El olor de la remera
Me acabo de acordar de que cuando vivía en lo de mi abuela a veces le pedía que me oliera las remeras. Es decir, yo tenía pongámosle una remera que venía usando ya hace varias horas o varios días (pongo la primera opción primero para asquear menos al lector) y quería saber si ya tenía olor a transpiración. Yo en esa época era evidentemente un asqueroso. Diré en mi defensa que no exactamente venía usando la remera en cuestión hacía varios días, sino más bien que hacía varios días la tenía en uso, por así decirlo. Supongamos que yo usé hoy una remera. Bueno, probablemente mañana no usaré la misma, no querré que la gente vea mañana que estoy usando la misma remera que usé hoy. Sin embargo, no quiero ponerla en el cesto de la ropa a lavar: por lo general, luego de usar la remera un día, tengo yo la idea de que la remera no tiene olor. ¿Es cierto? Bueno, esa es mi idea y evidentemente siempre lo fue. Ahora bien, llega el día de mañana y la remera queda en algún dispositivo distinto del ropero, por lo general una silla. Y llega un día en que me vuelvo a poner esa remera. A veces llevo una cuenta mental aproximada de cuantas veces me puse cada remera, a veces no. Hoy, que vivo solo, a veces me la juego y me vuelvo a poner la remera en caso de duda. A veces soy más bien large y al ordenar la ropa, en un arranque en el que me siento un poco rico, pienso: mah sí, pongo todo a lavar. Cuando vivía con mi abuela, en esa época, no sé en qué pensaba. Y me extraña mucho: mi abuela a veces reaccionaba de manera sensata y decía algo como Andrés, qué asco por favor, no me hagas oler y poné a lavar. A veces sin embargo, por razones que desconozco, la olía. ¿Olería yo la remera de mi nieto? Espero que no; espero, cuando llegue a los 85 años, tener la claridad mental y la dignidad necesarias para decirle a mi nieto: no, no te voy a oler la remera.
