¡Arremete viajera!

Adriana Varejão. Swimming pool (2005).

Soy una de esas personas que llegó al mundo para contar los días que quedan para que acabe el verano. Los veranos me hacen sentir mal, porque vuelven a dejar impersonalmente en el tintero la cosas que delegó mi yo del invierno en mi yo del verano. Y que hora vuelven a recaer en la responsabilidad del primero.

Ciertamente, todos los veranos escribo sobre el verano. Hay cosas que no cambian -excepto el número de año-. También todos los veranos pienso qué estaré haciendo mal para que no me guste una época en la que las piernas se broncean desnudas al sol, la cerveza helada se revela contra el calor y en la que cada día encuentras una nueva y distinta recomendación de lecturas para la fecha estival. Diez libros para leer en verano. Un julio leí una novela que se llamaba Verano, de Coetzee, porque venía en una de esos Diez libros para leer en verano. El libro quedó a medias, y no me pareció una buena excusa el deber leerlo sólo porque se llamase Verano. Quizá lo que esto conlleva sea una excusa para mi recelo.

Ahora llega final de septiembre, octubre, ¡otoño!, y se me viene a la cabeza este verso de Vallejo:

Verano, ya me voy. Y me dan pena 
las manitas sumisas de tus tardes. 
Llegas devotamente; llegas viejo; 
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

Lo más cerca que he estado en estos últimos meses a la actividad física son mis reflexiones sobre lo que sucede a mi entorno y lo que puede suceder, sumisas a mi vagancia como las tardes de verano. El verano se acaba y yo abarco infinidad de posibles planes para el futuro cercano en mi cabeza. A veces pienso que me quedaría inmóvil en algún rincón esperando a que la vida pase, cuando llegan esos momentos en que no confío en nada de lo que pueda ocurrirme, cuando nada me estimula o lo que me estimula acaba simplemente escrito en una de las mil listas que redacto diariamente. Quiero estar en todos sitios y en el fondo me mantengo gracias a la nada. Pero abarcar mucho, no estar en ningún lugar concreto, tiene algunas ventajas: se aprende mucho. Y se piensa mucho.

Con el fin de una época, otra más, otra nueva, otra vieja, otra igual, otro verano igual, cambio yo radicalmente de vida. Partir/en cuerpo y alma/partir. Cuando me detengo a pensarlo, es difícil deshacerse de las miradas, de las piedras opresoras que duermen en la garganta. Pero he de partir, y esta vez no cuento los días que quedan para que acabe una nueva etapa, otra nueva etapa, que, como el verano, viene a dejar en el tintero para siempre aquellas cosas que me producen carga y disminuyen mi paso entre renglones, aquellas que delegaron mis yo de épocas pasadas. No me gusta el verano, pero me gusta su consecuencia.

He de partir, insiste la argentina Alejandra Pizarnik en su última inocencia.

“Pero arremete ¡viajera!”.

(Y una canción).

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