Migrar, un exilio con razón

Ana Ascheri
Jul 20, 2017 · 4 min read

Antes de poder abordar un evento o fenómeno y brindar una reflexión, parece fundamental esbozar una definición de lo que significa cada término. Migrar es “Trasladarse desde el lugar en que se habita a otro diferente” (1) según la RAE, a ésta universal definición es posible adosar otra más abarcativa “La migración propiamente dicha es aquella en la cual se produce el traslado de un país a otro, o de una región suficientemente distinta o distante, por un tiempo suficientemente prolongado como para que implique ‘vivir’ en otro país y desarrollar en él las actividades de la vida cotidiana”(2).

Lo que denota una migración es el tiempo, no la distancia del lugar de origen, lo que marca el efecto migratorio es desplazarse por un tiempo y que dicho tiempo implique vivir en el lugar de destino.

De este modo despejamos una cuestión y con ello dos efectos diferentes en la subjetividad, dando lugar a una diferenciación primordial entre el migrante y el viajero, personas, éstas últimas, que se trasladan sin intenciones de asentarse ni hacer un vida en un lugar sino de realizar una experiencia que puede ser de un tiempo corto o prolongado.

Ambos eventos remiten a procesos diferentes y como tal a efectos en la subjetividad también distintos.

En este artículo me interesa ahondar cuestiones atinentes a la migración como suceso vital y singular en cada sujeto, sus vicisitudes y efectos.

El proceso migratorio abarca una doble faceta que incluye dos procesos simultáneos: la emigración, proceso que se inicia en la partida del lugar desde donde se desplaza la persona y la inmigración que es el proceso de inserción de la persona en el lugar al que se dirige y donde se asienta.

La migración es por tanto un fenómeno de vasta complejidad que solapa en un mismo momento dos procesos y como tal se trata de una coyuntura vital teniendo, sin lugar a dudas, incidencias en mayor o menor medida.

El cambio es radical y la emigración (la partida) se intercala permanentemente en el proceso inmigratorio, muchas veces obstaculizando el propio proceso de adaptación al nuevo lugar de residencia.

Cambiar el lugar de residencia puede devenir de una elección forzada o voluntaria dando lugar a mecanismos diferentes de adaptación, puede venir dada, por una crisis colectiva pero también por una crisis personal o estar determinada por ambas.

Emigrar implica un proceso de desarraigo, constituyendo como tal un proceso de duelo y conteniendo las etapas propias de un duelo, no obstante dado el fenómeno particular revisten y poseen incidencias diferentes en la subjetividad.

En 1915, Freud definió el duelo como “una reacción normal frente a la pérdida de una persona amada o una abstracción que haga sus veces, es decir, que tenga un gran valor para el sujeto, como la patria, la libertad o un ideal”(3). El trabajo del duelo requiere, retirar la libido de todas y cada una de las representaciones del objeto perdido, de todos y cada uno de los recuerdos y expectativas asociadas a él hasta simbolizar la falta que presentifica su pérdida.

Este duelo en proceso e inicial se interpone al nuevo evento que es asentarse en un nuevo sitio, entonces tenemos un nuevo proceso, al cual se interpone y arrastra otro proceso.

En un primer momento lo que se deja o se pierde, retorna de manera permanente y de forma vivida, todo el entorno de una persona se modifica: la familia, la lengua (o la modalidad de la lengua), las relaciones sociales, la cultura, el paisaje, la situación social, etc.

Cuando una persona decide emigrar lo que aparece como horizonte es la fantasía de una ruptura total, un empezar de nuevo; como toda fantasía se halla en mayor o menor medida por fuera de la realidad, es una mera proyección, una ilusión que impulsa a realizar el cambio y tiene el carácter de ensoñación más o menos perdurable, el punto se encuentra cuando la realidad se impone, cuando se intercala a la fantasía la realidad del espacio y el tiempo y la ilusión empieza a verse quebrantada.

Es entonces cuando comienzan los vaivenes, el trastabillar subjetivo, los cambios en la motivación, en el temperamento y el sentimiento acechante de sentirse perdido. Los motivos que impulsaron al cambio comienzan a ponerse en duda y con ello en duda todo el presente y el porvenir.

Así es que aparece la sensación de un abismo, la desidentificación al lugar de origen y por ende a uno mismo, se vive como una mutación del ser sin las referencias habituales que configura el contexto en que una persona se ha desarrollado. De lo que se trata en la migración es de un exilio de uno mismo, un exilio de lo que uno ha sido hasta entonces.

Simultáneamente se solapa el proceso de adaptarse a un nuevo contexto lo que implica elaborar las coordenadas del Otro social del país de llegada, encontrar la manera de inscribirse, de hacerse un lugar dentro de ellas. Por ello aparece la necesidad de elaborar el duelo por las pérdidas que implica el traslado del lugar de origen, ya que de no elaborarse el sujeto no se inscribe a la nueva trama ni se identifica a un nuevo escenario y se dificulta su transcurrir dia a dia con la consecuente sensación de no pertenecer ni a un sitio ni a otro.

El proceso de duelo de la migración afecta a todos los sujetos que inician un proceso migratorio, no obstante las características de esa elaboración mostrará particularidades que dependen de la complejidad del proceso en cada caso, de las coordenadas subjetivas de cada persona y de la relación con la pérdida que tiene cada sujeto.

Cuando uno recibe en consulta a una persona que transita dicho proceso es necesario en el abordaje clínico, situar las coordenadas singulares de cada migración, sus antecedentes y sus consecuencias subjetivas.

1- https://res.uniandes.edu.co/view.php/161/view.php

2- http://dle.rae.es/?id=PE9Ykgj

3- Freud, Sigmund, Duelo y Melancolía, 1917 (1915), Tomo XIV, Amorrortu Editores, Buenos Aires,1979.

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Ana Ascheri

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Licenciada en Psicología - Col: 25834 - Contacto: +34 625924595 ana.ascheri@gmail.com

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