Pancho (un cuento)

Mamá dice que los gatos no van al cielo, que al cielo solamente van las personas. También dice que no cualquier tipo de persona: solo las personas buenas. Eso quiere decir que el señor que mató a mi Pancho tampoco va a poder entrar al cielo. Seguro le cerrarán la puerta en la cara, como doña Sara cuando dan las siete y ya no quiere cortarte el pelo.

El otro día me quedé con el cambio de las tortillas. Pensé que mamá no se daría cuenta, pero sí se dio. Me regañó y me dijo que robar es pecado, que las niñas que roban se vuelven malas mujeres y que, cuando se mueren, se van al infierno. Creo que el infierno es el lugar adonde se va a ir el señor que mató a mi Pancho. Porque matar también es pecado, lo dice la Constitución.

Antenoche, antes de dormir, le dejé a Pancho su traste con leche, por si venía. Lo escondí debajo de la cama para que mamá no me regañara. Ella siempre me está diciendo que soy una cochina, que en eso me parezco a mi papá. Se la pasa tallándome la cara para quitarme los bigotes de chocomilk. Ya le he dicho que no son bigotes de chocomilk, que yo así soy, tengo bigote como si fuera niño y lo odio, en cuanto entre a la secundaria me lo voy a rasurar.

En la mañana, el traste estaba volteado. Típico de Pancho. Bebe dos traguitos y luego luego a tirar el resto. ¡Ay, Pancho! Nada más mojó todo el piso y tuve que secarlo con mi suéter del uniforme, porque ni modo que le pidiera a mamá una jerga. Me habría preguntado que para qué la quería y me habría regañado por regar la leche.

Al volver de la escuela me encontré al señor que mató a mi Pancho, sentado tan campante en la mecedora de su entrada, bebiendo cerveza. Mamá dice que está enfermo, que es obeso mórbido y que ni mi hermano ni yo deberíamos llamarlo “Señor Tinaco”. Dice que las niñas que ponen apodos, de grandes se vuelven argüenderas y nadie las quiere. También dice que a mí no me gustaría que se burlaran de mí.

Pero todo mundo se burla de mí.

Yo no inventé el apodo del Señor Tinaco, yo solamente lo repetí. Fueron mi hermano y su amigo Lucho, que siempre andan viendo de quién burlarse. A mí también me molestan, me dicen “Cara de foca”, por mis bigotes, y “Chocokrispis” porque soy muy morena. Cuando escuché que le decían Señor Tinaco al Señor Tinaco, al principio no quise seguirles el juego. Pero la verdad es que era mucho mejor burlarnos juntos del Señor Tinaco que dejar que ellos se burlaran de mí.

Anoche volví a dejarle a Pancho su traste con agua, pero esta vez también le serví un poquito de atún. En la madrugada me despertó el peso de su cuerpo sobre mis piernas, un peso suave y tibio que me hizo sentir feliz. Estiré la mano para acariciarlo y lo sentí clarito. Era Pancho, mi amigo, mi gato gordinflón.

Cuando desperté, Pancho ya no estaba. La leche se había regado de nuevo, pero el atún seguía intacto. Se me hacía tarde para la escuela y tuve que dejar el tiradero.

Afuera, el horrible Señor Tinaco se acomodaba en su mecedora para esperar a que llegara el periódico.

La primera vez que el Señor Tinaco amenazó con matar a mi Pancho fue cuando aparecieron cacas en su jardín. Él estaba tan seguro de que había sido Pancho, que vino a gritarle a mamá igual que le gritaba a su esposa. Mamá no respondió nada, pero en cuanto el Señor Tinaco se fue, me pegó una corretiza como si hubiera sido yo la que ensució el jardín, y no Pancho.

Yo no sé si Pancho se habrá confundido de casa, el muy menso, o si tan solo paseaba por el vecindario cuando le ganaron las ganas de hacer popó. Le habrá parecido fácil soltarse ahí, entre los rosales recién podados. El chiste es que nos metió en un gran problema a mamá y a mí, y durante varios días tuvimos que prohibirle salir al jardín.

Daba unos alaridos, el pobre, que parecía que lo estábamos matando. Con el tiempo descubrió que su redondo cuerpo cabía por la ventana de la cocina, y no hubo forma de impedirle la salida. El Señor Tinaco volvió a gritarle a mamá otras dos veces, y esas otras dos veces tuve que salir corriendo porque mamá tenía cara de que me iba aventar desde la azotea.

Mi hermano fue el que me avisó que el Señor Tinaco había envenenado a mi Pancho. Me dijo que los gatos que mueren envenenados casi no sufren, tan solo sienten que les da un calorcito por dentro, que crece y crece y crece, y luego se quedan dormidos. El Pancho no ha de haber sentido nada, me dijo. Luego me jaló una de las orejas, pero suavecito, sin lastimarme.

Hay días en que mi hermano es bueno conmigo, aunque nunca me diga te quiero ni cosas de ese tipo. A veces me explica temas de la escuela o me deja poner las caricaturas en la tele o le pide a mamá que no se desquite conmigo y que no me grite tan feo.

Hoy volví temprano de la escuela. El Señor Tinaco no estaba en su mecedora, lo que me dio mucho gusto. Me senté junto a la puerta a esperar a que mi hermano volviera de la prepa, los miércoles le toca futbol.

En cuanto llegó, lo primero que le dije fue que ya había descubierto que la supuesta muerte de Pancho había sido una broma. Él actuó como si no me hubiera escuchado y entró corriendo a buscar a mamá, que preparaba la comida. Yo fui detrás de él, gritándole que no me ignorara, que su chiste no me parecía nada gracioso.

Se murió el Tinaco, dijo.

Mamá puso cara de que no le entendía.

Que se murió el Tinaco, mamá, se lo está llevando la ambulancia.

Los dos me hicieron a un lado, sin verme, como si yo fuera una de esas mosquitas que te molestan a la hora de comer. Quítate, quítate, dijo mamá, y salieron juntos por el lado de la cocina.

Intenté seguirlos, pero al abrir la puerta me encontré a Pancho, que se relamía los bigotes. Seguramente acababa de cazar un ratón o algún pájaro. Lo dejé encerrado y salir a ver el chisme. Cuando llegué a la casa del Señor Tinaco la ambulancia ya se iba, y mamá y mi hermano se abrazaban, con gesto de mucha preocupación.

Te pasaste, le dije a mi hermano. Él abrió los ojos como si acabara de despertar de un sueño.

¿De qué hablas, Chocokrispis? Su cara delataba que no le interesaba mi respuesta.

Me dijiste que el Señor Tinaco había matado a Pancho, grité, llorando de enojo. Y de alegría porque Pancho estaba vivo. Y de tristeza por la muerte del Señor Tinaco, que no era ningún asesino después de todo.

Pancho se murió y lo enterramos en el guayabo, dijo mamá.

Nos miramos entre todos, y ellos me contagiaron su gesto de preocupación.

Mi hermano me pellizcó el cachete y me arrastró hasta el guayabo. Señaló una montañita de tierra, parecida a donde se para el pitcher en el campo de beisbol.

¡Ahí no va a estar Pancho! ¡Yo lo acabo de ver hace como diez minutos!

Ha de haber sido un gato parecido, dijo mi hermano, mientras tomaba la pala con las dos manos.

¿Un gato con un lunar en el lomo y la cola chata? No creo, respondí, segura de que ganaba la discusión.

Aquí sigue tu gato, Chocokrispis, bien refundido en su tumba, dijo, después de cavar un poco. Mi mamá se asomó al hoyo y asintió con una mueca de asco.

Yo quise asomarme también, pero ellos no me dejaron. Dijeron que estaba demasiado chica y que Pancho ya había comenzado a pudrirse. A mí se me hace que más bien me estaban ocultando algo.

En mi cuarto, el atún de Pancho ya no estaba, solo quedaba el plato sucio; la leche que se había regado en el piso también parecía como si se hubiera evaporado. Ese no podía haber sido otro más que mi Pancho. Quién sabe por qué mamá y mi hermano ya no lo querían, y me andaban diciendo esas cosas de que estaba muerto, de que estaba enterrado. Mi Pancho. Tan bonito. Ya no habría ningún Señor Tinaco que lo molestara. Podría hacerse popó en los rosales o en las macetas incluso. Mi Pancho.

Lo llamé por su nombre, en voz baja, frotándome los dedos, para que saliera de donde estaba.

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