Delia y Eliseo

No hay nada más fascinante para mí, que el escuchar relatos de amor y aunque para algunos pueden parecer simples historias, para quien las vive son un tesoro.

Mis abuelos llevan 52 años de casados, todo un récord. Son un ejemplo para la familia y se conocieron más o menos así…..

Todo empezó allá por 1960, mi abuela era la jefa de enfermeras, mientras que mi abuelo cursaba el cuarto año de medicina.

Esta parte de la historia la narra mi abuelo más o menos así:

Estábamos mi amigo al que apodábamos “la guaca” y yo en la entrada del sanatorio, pensábamos que éramos los únicos ahí, cuando de pronto oí su voz, voltee, vi que era ella y le dije a mi amigo: “Aquí me voy a plantar”.

Un 27 de abril, mi abuelo iba caminando por los portales, lugar donde alcanzó a ver a mi abuela sentada con sus amigas. Casualmente, él traía una invitación para el baile del primero de mayo, así que aprovechó la ocasión para entregársela a mi abuela.

Ella decidió no ir, así que lo dejó plantado y el pobrecillo fue solo al baile.

21 días después, saliendo de la feria de Michoacán, mi abuelo se animó a por fin plantarle un beso.

Pasaron varios meses y mi abuela decidió lanzarle la gran pregunta que a la mayoría de los hombres asusta “¿qué somos?”

Aquí viene un paréntesis, ya sé que en mis blogs pasados he descrito a mi abuelo como la persona más inteligente y culta que conozco. Después de escuchar la respuesta que mi Ata le dio a mi abuela, dudé seriamente de él, pero luego recordé que hablamos de un Eliseo joven y al fin y al cabo….. hombre, así que esta vez culpo a las hormonas por su respuesta.

Mi abuelo simplemente respondió “no sé” respuesta a la cual mi abuela evadió con un “ya ni modo”. Mi abuelo rápido salió al quite diciendo que así era él, y que los hechos hablaban por sí solos.

Había llegado el momento, mi abuelo tenía que ir a la Ciudad de México para realizar su especialidad.

Obviamente, durante aquellos tiempos comunicarse era una locura, así que no sabían qué iba a ser de ellos durante esos dos años.

Pasaron lentísimo, dice mi abuela, pero finalmente, tu abuelo fue a Acambaro a pedir mi mano. Salimos de la casa y decidió que la primera capilla que viéramos sería la indicada, sólo familia y nada de fiestas.

Y más o menos así fue, un 21 de noviembre de 1965, contrajimos matrimonio en la primer capilla que vimos, aunque en contra de mi voluntad, la familia de tu abuela nos hizo una gran fiesta.

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