MUSKOKA.
Era una reunión como cualquier otra. A eso de las 8 de la mañana nos veíamos las caras agotadas en la oficina de Linda. A veces nos reíamos universalmente, siempre conversando en nuestro idioma; a veces Linda nos miraba, aturdida, con su pelito corto pegado a la cara redonda, sus ojos de gente que lleva toda la vida durmiendo mal, con un intenso olor a nicotina y haciendo esfuerzo para hablar suspiraba un “shhh, be quiet please”.
Durante la reunión, nos dijo que la próxima semana tendríamos un evento especial en el hotel. Un monje famoso -de esos que vienen sin pelos y con telas colgando del cuerpo- estaría una semana guiando sesiones de meditación. Un retiro espiritual. Todo el hotel había sido reservado. Se acercaba una semana pesada.
A la hora del almuerzo estuvimos googleando. El monje renunció a su vida llena de comodidades en Australia para iniciar un viaje espiritual que lo llevó hasta el Himalaya. Durante 13 meses estuvo meditando todos los días cerca de 22 horas. Escribió cuatro libros y no le gustaba el ajo. A todos nos sorprendió una sola cosa: renunció a todo su dinero.
Llegó el monje. Nos dieron unas indicaciones medio raras, de esas que te hacen sentir extranjero, más ajeno y mortal. No podíamos hablar muy fuerte, si queríamos conversar debíamos susurrar; la habitación del monje tenía que estar completamente oscura; limpiar pero sin prender la aspiradora; nunca nunca, jamás de los jamases le podíamos pedir una foto.
La primera mañana luego de su llegada, esperamos ansiosos la distribución de las habitaciones. Queríamos saber a qué olía el monje, si dejaba marcas en el sanitario cuando cagaba, si dejaba pelos en el jabón, si dejaba las toallas pudriéndose en la cama, si era ordenado, qué leía y si no le daba miedo dejar las maletas abiertas.
Cada día su asistente dejaba frente a la puerta de la habitación, un diseño diferente hecho con pétalos de flores blancas. Un altar para él. Los que fueron a verlo se paraban frente a la puerta, y de rodillas en el piso como quien se asoma debajo de la cama a buscar el zapato perdido, plantaban un beso
Le atribuyo al curry las rarezas del ambiente. Una noche soñé que estaba perdida en los pasillos de un hotel, se parecía al hotel donde estaba solo que este era más grande. Mientras caminaba iba dibujando estrellas en las paredes, supongo que esa fue mi manera de dejar rastro para no perderme, de pronto, como en una escena de The Shining, me detuve en un pasillo largo, frente a mí se encontraba una puerta diferente a todas las puertas del hotel.
Desperté con ganas de bañarme y llorar. Le envié un mensaje contándole mi extraño sueño, justo pensé en él cuando abrí los ojos. No supe lo que había detrás de la puerta.
Lo extrañaba mucho, pero más extrañaba lo que fui allá. Extrañaba mi libro favorito, ese que me regaló una tarde calurosa, en un parque sin arboles de mi ciudad. El día que le sonreí a él y a uno de sus hijos.
Poco después le confesaba que quería irme, esa noche en mi cuarto, rompiendo el techo con los ojos oscuros, sentí que mi vida era un hilo tenso que se iba a romper. Se me caía el pelo y no podía dormir pensando en ese gran salto. Elegí un país frío lejos del Caribe.
Una tarde de julio iba en un bus mirando por la ventana, sintiéndome pequeña frente a esos árboles y luego frente a ese campo, era mi primer trabajo en un hotel y en otro idioma. Le escribí “tengo miedo” solo para que me calmara con su pragmatismo, solo para que me dijera que aprendiera a convivir con mis miedos y me enamorara de ellos.
Mientras limpiaba habitaciones de familias desordenadas me aferraba a nuestras conversaciones frente al lago contaminado, viendo el puente y tomando unas cervezas Polar Light esperando el atardecer. Muchas veces peleamos, él creía en un proceso histórico y yo prefería creer en la canción Antología de Shakira porque bueno, no creía en nada. Una vez, me insinuó su molestia porque sospechaba que no había votado por el presidente, le mentí, le dije que claro que sí había votado por él, entonces yo era débil y sentía que le estaba fallando.
Era muy terco, veía amor en donde yo solo veía castigo. Ven conmigo le dije, pero no quiso. Tuvo la idea de salvarlo todo, hasta que un domingo en la mañana admitió cuanto odiaba a esa gente, luego de que le ofrecieran una pistola para amenazar a los votantes. Y respiré aliviada.
Me fui a pesar de las tardes de café bajo la mata de mangos de mi abuela. Me fui a pesar de las navidades en familia. Me fui a pesar de los desayunos de mi mamá y de su voz ronca despertándome en las mañanas. Me fui a pesar de él.
El domingo comenzaron a irse, livianitos de mirada y sonrientes. Todos los de Housekeeping la pasamos mal limpiando esas habitaciones, porque sí muy espirituales y todo pero no les alcanzó la contemplación para ordenar un poco. Nos sorprendió encontrarnos con tantas propinas; 20, 30 y hasta 50 dólares, estábamos felices. Bien merecido.
En una de las cabañas que nos tocó limpiar, mi compañero de trabajo y yo nos encontramos con una mujer que hablaba español, justo ella, justo nosotros. Venía de mi país, pero desde hace 20 años ya no lo sentía suyo.
Trató de explicarnos los beneficios de largas jornadas de meditación, le debía mucho al monje y se sentía tan agradecida que quería retribuírselo al mundo. Nos regaló 100 dólares y unos libros autografiados por él. La verdad, me sentí profundamente conmovida.
Pensé en ahorrar ese dinero de las propinas para mi futuro en el nuevo país, solo que en mi futuro próximo se atravesó un Walmart y yo me estaba enamorando del capitalismo. Lo gasté en tonterías. Imagino que por esto nunca coincidí con el monje, aún no estoy lista para despojarme de lo material.
Pasaron los meses, se acercaba el invierno y el hotel se iba aquietando. Me enteré de su muerte una mañana a las 9:45, llamó una amiga para contarme y me lo confirmó otro amigo. Lo mataron, supuestamente por ir en contra, por quejarse y por decir la verdad, por no querer usar la pistola, por sus ideales y porque no se enamoró de sus miedos.
El día que supe de su muerte, quería ahogarme en el lago limpio del hotel, pero no tenemos permitido morirnos en el extranjero, así que seguí trabajando. Al final de la tarde, por primera vez sentí el lago. Frío, muy frío, el cuerpo me dolió.
Me quedé un rato tratando de espantar el miedo a lo profundo y mi desconfianza hacia los flotadores. Tratando de romper el cielo, tratando de atravesarlo; pensando en él, en el sol y el calor de mi ciudad, en mi mata de mangos favorita y en las arepas con café de mi mamá. Acostada sobre el agua llorando todas mis pérdidas, le sonreí.
