Los niños malos de Kenia

Una visión sobre la realidad diaria de los Streetchildren africanos

Texto y foto por Ana María Blázquez

Si has viajado ha Kenia los habrás visto por las calles, esnifando de una botella llena de pegamento , o con trozos de tela impregnados de gasolina cerca de la boca. Son los Street-Children, y vagan por la calle como sombras de una generación marginada.

Sus edades varían, desde los siete años hasta los dieciocho, se ganan la vida pidiendo dinero y comida, ayudando con la compra del mercado o de gorrillas por el centro de Nakuru. Hay incontables artículos escritos sobre ellos, denunciando una situación dolorosa e indignante para cualquier país. Pero la sociedad keniata sigue tildándolos de delincuentes, y pocas veces los ven como lo que realmente son: niños, adolescentes, personas.

Provienen de familias rotas en el mejor de los casos. En los peores, no tienen ningún hogar del cual huir. La desconfianza forma parte de su naturaleza, la fuerza de la costumbre les ha enseñado a cuidar de sí mismos y no depender de nadie. Pero una sonrisa, una pequeña conversación sobre sus vidas, leche y pan son suficientes para que entreguen su confianza y protección. Y el acercamiento resulta así de fácil precisamente porque nadie lo hace.

Unos 300.000 niños, según The Consortium of Street Children, viven en las calles de Kenia, uno de los países más ricos de África. Estas cifras se enfrentan con el credo mayoritariamente católico practicado por un país que cierra los ojos ante los brutales abusos cometidos por la Policía de Eldoret. En esta localidad, la quinta de mayor población en Kenia, los derechos infantiles desaparecen, y los cuerpos de seguridad aterran a pequeños y mayores que deberían proteger. Casos como los que se están dando actualmente en las “California Barracks” atacan abiertamente los derechos fundamentales de los niños, y representan un delito para las instituciones internacionales (The Guardian, 10 Oct. 2016).

Al parecer la situación en Nakuru difiere. Desde el Children Department Of Nakuru County se niega cualquier tipo de acción ilegal hacia los Street-Children por parte de la Policía. Sin embargo, los Children, salen corriendo ante la menor señal policial, pero o bien por miedo o por respeto no suelen admitir.

El pegamento de la esperanza
Daños pulmonares, de hígado, de riñones, pérdida de memoria, convulsiones e incluso estados de coma (United Nations, 2002). Esta es la herencia que recibirán por parte del único medio que les da fuerza para seguir levantándose dia tras dia.

Pero, ¿por qué el pegamento? Es barato, legal, y fácil de conseguir. Sería necesario preguntarnos quién les pone en las manos esta droga legal, sabiendo lo que un niño con ropa sucia, delgado y con ojos perdidos va ha hacer con ella.

Legal es, pero cualquier adulto conoce sus efectos. Entonces, ¿por qué se ignora al niño con una botella de plástico en la mano que apenas puede hablar o sostenerse por sí mismo? Darles dinero en lugar de comida para poder conseguir su dosis diaria convierte en cómplices al donante, como los padres que les empujaron a la calle, o como el gobierno que invierte lo mínimo en orfanatos o planes de desintoxicación.

A estos niños les sobran los motivos para comenzar una adicción: la marginación social, el hambre y la falta de amor son los impulsos necesarios para llevar una vida de autodestrucción. El pegamento les evade de todos sus problemas, demasiado pesados para unos hombros de apenas diez años. Consiguen llegar a una momento de euforia y embriaguez que les aleja de su realidad. Este efecto crea un adicción instantánea, que va degenerando lenta pero firmemente en problemas irreversibles para su salud mental y física.

El desafío al que se enfrenta el Gobierno de Nakuru es inmenso. Aunque el número de Street-Children cedido por el Children Department of Nakuru parezca pequeño -se aproxima a los 300 y va en aumento-, no cuentan con ningún plan de actuación definido para luchar contra este hábito. Además, se desconocen todos los efectos a corto y a largo plazo que provoca en edades de desarrollo.

Las tres claves: educación, concienciación e inversión
En Nairobi, Mombasa, Kisumu y Nakuru se encuentra los mayores grupos de Street-Children. En contraste, estas ciudades cuentan con el mayor número de Universidades y escuelas superiores.

La educación que se les debería dar también se complica. Poniendo un pie en la calle desde bien pequeños, una vez que crecen se encuentran varios pasos por detrás en la educación escolar que deberían haber recibido.

Joseph Diemo, Coordinator of the Social Welfare Programme of The Catholic Diocese of Nakuru, trabaja codo a codo con ellos y la solución que plantea es sencilla, pero trabajosa: escolarizar y “llevar un control de asistencia de los más pequeños, y crear un programa de especialización para los jóvenes”, permitiéndoles entrar cuanto antes al mercado laboral.
La concienciación empieza por la sociedad. La participación en el trabajo de asociaciones,como Social Welfare Programme es muy baja lo que no disminuye la marginación que reciben por nuestra parte de la población más afortunada.

La Policía como enemigo. Los primeros contactos que tiene los Street-Children con el Gobierno, se realiza a través de la Policía. Si por parte del Cuerpo de Policía no hay una sensibilización y especialización para estos asuntos, estos niños crecerán con temor a la autoridad. Así desaparece la figura a la que acudir cuando tengan un problema familiar o en la calle.


Con o sin la inversión, educación, o concientización, estos niños seguirán sobreviviendo. Sin comida o sin cama, seguirán paseando por Nakuru, Kenya y toda África.

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