Atorados en el elevador

Decidimos dar un breve paseo. Todos, perro incluido, subimos con enjundia al elevador que nos llevaría del piso 9 a la PB. Marido y yo platicábamos a gusto sobre algo intrascendente, entonces me doy cuenta que no hay movimiento en el elevador. Estamos atorados: tres humanos y un perro, equipados con un celular, una botella de agua y un juguete… nada más. No padezco claustrofobia, no me aterra estar encerrada en ese espacio reducido. Mi preocupación es el humano más pequeño ahí presente. No tiene edad aún para percatarse de lo que sucede, pero todos aquellos que tienen hijos pequeños saben que a gran velocidad cambian de actividad, lo que hace un minuto era la tarea más divertida deja de serlo al minuto siguiente, y es necesario innovar. Un elevador no es precisamente el espacio más idóneo para entretener a un pequeñuelo. Afortunadamente, las llamadas de SOS surten efecto y tras 10 minutos el elevador reactiva su marcha y hace escala en el piso 6. Como cualquier persona sensata, opto por seguir mi camino por las escaleras. Marido y perro son más intrépidos se aventuran a comprobar si el elevador será capaz de llegar a la PB. Triunfaron.