Ángel de la Muerte


A los diecisiete años tomé las llaves del Audi A3 de mi madre y lo saqué a dar un paseo. Era la primera vez que manejaba y tenía la cola entre las patas. Poco a poco le fui perdiendo el miedo hasta que se me hizo muy sencillo. Aceleré y aceleré hasta que sentí pánico, y luego aceleré un poco más. Mi píe estaba pegado al pedal y no había nada que pudiera hacer al respecto. Era poderoso, nadie me podía detener. Pasé por un cruce sin ver la calle perpendicular y un coche se me cruzó. Me estrellé, mientras salía la bolsa de aire y el coche se inclinaba fui liberado, sólo un pensamiento pasó por mi mente: “Ya valió verga.” Hay hombres que pasan sus vidas buscando esta liberación, ese estado de conciencia en el cual aceptas el descontrol absoluto de la vida y la insignificancia de tus acciones; a mí me pegó como un trueno, en un instante conocí la paz. Mi vida no pasó frente a mis ojos ni tuve miedo simplemente solté el volante y acepté lo que en ese momento parecía ser mi destino. El coche rodó hasta que el pavimento quedó a cuarenta centímetros de mi oreja izquierda y yo quedé intacto. Salí por la ventana del copiloto que veía al cielo, vi el cielo nocturno e inmediatamente volteé a ver al otro conductor, estaba inconsciente. Regresé a mi casa corriendo y no pude dormir. Maldije a Dios por no haberme llevado pues ese instante de libertad había terminado pero me di cuenta que seguía cómodo en la palma de su mano.

Los días siguientes los pasé reviviendo ese momento en mi mente una y otra vez. Yo no planeé esa experiencia ni me preparé para ella, regresar la dádiva era todo lo que podía hacer por revivirlo. La esperanza de morir era la manera de resignación más rápida y menos dolorosa. Para alcanzar ese estado de conciencia no me quedaba más que salir a buscar un fondo que me engrandeciera. Así fue como empezó mi camino hacia el misterio de la vida. Rodearte de tinieblas no es fácil pero te hace reconocer la luz cuando la ves. Era el principio, eran los días de tinieblas, el sol no había sido inventado, el día era noche y la noche habitaba en mí como yo en ella, éramos uno mismo. Paradójicamente, la claridad era absoluta y así como la providencia, vino a mí lo que tenía que hacer: liberar a mi madre, la mujer que más amaba en ese entonces. La muerte era su única salida. Yo era el ángel de la muerte y el génesis del apocalipsis. Mi oscuridad estaba en gestión y estaba por estallar. Matar a alguien por amor era el acto más poético que se me podía ocurrir.

Planeé su asesinato por días mientras la disfrutaba a cada instante. Fui un hijo ejemplar esos últimos días, le daba todos los gustos que me podía imaginar, la mimaba, la acariciaba y la hacía reír constantemente. A ratos me resignaba a matarla, era una mujer tan bella y amorosa que me dolía en lo más profundo del alma condenarla a muerte pero, ¿qué más podía pedir la doña? Sus últimos días serían de los mejores de su vida y sin saberlo, en un santiamén, estaría liberada de toda carga y su alma trascendería a un plano más amable. Era mi responsabilidad moral. ¿Cómo lograría asesinarla y salirme con la mía ante la ley para seguir con mi vocación?

Después de un proceso de duelo, llegó el día. Mi madre tomó sus antidepresivos y somníferos antes de dormir como de costumbre, le preparé un vaso de agua de guanábana, su favorita y le metí dos somníferos y cuatro analgésicos fuertes para no despertarla al momento de rebanarla. Yo quería ver la sangre, no pensaba matarla con tal cobardía simplemente metiéndole una sobredosis, ella merecía una muerte digna. Se fue a su recámara y yo la besé tiernamente en la mejilla deseándole buenas noches conteniéndome las lágrimas, disimulando mi duelo. Esperé dos horas a que estuviera completamente dormida, me puse unos guantes y fui a la cocina por el cuchillo más afilado. Salí del departamento y forcé la entrada de la casa, volteé todo de cabeza silenciosamente y metí algunos objetos de valor en una bolsa. Todo estaba listo, era la hora del acto más condenado por los hombres, el matricidio. Caminé decidido hasta recámara, saqué sus joyas y las guardé en la misma bolsa. Hice parecer que todo el cuarto había sido inspeccionado. Ella seguía dormida. Me acerqué a su cama y la besé en la frente mientras mis lágrimas se derramaron por toda su faz.

-Te amo mamá, por eso te he venido a salvar.- le susurré al oído.

Apreté el cuchillo contra el vientre que me había gestado con todas las fuerzas provenientes del dolor insoportable que estaba sintiendo. Despertó y tomó una gran bocanada de aire con los ojos bien abiertos. Al ver mi cara me abrazó con la última energía restante en ella. La apuñalé seis veces más mientras la abrazaba tiernamente.

-Hago esto por qué te amo mamá. Ya eres libre.- le dije con gran fe.

Ella me seguía abrazando hasta que perdió toda fuerza. La vi a los ojos deteniéndola suavemente y tiré el cuchillo. Ella me veía fijamente y noté en su cara la expresión que probablemente tuve en el choque. Sus ojos veían más allá de mi superficie, había encontrado el misterio. Y así nada más, se apagó su mirada. Era libre, paré de llorar y sonreí con gran satisfacción. Ver el fuego extinguirse en su mirada fue como presenciar su asunción. La vida que había dado la había acabado.

Subí a la azotea y escondí la bolsa con las joyas en el tinaco. Bajé y llamé a la policía. Llegaron veinte minutos más tarde y me encontraron llorando.

-¿Qué pasó chavo?- me preguntó el policía.

Tomé aire y contesté entre sollozos.

-Mataron a mi mamá.

-¿Dónde está?

-En su recámara.- señalé la puerta. El policía mandó a su compañero a ver la escena del crimen y se quedó conmigo.

-Esto debe ser muy duro para ti chavo, no te preocupes encontraremos a los desgraciados que hicieron esto.

-¡Y eso no cambiará nada!- le grité con ira doliente.

-¿Quieres que le llame a tus familiares?- dijo muy apenado.

-Yo les llamaré, déjame solo un momento.

-Te tengo que hacer unas preguntas en cuanto te calmes.

-Está bien, déjame solo.

No paraba de llorar, el llanto no era forzado. Era una realidad, me dolía saber que extrañaría a mi madre pero no me arrepentía. Le llamé a mi tía, le dije que era una emergencia y le explicaría en cuanto llegara.

2

Me salí con la mía. Convencí al mundo que mi madre había sido asesinada por ladrones. A los pocos meses de su muerte cumplí la mayoría de edad y heredé una suma considerable de dinero junto con la casa dónde había pasado sus últimos días.

Mi proceso de duelo fue auxiliado por alcohol y el Dodge Challenger que había comprado con la herencia. Pasaba horas manejando acompañado de una botella de whiskey y el Réquiem de Mozart. Manejaba por la carretera recordando los viajes que había hecho con mi madre. Manejaba rápido, muy rápido. Esperaba a cada instante que se me cruzara un tráiler, una vaca, una avalancha, lo que fuera pero que me matara. Quería verla a los ojos una vez más, quería ser liberado de mi vocación; nunca pasó. Tenía sed, también tenía sed. Necesitaba seguir liberando hasta ser liberado. No encontraba objetivos dignos. No podía matar a mi tía porque tendría que matar al resto de su familia. Tenía fe en que el indicado se presentaría ya que mi trabajo era providencial.

Una noche vino a mí en un sueño. Había luces por todas partes, sonaba una canción muy triste y sin embargo llena de esperanza. El beat era uniforme como el latido de un corazón. Había un muchacho alto y delgado de mi edad en una pista de baile, estaba muy sonriente y bailaba mientras sentía. Consciente de lo que le rodeaba. Con los ojos cerrados se veía a sí mismo. Me llamaba inconscientemente, su paz me atraía y algo me decía que era su momento. Yo no sé si era un gran hombre o un simple renacuajo. Conocía su destino por qué estaba en mis manos pero los paralelos me preocupaban terriblemente. ¿Había que liberarlo de su carga? Esa pregunta no era para que yo la respondiera, Dios así lo había decidido, me había enviado por él.

Desperté borracho y confundido. Fui a la cocina y saqué otra botella de whiskey me nació la idea de ir al cementerio a darle una visita a mi madre. Su sepulcro me recordaba a Raquel dando a luz y muriendo por la vida. Ahí iba a pasar momentos de paz pues me encontraba cara a cara con mi verdad. Recordaba a mi padre Abadón. Esa era mi naturaleza, la de un depredador. A pesar de renegarla, muy adentro sabía que ese era yo. Un león capaz de matar hasta a su descendencia, tenía la marca de Caín en la frente.

Antes de partir arranqué una hoja de mi Biblia, el Salmo 88. Llegué al Seol y frente a los restos de mi madre recité el salmo en voz alta. Estaba hastiado y la oscuridad por la que alguna vez bogué ya me había absorbido. Dios volteaba la cabeza cuándo más lo añoraba, esa era mi viacrucis. Redimirme no era opción, mi condena era inexorable. Fue entonces cuando empecé a cuestionarme quién era mi pastor. Me era igual el lado de la moneda. No puedo alterar el curso de las cosas.

Estuve bebiendo sentado tres metros sobre mi madre usando la lápida como respaldo, el epitafio decía: “Ain’t no grave can hold my body down.” Yo lo había escogido tras escuchar la canción de Johnny Cash. Tenía la esperanza de ver a mi madre en un delirio, pero no pasó. Esperaba estar lo suficientemente borracho como para regar unas lágrimas sobre el sepulcro, pero tampoco pasó. El licor seguía fluyendo y mi mente no se despejaba. Pasaron horas hasta que me quedé dormido en el panteón.

En mis sueños volvió a aparecer el muchacho alto y delgado. Había dejado de bailar y estaba sentado en una barra junto a mi madre. Yo me quería acercar y hablar con mi madre pero no me veía. El joven se levantaba a orinar y yo lo seguía como sombra. Quería quedarme con mamá pero no podía. En el sueño, yo sólo era un espectador, un ángel vigilando al joven, siguiendo cada uno de sus pasos. Regresó a la barra y ahí seguía mi madre usando un largo vestido negro, ella lo tomó de la mano y lo guío por el antro. Subieron unas escaleras abriéndose paso entre la aglomeración y llegaron a una terraza en la que una mujer se despidió de él, tomó su mano y le entregó dos monedas de plata, cada una tenía un perro grabado de un lado y una balsa del otro. Mi madre se acercó al balcón, tomo al joven de los hombros y se echó por el balcón arrastrándolo a un abismo.

Desperté agitado y salí corriendo del panteón, me subí al coche y manejé. Ya era de noche y sabía que tenía que encontrar a este muchacho, ¿pero dónde lo iba a hallar en esta urbe? Seguí mi instinto y fui a la colonia dónde se encuentran la mayoría de los antros. No estaba muy lejos. No sabía cómo era éste lugar por fuera, las probabilidades eran mínimas pero tenía fe. Llegué a la avenida principal y transité hasta que vi un antro llamado “El Cancerbero”. Sabía que ese era el lugar que estaba buscando.

Entré y pedí en la barra un whiskey en las rocas. El entorno afirmó que era el antro de mis sueños. Los focos rectangulares en el techo y la música cuadraban perfectamente con mis revelaciones anteriores. Partí mi búsqueda y no busqué mucho hasta toparme de frente con este muchacho.

-¿Crees en el destino?- le pregunté.

-¿Qué?

-¿Qué si crees en el destino?

-Sí, todo marcha de acuerdo al plan.- me respondió sonriente.

-Pues yo soy un mensajero- esto le intrigó y me hizo la seña de que subiéramos a la terraza.

-¿Y qué mensaje tienes?

-Te vengo a liberar.

-Esa es mi chamba, ¿no crees?- dijo riendo.

-No, es de Dios.

-¿Tú eres Dios?

-No, como dije: soy un mensajero.

-Estás bien orate, me caes chido.- hubo una pausa y continúo –Todos somos mensajeros de una u otra forma pero el verdadero impacto que hacemos es hacia nosotros mismos. A los demás simplemente los salpicamos.

-Sí, eres tú a quién estaba buscando.

-¿Me estás tirando el pedo? Porque no soy puto, no llegarás a ningún lado conmigo.

-No, simplemente hablo conmigo mismo.

-Te entiendo. Yo hago lo mismo, por eso la banda me tacha de Lucas. Creo que tenemos mucho en común.

-Más de lo que te imaginas.

-Esto está muy raro, sin embargo me llama la atención tu ser. Qué pedo con nuestra conversación, nadie habla de estas mamadas en un antro.

-Pues esto que somos; somos.

-Eso que ni qué. Hablemos de algo más banal, en verdad no estoy en el mood de entrar en debrayes filosóficos a las tres de la mañana.

-No te preocupes, ya me voy. Fue un placer conocerte.

-Igualmente mi carnal, se me fue tu nombre.

-No importa, probablemente esta será la última vez en que nos veremos.- estreché su mano.

Era evidentemente apto, alguien que según mis conclusiones sabría enfrentar la muerte. Su mirada irradiaba una luz como la de un santo y aparentemente no estaba drogado ni borracho. Había llegado su hora.

Entré al coche que había estacionado del otro lado de la calle de El Cancerbero lo esperé una hora escuchando Johnny Cash hasta que lo vi salir del antro. Lo hizo fácil para mí, se regresó caminando a su casa.