Mi compañera de trabajo tiene un moretón enorme en el muslo, nos lo acaba de mostrar. La historia del moretón es la siguiente.

La línea 2 del metro venía más llena de lo normal, si es que normal significa terriblemente atascada. Se subió un niño de unos cinco años a pedir limosna. Se arrastraba por el piso. En un enfrenón, ella sintió que pisaba algo suave, con terror se dio cuenta de que era una manita. Le pidió perdón al niño, pero él no le contestó. La rodeó sin levantarse, la vio fijamente con sus ojos minúsculos y vacíos, ojos de mona o de resistol, y le soltó tremenda mordida. La pequeña mandíbula se encajó en su pierna y ahí se quedó unos segundos, hasta que ella gritó “¡Qué te pasa!”, sin recibir respuesta. El niñito se alejó, arrastrándose. En el vagón nadie se sorprendió ante la escena. Mi compañera se bajó cojeando, y cojeando se fue a su casa. Fin.