La insensibilidad de las princesas

Hace un número indefinido de años (un número entre treinta y veinte, que no es veintinueve, veintiocho, veintisiete, veintiséis, veinticinco, etcétera) me invitaron a dar un curso de matemática en una galería de arte. Elegí, para la primera clase, una serie de animación que había visto tiempo atrás en el programa Caloi en su tinta. Poco después escribí un texto a partir de los contenidos del curso, que al cabo de unos diez años finalmente fue publicado y comenzaba…

…con la historia de una princesa, cuya mano es disputada por un gran número de pretendientes. El cuento — extraído de una serie checa de dibujos animados — muestra en cada uno de los distintos episodios las tentativas de seducción desplegadas por alguno de los galanes, de lo más variadas e imaginativas. Así, empleando diferentes recursos, unos más sencillos y otros verdaderamente magníficos, uno tras otro pasan los pretendientes sin que nadie logre conmover siquiera un poco a la princesa. Quien conozca el dibujo acaso recordará haber visto a uno de ellos mostrar una lluvia de luces y estrellas; a otro, efectuar un majestuoso vuelo y llenar el espacio con sus movimientos.

Nada. La conclusión invariable de cada capítulo es un primer plano del rostro de la princesa, que nunca deja ver gesto alguno. Pero el episodio que cierra la serie nos proporciona el impensado final: en contraste con las maravillas ofrecidas por sus antecesores, el último de los pretendientes solo atina a extraer de su capa, con humildad, un par de anteojos que da a probar a la princesa; la princesa se los pone, sonríe, y le brinda su mano.

Más allá de las posibles interpretaciones, la historia es muy atractiva y cada episodio por separado resulta de gran belleza. Sin embargo, solo la resolución final nos deja la sensación de que todo termina por articularse. Existe un interesante manejo de la tensión, que hace pensar en cierto punto que nada conformará a la princesa: con el paso de los episodios y, por consiguiente, el agotamiento de los artilugios de seducción, comenzamos a enojarnos con esta princesa insaciable. ¿Qué cosa tan extraordinaria es la que está esperando? Hasta que, de pronto, aparece el dato que desconocíamos: la princesa no se emocionaba ante las maravillas ofrecidas, pues no podía verlas. Así que ése era el problema. Claro, si el cuento mencionara este hecho un poco antes, el final no nos sorprendería: podríamos admirar igualmente la belleza de las imágenes, pero encontraríamos algo tontos a estos galanes y sus múltiples intentos, ya que nosotros sabríamos que la princesa es miope. No lo sabemos; suponemos que la falla está en los pretendientes que le ofrecen demasiado poco. Lo que hace el último, conocedor del fracaso de los otros, es cambiar el enfoque del asunto. Mirar el problema de otra manera.

Todo el curso (y en definitiva el libro) se desarrolló en torno a esta pequeña historia inicial bajo una premisa básica: la matemática produce grandes bellezas pero, para disfrutarlas, debemos aprender a verlas. Es un precepto que intenté no abandonar a lo largo de todo el tiempo transcurrido desde aquellos imprecisos y torpes pasos iniciales en la divulgación, pues hablar de matemática no es solamente demostrar el teorema de Pitágoras: es, además, hablar del Amor y contar historias de princesas.

Con alguna sorpresa (mía y de los editores), descubrí que la cantidad de gente dispuesta a probarse los anteojos era mucho mayor que la esperada y el libro recorrió su camino en varios países y sucesivas ediciones. Con gran alegría recibí más de una vez noticias de docentes que lo emplearon en sus clases o, mejor todavía, de estudiantes de escuelas secundarias que lo tomaron como inspiración para diversos trabajos sobre arte y ciencia.

Pero la princesa cobró vuelo por su cuenta y alcanzó alturas inesperadas cuando Adrián Paenza, matemático y periodista, comenzó a contarla en sus charlas y también la situó al comienzo de su libro, el primero de la exitosísima serie Matemática, ¿estás ahí? Los libros (y las charlas) recorrieron el mundo y cada tanto siguen dando vueltas: si uno escribe “la mano de la princesa” en un buscador de internet podrá darse una idea de los alcances que tuvo esta sencilla lectura matemática de la historia original.

Conocí a Paenza en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, cuando fui su ayudante en la materia “Análisis matemático”. En ese momento no existían todavía sus libros ni sus programas de divulgación científica, aunque era enormemente conocido al cabo de muchos años de trabajo como periodista deportivo. Pero fuera del ámbito académico no muchos sabían que, además, Paenza es matemático y dictaba clases en nuestra querida facultad, ante chicos que recién comenzaban a ponerse los anteojos. Sus cursos estaban siempre repletos, lo que no es poca cosa entre las carreras de Exactas: hay que decir que, más allá de ser un personaje de la tele y atraer por tal motivo la atención de algunos “cholulos”, en sus clases siempre mostraba un entusiasmo admirable y, en general, son pocos los que salían desencantados. Cabe decir que, por más entusiasmo que uno ponga, casi siempre hay de estos últimos. A modo de justificación, muchas veces los acusamos de ser insensibles a los “encantos” de la matemática; sin embargo, sigo creyendo en que este también es un problema que merece mirarse de otra manera.

Al terminar uno de esos cursos (entre alegrías de unos y tristezas o quejas de los otros, los pretendientes fallidos) tomamos un café con Adrián en el bar de Ciudad Universitaria y le di el texto por entonces en borrador: fotocopias anilladas a la usanza de los apuntes de aquellos tiempos. Adrián siempre era muy atento y me dijo que lo iba a leer como -imaginé- los muchos artículos, emails o comentarios que le debían llegar a diario.

Suele decirse que la matemática es el arte de transformar café en teoremas; en este caso, los cafés con Paenza se transformaron en princesas. A los pocos días volvió a invitarme al bar de siempre porque “quería hablarme”. Supuse que era para conversar sobre los últimos detalles de la materia, tal vez algún aspecto burocrático de las actas de notas o que lo ayudara con los ejercicios para el examen final. Pero ya en la fila para retirar nuestros humeantes vasitos de telgopor me adelantó el motivo de nuestra reunión: “leí tu texto y me encantó”. En realidad no dijo mucho más en esa charla una vez que nos sentamos; quizás agregó algún adjetivo pero, en resumen, el mensaje era ese. Creo que más tarde aprendí a descubrir algunos de los rasgos en su forma de comunicar; si no me acuerdo mal, lo que dijo entonces era que le costaba poner en palabras cuánto lo había conmovido la historia de la princesa.

En ese momento seguramente no le entendí o no le creí, pero pocas semanas después los efectos de aquel café se empezaron a sentir. Una y otra vez me cruzaba con gente que me decía: “escuché a Paenza hablando de vos” o “vi a Paenza en la tele y contó un cuento tuyo”. Yo no tenía tele y nunca miraba (salvo, cuando tenía una a mano, el programa de Caloi), pero las noticias siempre me llegaban por algún lado. No sé cuántas veces contó la historia en todos estos años; me emocionó especialmente saber que la usó para comenzar su discurso en un momento sin duda importante de su carrera, cuando recibió el premio Leelavati de divulgación en el congreso internacional de matemáticos que se hizo en Corea. Es interesante observar que hoy la situación se ha invertido: después de tantos años, tantos programas de ciencia y tantos libros, son muchos los que se sorprenden ahora de saber que Paenza se hizo famoso como periodista deportivo.

Hace pocas semanas, la princesa volvió a aparecer en mi vida. En pleno proceso de corrección de mi próximo libro, en el que aparece una ilustración de Caloi, la editora me preguntó si tenía la autorización para emplear esa imagen: ¡menudo detalle! Esto de asociar la matemática con todo lo que leo o veo se transformó en una especie de vicio: es frecuente que, en una charla o un texto, haga mención de un párrafo de Borges o la letra de un tango. Y con la experiencia aprendí, por supuesto, que todas esas referencias se deben citar como corresponde. Pero si se trata de una imagen, la cuestión es más delicada: en general no alcanza con poner los datos de la publicación, porque puede estar sujeta a derechos de autor que uno, ignorante absoluto de estos aspectos, desconoce por completo. Entonces me contacté con María Verónica Ramírez, artista plástica y compañera de Caloi hasta su muerte en 2012, quien me respondió muy gentilmente y junto con sus hijos autorizaron -¡gran noticia!- el empleo de la imagen para mi libro. El hecho es que, en ese cruce de mensajes, se me ocurrió preguntarle por la serie de la princesa. Desde que la historia empezó a circular, muchas veces tuve ganas de volver a verla y no la encontré; cada tanto recibía mensajes de lectores que conservaban algún recuerdo y me preguntaban dónde podían verla. Por supuesto, alguna vez intente googlear “serie checa” + “princesa” y otras combinaciones similares, pero… nada. Ahora me cuesta entender cómo no pensé antes en contactarme con Verónica Ramírez quien, además, fue la productora general de Caloi en su tinta. ¡Elemental! Ni bien le envié el mensaje me respondió, de manera casi inmediata y me llevé la primera sorpresa: la chica no era checa.

La película es en realidad un largometraje de un realizador francés llamado Michel Ocelot y se llama La princesa insensible; en las críticas se la presenta como una miniserie de 13 episodios que se pueden ver en youtube. Es posible imaginar que este material no estaba disponible cuando intenté buscarlo o explicar mi torpeza alegando que la nacionalidad errónea de la princesa -fruto de mi mala memoria- hizo más difícil la búsqueda.

Nada de eso tuvo importancia cuando volví a ver el film, corroborando que mi mala memoria no terminaba ahí: todo era muy distinto de lo que yo recordaba. Los invito, por ejemplo, a ver el último episodio, el del pretendiente que -según mi libro- atina a extraer de su capa, con humildad, un par de anteojos.

Al releer mi libro y comparar lo que escribí entonces con la historia original, me viene a la cabeza algo que me puso en un examen una profesora de literatura en el secundario: “No guitarree, Amster”. Pero no soy el único que guitarrea en esta historia: en muchos sitios de internet la princesa (siempre checa, claro) aparece mencionada como “un cuento de Pablo Amster” o “de Paenza”, un relato, una fábula. Hay gente que me creyó ofendido por suponer que Adrián robó mi historia, sin saber que no hubo robo ni que la historia no era mía… esas cosas que suelen ocurrir cuando una idea se levanta de las mesas de café y comienza a circular por ahí. Supongo que tanto Paenza como yo construimos nuestra propia princesa, así como muchos que nos leyeron o nos escucharon. Y también construyeron sus princesas todos aquellos que vieron la maravillosa película (¡francesa!) de Ocelot y jamás se les cruzó por la cabeza relacionarla con la matemática.

En el epílogo de mi libro, la princesa finalmente se divorcia; me llevó bastante tiempo entender que ese no es necesariamente un final infeliz. Dicho y hecho, fueron pasando los años y, en el camino, me tocó inventar nuevos recursos para seducir quién sabe cuántas otras princesas. Y muy especialmente a tres jóvenes príncipes, que ya no se tragan fácilmente el truco de los anteojos y me exigen, día tras día, que invente algo nuevo. Como los alumnos, los hijos pueden ser algo insensibles.