Jeta
De niña viajaba mucho en carretera. Casi siempre en coches viejos, sin aire acondicionado. Casi siempre bordeando el océano a cuarenta grados. Sumida en el asiento de atrás, miraba las formas del mar, las redes de pesca arropando la superficie del agua, los cocos a punto de abrirse camino hacia el suelo. El sucidio de los chaquistes que se estrellaban contra mi ventana. Nunca me gustó bajar los vidrios, el viento me depeinaba y mis cabellos se volvían finísimas navajas que me herían los ojos. Tampoco me gustaba usar lentes de sol, le rehúyo todavía a la realidad que llega previamente destilada, filtrada; a mí el mundo como viene, aunque me deje ciega.
La verdad es que los paisajes, los rostros, los colores de la luz durante aquellos paseos son imágenes que atesoro; me gustaría no perderlas nunca. Ver el mar desde un coche me sigue pareciendo algo asombroso. Cada que viajo en autopista me acuerdo del bochorno y del sudor infantil de aquellos años, y sobre todo me acuerdo del deslumbramiento.
Pero últimamente no puedo dejar de pensar en la cara que yo le presentaba al mundo, mientras él a mí me maravillaba. Acalorada, sedienta y con las retinas quemadas por el inclemente sol, mi expresión desde el coche, para cualquiera que haya podido verla en aquel entonces, no pudo ser sino de hastío. Jeta de niña insolada, una mueca de hartazgo y disgusto que no se correspondía con la emoción que sentía y que sigo sintiendo cada vez que me subo a un coche.
Hace poco empecé a sonreír en carretera. Deliberada, forzadamente, como en las películas. Como cuando la actriz viaja a un lugar nuevo, exótico, y se asombra ante cada fragmento del entorno. Así yo, con la esperanza de devolver un poco de lo que recibí todos esos años. No me importa si alguien me ve, yo me veo. El mundo merecía mi mejor cara y no se la pude dar. Se la doy ahora.