y ríos que corren por debajo de la tierra. Entramos en la enorme cueva que da una sensación de paz, misticismo y curiosidad.

En su mezcla de español y queqchí, Raúl nos da una pequeña guía del lugar. Habla sobre las estalagmitas y estalactitas, pero también que allí se encontraron vestigios y pinturas prehispánicas. En el recorrido, que lleva por lo menos dos horas allí dentro, nos conduce hacia un sótano (si se le puede llamar así al subsuelo de un espacio subterráneo) plano, arenoso, amplio como una pequeña cancha de futbol y de altas paredes.

Tiene vista desde lo alto, como si uno estuviera parado en el graderío de un escenario deportivo. “Es el campo de pelota”, nos dice Raúl, y de inmediato viene a la mente el encuentro que libraron los dioses de Xibalbá, en su propio territorio, contra los dioses gemelos.

Las fotografías son malas. La luz es nula y nuestras linternas no alumbran lo suficiente para que nuestros teléfonos capten lo que los ojos logran ver, menos para imaginar al bien y al mal debatiéndose en un campo de juego.

El Popol Vuh relata que Xibalbá es un submundo por donde corren ríos en tinieblas, lo habitan seres alados (zots-murciélagos) y otros que procuran el mal. Los murciélagos son parte de este complejo. Incluso, una de las cavernas lleva su nombre y, según nuestro guía, esta es mejor visitarla entre seis y siete de la noche, cuando el Sol se marcha, pues es el momento en el que los bichos salen en busca de alimento. “Son miles”, nos asegura. Pero no podemos quedarnos hasta esa hora… y seguimos caminando.

La naturaleza es tan caprichosa que hay paredes de todas formas. No es difícil encontrar e imaginarse figuras allí adentro. Las gotas de agua se filtran y caen desde lo alto dando paso a la formación de las estalactitas (a partir del cielo de las cavernas) y a las estalagmitas (que inician en el suelo). Algunas se han encontrado y forman gruesas columnas que llevan miles de años y sirven de soporte para que el complejo permanezca en pie ante tantos movimientos de la tierra.

Una misteriosa mujer (visión) nos observa desde lo alto de la caverna.

En una parte en donde solo nuestras linternas nos permiten saber hacia dónde vamos, una grieta con un pequeño destello de luz nos envía un reflejo a no menos de 30 metros de altura. Como la mente gusta de las cosas fantásticas, nuestros ojos nos muestran una clara figura de mujer, sentada, viendo hacia la oscuridad justo en nuestra dirección. Tomo la foto y se la muestro al guía. “Ahí hay una mujer”, le aseguro. “Si verdad”, es lo único que dice.

Se siente feo pensar que en medio de la tierra, en medio de la selva, alguien (no se quién y no se como llegó allá) o algo nos observe.

Otro recorrido y otra sensación extraña

Salimos del inframundo y llegamos a la orilla del río Candelaria, en donde con unos tubos inflables nos dejamos guiar por la corriente. Al frente, el río también es tragado por el complejo y de inmediato estamos de nuevo en las profundidades de la tierra. La sensación es distinta. Sin poder poner los pies en tierra firme uno se siente más indefenso.

Mientras el sonido del agua golpea las orillas de piedra tratamos de enfocar con nuestras tenues luces hacia donde vuelan los roedores, sin soltar el tubo que sostiene al otro para mantenernos en grupo. Esto, más la incertidumbre de hacia dónde nos conduce el “río en tinieblas” no son sensaciones de alegría precisamente; pero despiertan la adrenalina que el cuerpo necesita de vez en cuando.

“Este es el mejor tiempo del año para el recorrido húmedo”, según Raúl. En verano, el río está muy seco y las rocas no permiten que uno fluya, y en unos meses la bendición del agua en la región hace que el área más profunda llegue a ocho metros. En algunas partes el agua se junta con el techo de las grutas y el paso es imposible. Sus palabras tampoco son alentadoras flotando allá adentro con los murciélagos soplando en nuestras cabezas; pero vaya que son parte de la aventura.

Por fin vemos una luz a lo lejos. Cada vez se hace más grande e instintivamente el cuerpo se relaja. El agua nos lleva tranquila hacia ella. Es otra gran abertura de la montaña de roca, en donde más viejos y caprichosos árboles nos dan la bienvenida. Es el final de nuestro recorrido, pero el agua sigue su cauce hacia lo profundo de Xibalbá.

Una de las salidas del río, en las cuevas de Candelaria.

Hay fantásticas historias mitológicas y también de espeleología allá adentro. Pero nada es concreto. No hay autoridad que apoye a estas comunidades ni estudios al alcance de los pocos visitantes que llegan sin una guía que motive el turismo en este complejo, considerado el más grande de Centroamérica.

Llegamos a donde iniciamos nuestro recorrido y nos cambiamos la ropa mojada. Un rugido nos altera en medio de la vegetación. Es un mono aullador, cuyo grotesco sonido emula a un león. Su rugir se escucha a kilómetros, según el guía. No logramos verlo, claro no está cerca. Pero pareciera.

Nos subimos al carro y nos despedidos del mono, del murciélago y del tigrillo que, según Raúl, merodean la entrada a Xibalbá y a veces se reúnen para beber el agua del inframundo. También nos despedimos de Raúl y de don Francisco, el encargado del ingreso a las grutas, y del pueblo queqchí que sobrevive a su suerte a 320 kilómetros de la capital.

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