El aeropuerto

En el tiempo que Blanca llevaba limpiando los pisos del Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi observó a muchas personas decir «adiós» y «hola».

Vio a quinceañeras despedirse de sus padres, prometiéndoles llamar todas las noches y no usar mucho las tarjetas de crédito. Como acordaban las agencias de viajes, a las 3 semanas volvían, con las maletas llenas y la tez un tono más oscura.

También jóvenes que abrazaban muy fuerte a sus padres y se comprometían a estudiar mucho. Al cabo de un año, luego de cumplir el plazo del intercambio, regresaban pensando en volver al nuevo mundo que dejaban tras ellos.

Escuchó a mochileros vestidos con babuchas de estampados tribales, camisillas, sandalias y pesadas rastas, conversando entre ellos, diciendo que volverían al exótico Paraguay luego de estar una temporada en el Amazonas, después de pasar por Perú, Ecuador, Guyana y algún otro lugar por el estilo.

También se despidieron hombres y mujeres trajeados, dándole un beso a sus parejas e hijos, prometiendo volver en una semana y así lo hicieron, con un trato cerrado y regalos para su familia.

Pero la despedida que marcó a Blanca fue la de una chica de 19 años que entró al aeropuerto temblando, agarrada muy fuerte del brazo de su mamá, ambas, madre e hija llevaban puestas sus mejores y aún así modestas ropas. Lo único que la muchacha cargaba era un bolsón de nailon donde llevaba todas sus pertenencias.

La joven hizo los trámites de la aerolínea llorando, se dirigió a la puerta de la aduana, abrazó fuerte a su mamá, pero a diferencia de las demás despedidas no dijo cuándo volvería. Su mamá no dejó de decir adiós con la mano hasta que la vio doblar a la derecha y dirigirse a la puerta de embarque número 3. Y se dedicó a esperar lo que todos los que se quedan de este lado esperan; el reencuentro.

Tuvieron que pasar 15 años para que la joven que se había marchado con una bolsa donde cabía todo lo que tenía; un poco de esperanzas y mucha desesperación, atraviese la puerta de desembarque número 2. Llevaba a dos niños de la mano, uno de 4 y otro de 10, arrastraban seis maletas en total, la chica ahora hablaba con acento español pero no había olvidado el idioma de su madre ni tampoco lo reconfortante de su abrazo.

Blanca dijo «hola» y se fue a su casa, abrazada de su hija y sus dos nietos, y nunca más volvió a saber de adioses.