Avanzar contra el tránsito

Vi que un taxi avanzaba por un callejón olvidado, en sentido contrario al permitido. Pasé por detrás del auto. Le miré la patente, la observé con detención. Suelo hacer eso con los autos cuando cometen infracciones de ese tipo, o del tipo acelerar con el semáforo en amarillo pero igual pasar con rojo, o del tipo me estaciono en la vereda sobre la ciclovía, o del tipo me subo a la vereda y avanzo en sentido contrario para alcanzar una calle contigua, y así. Lo hago con frecuencia porque con frecuencia se cometen ese tipo de infracciones. Podría decir que soy un fiscalizador no oficial, un vigilante, como Batman o Ironman, pero sin dinero ni avances científicos de última generación. Pasé de largo. Escuché una voz, algo que me habla. Me giro. Era el taxista, un tipo relativamente joven, que me estaba balbuceando palabras. ¿Te gustó mi patente?, masculla. Yo lo miro sin responder. ¿Te quedó gustando mi patente?, insiste. Lo miro y levanto mi dedo índice, cual E.T. llamando a casa, indicando la señalética que muestra el correcto sentido de la calle que el taxista había infringido y acto seguido saco mi celular amagando un llamado, acaso para dar aviso al uno tres tres, quizá lo hice para puro provocar. Él abre la puerta de su taxi, rabioso; sale con dificultad, su sobrepeso le impide moverse con soltura, sin embargo su enojo lo hace parecer ágil, como un gorila buscando aparearse. Se me acerca amenazante, ¿tení algún problema? ¿Acaso soi perfecto? ¿Acaso nunca te hai equivocao? ¿Creí que es fácil andar manejando con taco? ¿Con la protesta que hay en lalameda? ¿Qué queríai quihiciera? ¿Soi perfecto acaso?, balbucea en un correcto español de Chile. Tan cerca estaba que incluso pude sentir algunas leves gotas de saliva tocando la piel de mi cara, la primera agresión física. Lo miré. No niego que me puse nervioso, no podía compararme con su sobrepeso, con su pequeña frente de no más de dos dedos y con su rabia animal. Me sentía atrapado por la invasión de los simios, o en un show de la Monga de Fantasilandia, o en una exhibición del Buin Zoo. Yo era apenas un débil ciudadano que había señalado una falta. Quizá ese fue mi problema, estar solo. Los errores se acusan en masa –o manada. Así hubiese tenido autoridad. El ciudadano aislado es un vil estropajo, recién ahora lo puedo ver claramente. Pero el salvajismo no podía ganar, ¡no señor! En un acto supremo de civismo, el mismo que hizo grande a Pericles, le dije –con un tono de voz que, ahora recuerdo, perfectamente puede compararse al de los grandes líderes de la historia democrática mundial: “disculpa, pero…”. Y eso fue todo. El taxista me dio la espalda, ancha y sebosa. Una mueca de victoria selvática se alzó por sus mejillas. Aún caminaba con dificultad, pero su sobrepeso ahora era símbolo de triunfo. Una mujer aprovechó el impasse y le preguntó si podía llevarla. El animal no solo le ganó al macho beta –o gama, o delta–, sino que además se quedó con la hembra. Con eso bastaba. Estaba siendo testigo directo de la derrota del ciudadano honesto y fiscalizador. El más fuerte siempre gana. Los griegos no saben nada, los franceses revolucionarios no saben nada, los hippies no saben nada. Darwin. Él tiene razón. Darwin debió poseer robustos pectorales, debió ser un enérgico pugilista o un audaz domador de tortugas gigantes. Cuando me volví, derrotado por ese taxista joven con sobrepeso, saqué mi celular moderno y cívico, marqué un cívico uno tres tres y llamé a los cívicos carabineros para avisar de esa cívica situación experimentada por dos cívicos ciudadanos sin nombre.

Originally published at arturomolinaburgos.wordpress.com on June 23, 2016.