Cuando el hombre adoptó al perro

La casa se siente vacía sin Bellota. Dos gatas no alcanzan para llenar el hueco que ha dejado la perra al morir. Un vacío triste y hondo. Lo peor es el silencio.

He comenzado a visitar páginas de animales en adopción. Pablo cree que no es buena idea tener otro perro tan pronto, que hace falta un proceso de duelo para que estemos listos, quizás el próximo año. Estoy de acuerdo. Pero a la vez no. Un perro no es una persona, no es un esposo ni un hijo al que rendirle luto. El etólogo Konrad Lorenz lo dice mejor que yo: “El lugar que deja una persona cuando se va permanece vacío para siempre, mientras que el lugar de un perro puede ser ocupado de nuevo”. Cada perro es todos los perros.

El perro es compañero, pero su cualidad de irremplazable es producto de la imaginación humana, de esa necesidad nuestra de demostrar fidelidad mediante un duelo prolongado. El hueco que Bellota ha dejado bien podría llenarlo otro perro, uno callejero.

Cada día que paso sin perro es un día más que un perro tiembla de frío bajo la lluvia.

Una forma de anestesiarme estas ganas locas de tener otro perro es entrar a las páginas de mascotas perdidas y de inmediato a las de mascotas encontradas, para ver si alguna foto del primer grupo se cruza con alguna del segundo. Casi nunca sucede. Hay demasiados perros en las calles de la ciudad, prácticamente millón y medio. Perros sin placa, que se asustaron con un ruido fuerte, que agarraron camino y no supieron volver a sus casas. Perros con dueños descuidados que sobreestimaron el liderazgo que ejercían en la manada: “Es muy obediente”, “Nunca se va”, “Está bien entrenado”. Mientras tanto, los tres centros antirrábicos que existen en la ciudad sacrifican a doce mil perros mensualmente, a veces mediante electrocución, a pesar de que dicha práctica está penada desde 2015.

Los rescatistas de animales son David luchando contra el gigante Goliat. Cada día publican en redes sociales que necesitan ayuda urgente. Tienen perros enfermos, atropellados, intoxicados, perras recién paridas, desnutridas, camadas que se multiplican exponencialmente. Los albergues están saturados, las croquetas no dejan de subir de precio.

Entre tantos anuncios, uno llama mi atención. Una perra de pelo enredado y mirada triste. Un ovillo peludo y negro que se pierde en la noche húmeda. Está embarrada de pies a cabeza con ese lodo que no ha brotado de la tierra sino de las fábricas de la zona industrial de Tultitlán. El anuncio dice que fue rescatada del interior de una patrulla abandonada, junto a sus siete cachorros. La publicación lleva la firma de una persona, no de una asociación. No pide ayuda económica, sino hogares: camas y cuidados urgentes para estos perros temblorosos.

Tatiana es una de las miles de rescatistas voluntarias que diariamente salvan la vida de animales que de otro modo estarían condenados a una muerte horrible. En su casa resguarda a más de veinte perros: los rehabilita, los esteriliza y los pone en adopción, como dicta el protocolo bajo el cual se rige la mayoría de los rescatistas.

Me pongo en contacto con ella para ofrecerle mi ayuda (mi dinero). La mirada bovina de esa perra triste, y de los siete adorables parásitos que maman de sus tetillas, se me ha quedado grabada en la cabeza.

Tatiana tiene el acierto de tomar buenas fotos de los cachorros. Peludos y rechonchos, parecen posar al mandato de la cámara: sacan la lengua y alzan las orejas, juguetones. Las fotos son un éxito, en pocos días le llueven a Tatiana solicitudes de adopción. “Pero me preocupa la mamá”, me confiesa. “Nadie ha preguntado por ella”.

Es fácil amar a un perro bebé. Todo en él está dispuesto para que así sea: la ternura de sus ojos, sus pasos torpes, su olor a leche. Los perros viejos, en cambio, de postura encorvada y con las almohadillas rotas, son, cuando no agresivos, sí extremadamente sumisos. Los rescatistas hacen milagros al rehabilitarlos: les devuelven los que en nuestra necia humanización hemos dado en llamar la sonrisa, aunque no sea otra cosa que una expresión de contento y seguridad al hallarse en un entorno conocido.

Entro en terreno peligroso cuando comienzo a preguntarle a Tatiana detalles específicos de la perra madre, a la que ella ha nombrado, temporalmente, África. Pablo ni siquiera sabe que estoy en contacto con Tatiana, después de todo hemos decidido esperar.

Tatiana me cuenta que la perra sigue amamantando a los perritos y que ya no los soporta. El mito de la maternidad abnegada es solo eso: un mito. La realidad es que la perra ya no quiere a sus cachorros, ¿por qué habría de hacerlo, si la están dejando en los huesos? Está tan cansada que se queda dormida bajo la lluvia y no responde ni al sonido de las croquetas al caer sobre el plato.

En esos días visito el albergue de por mi casa para ver si logro quitarme a la perra triste de la cabeza.

Vivo en la delegación Benito Juárez, lugar de grandes paradojas. La arquetípica clase media mexicana domina esta demarcación, apertrechada entre barrios populares y unidades habitacionales. En esta delegación conservadora, donde el PAN continúa ganando por mayoría, el trato a los animales es algo más que contradictorio.

Las mascotas están de moda, cualquiera que visite el centro de la capital puede notarlo. Los perros del siglo XXI usan ropa y calzado. Hay áreas exclusivas para su esparcimiento, spas caninos, estéticas especializadas, hoteles 24 horas, zonas pet-friendly en gran parte de los restaurantes. Algunos opinadores (por ejemplo, mi madre) han llegado a afirmar, escandalizados, que las mascotas son los nuevos hijos para esta, mi generación. La palabra perrhijo hoy es un término común en el diccionario de uso milenial.

Sin embargo, esta moda, que debería beneficiar a los perros, en ocasiones resulta en detrimento de la especie misma. Si las mascotas se vuelven objetos de consumo, se incrementa su demanda, y esta demanda se satisface en primera instancia mediante la compra de animales. Por más que los voceros animalistas no cesan de promover la adopción (#AdoptaNoCompres), el mercado de la venta de animales se mueve demasiado rápido, y más si las ganancias ascienden a millones de pesos. El negocio de los animales es uno bastante cruel. Detrás de los aparadores donde se exhiben cachorros, hay hacinamiento y una violación repetida de hembras obligadas a reproducirse con ayuda de aparatos que recuerdan a las cámaras de tortura del medievo. El resultado es una sobrepoblación de cachorros enfermizos y estúpidos, cruzas que serían la pesadilla de cualquier genetista.

En el parque de mi colonia, el delegado mandó poner una zona exclusiva para perros. Noventa metros cuadrados de grava, donde los perros pueden correr sueltos, socializar y desfogar su energía de perros, jugar a que son todavía aquellas bestias silvestres que rodeaban las aldeas donde el hombre aprendía a cultivar, antes de que las domesticáramos para nuestro beneficio, hace miles de años.

A dos cuadras de este paraíso canino, donde los perros son los reyes y nosotros, sus esclavos, se encuentra un lugar completamente opuesto: algo así como la isla de las muñecas rotas, solo que en vez de muñecas, animales. El albergue En busca de un hogar resguarda perros y gatos abandonados y maltratados. Está ubicado en la primera planta de un edificio de tres pisos, de arquitectura modernista, típica de la Narvarte. En la entrada, se alcanza a escuchar el ladrido agudo de los perros recién llegados, aquellos que todavía no se acostumbran al encierro. Sonia, la fundadora y administradora del albergue, realiza una labor titánica, casi heroica, al proveer de alimento y techo a más de cien animales. Los fines de semana, la banqueta se llena de jaulas y cajas transportadoras, para que la gente pueda ver a los animales y, con suerte, enamorarse de alguno. Por desgracia las adopciones son bajas. Los perros son casi todos adultos, de tamaño grande, mestizos, desarreglados. Sus rostros cuentan las tragedias de su vida, el horror máximo. Una conversación breve con Sonia se convierte en un catálogo de oscuridades humanas que preferiríamos no mirar. Animales torturados, golpeados con saña por sus dueños, abusados sexualmente, obligados a pelearse para diversión de diez pendejos. Estos perros poco pueden competir contra los adorables cachorritos que se venden en el bazar de Pericoapa a doscientos pesos. Nada pueden competir.

El gobierno de Miguel Ángel Mancera promulgó en 2015 la Ley para la Protección y Bienestar de los Animales en el DF, la cual estableció que se sancionaría a quienes maltrataran animales, los abandonaran o los vendieran en la vía pública. No obstante, esta ley corrió la misma suerte que otras muchas de este gobierno. Es prácticamente letra muerta. Basta caminar por cualquier tianguis para encontrar cachorritos a la venta, y los rescatistas siguen atendiendo reportes diarios de animales que han sido torturados más allá de los límites del horror.

Sonia me cuenta que en estos días han recibido una nueva llamada de atención por parte de la delegación. Mediante argucias burocráticas, el delegado ha pretendido clausurar el albergue. Un voluntario joven, activista animalista y vegano, me cuenta que la delegación lo que anda buscando es dinero. Un dinero con el que ellos no cuentan, si a duras penas logran solventar los gastos de alimento y medicinas gracias a donativos. Dice que les han pedido una cuota de hasta 80 mil pesos, bajo amenaza de clausura administrativa.

Es decir que, mientras el delegado inaugura un parque, aludiendo un supuesto amor a los animales, por lo bajo entorpece la labor altruista de un albergue que solo busca reparar parte del daño que otros, todos, la sociedad entera, hemos ocasionado, y que además lo hace de manera autosuficiente, sin apoyos estatales de ningún tipo. Este tipo de contradicciones y trabas son cosa de todos los días en el mundo de los rescatistas.

Le dejo a Sonia una dotación de croquetas, algunos zapatos usados para que los venda en su modesto bazar y una paca de periódicos. No me atrevo a mirar las jaulas. Esta semana ha llegado una camada de gatitos que alguien abandonó en bolsas de basura. Los gatitos tuvieron que morder el plástico para no morir asfixiados. El veterinario del albergue anuncia que la madre ya ha sido esterilizada. Pienso en la perra África y en sus siete perritos.

En la semana Tatiana me manda fotos de África, a manera de agradecimiento por mi interés. La perra me mira desde la pantalla, como reconociéndome. No puedo esquivar sus ojos, me sumerjo en su negrura. Pinche perra, ¿qué me ve?

No me convence la teoría, repetida en muchos medios, de que las mujeres que no tenemos hijos convertimos a los animales en nuestros hijos. Cualquiera que haya convivido con perros sabe que la relación que establecemos con ellos es de naturaleza muy distinta a la que establecemos con otros humanos. Humanizar a los perros va en detrimento de ellos y también de nosotros mismos. La belleza del contacto con perros radica en su misterio, en lo diferentes que son de nosotros, en lo incomprensibles que resultan a veces.

No sé en qué estoy pensando cuando programo una cita con Tatiana para conocer a la perra África. A Pablo esto lo toma por sorpresa, pero accede, no de mala gana.

La cita es en la avenida Instituto Politécnico Nacional. Para Tatiana es más fácil vernos en una avenida concurrida, y más seguro. La acompaña su mamá, quien no se baja del coche porque ha comenzado a llover.

Los rescatistas de animales en el DF se cuentan por millares. Los hay de varios tipos. Están aquellos que cuentan con un espacio delimitado para resguardar a los perros, idealmente áreas verdes, con jaulas individuales y zonas de esparcimiento. Pienso en Oceanican y en Milagros Caninos; ambos, al tope de su capacidad. Están también aquellos albergues situados en áreas residenciales, como el de Sonia y el albergue Luisa para animales maltratados. Y está también la gente como Tatiana, que rescata de uno en uno en el patio de su casa, aunque de pronto se conviertan en veinte.

La perra África no se despega de su rescatista. En su mente de perro, Tatiana es algo así como una diosa, la única prueba que le ha dado este mundo de que existe algo parecido a la bondad. Tiene el pelo rígido, igual que la postura. Por momentos parece una perra disecada, hecha de alambres y forrada con estambre de mala calidad. Sus tetillas caen casi cinco centímetros y tiene la mirada cansada y desprotegida de un animal que no puede confiar en extraños.

Tatiana nos cuenta que el fin de semana irá a una feria de adopciones en la delegación Venustiano Carranza. Estos eventos son las mejores oportunidades para los rescatistas independientes de mostrar a sus animales y conseguir posibles hogares. A Tatiana la entusiasma poder mostrar a uno de sus inquilinos más viejos, Max, un perro que llegó con fractura expuesta y un peso abajo de 15 kilos. Hoy pesa 40 kilos y está listo para integrarse a una familia.

Las delegaciones de vez en cuando organizan este tipo de ferias para ayudar a los rescatistas. Es su manera de contribuir, ya que no cuentan con albergues, únicamente con centros de control canino donde resguardan a la población callejera durante unos pocos días, antes de sacrificarlos. Estos son lugares escalofriantes, que apestan a sangre y caca mezcladas con cloro. Quien haya entrado a un rastro, encontrará similitudes. Los veganos no exageran: se trata de un verdadero holocausto animal. Los restos de estos animales, domesticados por la mano del hombre para ser grandes compañeros durante la revolución neolítica, hoy son desechados peor que si fueran basura.

Tengo claro que en un país de fosas comunes, de desapariciones y feminicidios, preocuparse por los animales parece una actividad no solo absurda, sino indignante. ¿Ayuda para los perros de la calle, cuando tantos niños mueren de desnutrición? Al respecto, yo rescato las palabras de F. O. Giesbert, quien asegura que la compasión no se puede dividir, ni es menos legítima al ser aplicada hacia unos seres con los que llevamos compartiendo desde la noche de los tiempos. Giesbert rechaza, tajante, el concepto antropocéntrico según el cual todo el cariño que les demos a los animales se lo quitamos a los humanos. Es categórico cuando sentencia que la solidaridad, o es total, o no existe. “El impulso nos impele hacia los humillados y ofendidos, ya vistan ropas, escamas, plumas o pieles de pelo corto o largo”.

El protocolo de adopción de Tatiana es similar al de otros muchos rescatistas. Curan, esterilizan, rehabilitan a los animales y finalmente los anuncian para adopción. El interesado debe firmar un contrato, mediante el cual se compromete al cuidado y respeto del animal. Después, Tatiana visita la casa donde vivirá el perro y la familia queda a prueba durante una semana. Si la dinámica funciona, se hace la entrega oficial. Ella monitorea a sus rescatados con mensajes o llamadas graduales, que con el tiempo se van espaciando cada vez más.

Mientras caminamos de vuelta al metro Vallejo, Pablo se detiene un segundo y me mira entre lágrimas. “Está muy bonita la perra”, confiesa. Me siento mal por presionarlo, sé que ha pasado poco tiempo desde la muerte de Bellota y que cada quien vive sus lutos a su propio ritmo. Bellota fue nuestra perra durante muchos años. Forjamos una rutina alrededor de ella; vieja y enferma, como estaba, requería de grandes cuidados. Visitas semanales al médico, alimento especial, un calentador eléctrico para atemperar su cama. Mi mamá se burlaba de nuestra dinámica: “No es su hija”, sentenciaba. Pues no, no lo era, pero ¿cuál era la alternativa?

El cuidado de unos a otros es mucho más que una idea cursi para llenarnos la boca con falsa bondad. Es, de hecho, un mecanismo evolutivo que ha permitido a nuestra especie sobrevivir hasta hoy. El neurólogo Steven Johnson dedica largas páginas a entender la relación entre el cuidado y la evolución humana. Para él, el cuidado y la crianza de seres indefensos, entre los que podríamos incluir a los animales, no es otra cosa que un mecanismo regulador de la química cerebral, a través de la oxitocina que genera, y el pegamento que mantiene unidos a grupos humanos que de otra manera optarían por segregarse.

Si el cuidado tiene una función para nuestra especie, es válido creer que somos egoístas al depositar esa carga simbólica en un animal que, como dice el meme, no pidió nacer. Es posible. Yo prefiero pensar que podemos lograr una relación simbiótica, en la que un animal que ha perdido su hábitat y menguado casi todos sus instintos conviva con otro animal que pueda proveerlo de la seguridad que ha obtenido. Claro que en esta relación simbiótica no tiene cabida la reproducción incontrolada de animales de compañía.

Varias personas dirán que los animales callejeros ocupan el último lugar en la lista de urgencias a resolver. Quizás estén en lo correcto. Pero también constituyen un problema que se solucionaría fácilmente, con una inversión mínima y en corto plazo. Basta recordar que algunos países europeos han reducido su población de animales callejeros con medidas tan simples como campañas de esterilización masiva y obligatoria, leyes que castiguen el maltrato animal y el aumento a los impuestos relacionados con la compraventa de animales.

Después de un par de semanas, Tatiana me avisa que los perritos por fin han sido destetados y que pronto se irán a sus nuevos hogares. La única que no cuenta aún con casa es África, y ella quiere saber si nosotros hemos considerado la posibilidad de adoptarla. “Preferiría llevarla a su casa el mismo día que entrego a los perritos, así no se queda sola”.

Tatiana acude a nuestro departamento un domingo en la mañana. El cielo está soleado, es un lindo día. La perra no lo cree así. Ha desarrollado un apego exagerado a su rescatista, y nadie puede culparla. Tras un par de horas de convivencia, Tatiana y su mamá se disponen a irse. África luce desolada, no entiende, no puede entender. Antes de cerrar la puerta, Tatiana le promete que la visitará pronto. “Ojalá todavía me recuerdes, enana”. Qué cosa dice. Los perros nunca olvidan a quien les ha salvado la vida.

*

Ha pasado un año desde que la perra entró por esa puerta. Poco a poco se adueñó de los espacios, de una manera totalmente opuesta a como lo había hecho Bellota. Cada perro es todos los perros, pero no hay perro igual a otro. Por lo menos las gatas ya la aceptaron como una más de la manada.

La nombramos Pelusa porque nos recordó a la pelusa que se queda en la lavadora después de sacar la ropa. También, porque su pelaje tiene la textura de las pelusas: áspero, tieso, francamente horrible. Nos costó mucho trabajo enseñarle a caminar con correa y a vaciar el estómago fuera del departamento.

No es fácil convencer a un perro maltratado de que puede confiar en la gente. Es un proceso complicado, que requiere paciencia. Ni modo, es lo que toca. A todos los perros traumados que hay en el mundo, a todos, sin falta, los ha traumado un humano. Es responsabilidad de los humanos, entonces, destraumarlos. Así de sencillo.

El cuidado y el abandono son dos caras de la misma moneda. Pelusa, con sus ojos tristes, vacunos, llenos de miedo, ha visto esa moneda girar en el aire incontables veces, sin favorecerla nunca. Ahora es trabajo de nosotros convencerla de que su suerte ha cambiado para siempre.