Policía ni en broma

Primer semestre de la facultad. Una compañera canadiense –ya olvidé su nombre– dice algo como: Pero estamos de acuerdo en que alguien que decide ser soldado o policía es porque de entrada tiene algo así como menos humanidad, ¿no?

Pues no, no estamos de acuerdo. Sus palabras contradicen los preceptos básicos de cualquier antropología, y nos vamos encima de ella. Le hablamos de falta de oportunidades, de malas condiciones de vida, de lo que implica el acceso a una educación aunque esta lleve el apellido militar. Mi amigo Ángel está furioso, temo que esté a punto de citar el artículo 33.

Hasta hoy, intento con todas mis fuerzas no ver a los policías como los veía mi compañera. No me gusta llamarles granaperros y todavía tengo fe en las pancartas que apelan a la empatía de los cuerpos de seguridad: También ustedes son pueblo.

La cosa es que cada vez me lo ponen más difícil. Cuando el Dalai Lama me pide compasión, me pide demasiado. El perdón que Nawal Marwan le concede a su verdugo me parece sobrehumano. Yo no podría.

Hoy se sabe que en nuestro país los policías torturan, y lo que es más: que disfrutan hacerlo. Se sabe que se venden al mejor postor y que traicionan por migajas. Que, como los lobos, se agrupan en manada para cazar a las presas más débiles, en una danza sádica y cruel que para ellos es divertimento. Se sabe que toman el minúsculo poder que tienen, el poder que nosotros les dimos, y lo multiplican con gases y balas. Y que muerden la mano que les da de comer.

La generalización es un error grave para cualquier antropólogo. Es la salida fácil del que no puede ver más allá de su nariz. Pero no generalizar se vuelve una tarea complicada si dondequiera que mires encuentras la misma mierda. Policías en los andenes del metro, parados en una tarima que ellos creen que es un pedestal, jugando candy crush. Policías sabroseando a las mujeres en la calle. Patrullas estacionadas en el lugar de discapacitados afuera de los oxxos. Policías que abusan física y sexualmente de la población que deberían cuidar. Policías que mienten, que le roban la cartera a los detenidos. Policías que reciben la orden de reprimir y se relamen los bigotes. Policías que niegan la ayuda, que incitan a no denunciar, que amenazan al que desobedece.

¿Dónde están los elementos limpios? Sé que debe de haber policías con vocación de servicio, éticamente íntegros. ¿Son los menos? ¿Son la excepción que niega la regla pero que no puede impedir la generalización? Esa excepción no es suficiente.

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(Excluyo, por supuesto, a las policías comunitarias. Sobra decirlo).

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