Irnos a Lisboa

Lisboa (2016).

Iba, íbamos, de camino a Lisboa, observando por la ventana del coche, observando lo que veía, cuando me detuve a pensar en por qué me gusta viajar. Me hice la pregunta, y recordé una columna de Leila Guerriero, llamada ‘La vida de los otros’, donde hablaba de los dos (benditos) ejes principales de su vida: el periodismo y los viajes. En una parte de ésta contaba cuando con dieciséis años un señor mayor le preguntó con rabia sobre el sentido de sus viajes: “¿Para ver paisajes?”. Comentó la periodista que nunca le habían hecho una pregunta más perturbadora que aquella, una pregunta a la que ha intentado encontrar insistentemente una respuesta.

Para ver paisajes.

Sin duda, y con cierta obviedad, se viaja para ver paisajes. Se viaja para probar nuevas comidas, para acariciar nuevos atardeceres, para admirar nuevos monumentos. Se viaja para conocer nuevas personas, nuevas costumbres, nuevos idiomas; para poder contar a nuestra vuelta que estuvimos, vimos, olimos, pisamos, compramos, comimos, visitamos y disfrutamos.

Para todo eso se viaja. Y se regresa.

Pensaba en ello, y pensaba en lo que reflexionaría sobre viajar a mi regreso. Viajar es movimiento, es cambio, es novedad. Es pasar las páginas de un libro, acabarlo, y haber mezclado tu esencia previa con cada personaje de la historia. Quizá sea dejar a un lado la declamación de buenas intenciones, olvidar la fe idiota en que nunca será demasiado tarde para hacer las cosas. Es encontrarse cómodo simplemente con estar vivo.

He viajado poco. Debería viajar menos. Debería viajar más. Debería no viajar nunca y debería pasarme todos los días del resto de mi vida viajando. O debería quedarme en un sitio fijo. No estoy segura. Quizá en Lisboa.

Volvía, volvíamos de Lisboa, y pensaba en todo esto. En Lisboa hay paisajes, hay comida, hay mar, hay personas, hay monumentos. Pero también hay cambio, hay un deseo de aferrarse a ese cambio y no dar marcha atrás nunca, o nunca volver a mirar para adelante. Es sentirse insegura y a la vez a salvo. Y, además, darse cuenta. Irse a Lisboa es algo así como esperar a que la vida pase lento. Es desenlatar las mismas obsesiones de siempre y contar los adoquines uno a uno. Es planear las desventajas del pasado y escapar de los planes del futuro. Es observar letra por letra y escribir sin mirar. Es preferir el gris oscuro de los domingos al naranja sucio y pobre de un atardecer. Es medir cada puerta e interesarse más por cada ventana. Irse a Lisboa es vivir; irse a Lisboa es justo lo que nunca hemos querido.

Desearía gran parte de mi tiempo aferrarme a un solo horizonte del que despedirme todas las noches, una sola ventana en la que desperezarme cada mañana. Pero no es esto por lo que viajo, no es esto por lo que me gusta viajar. Como sentenció Leila, “viajo para moverme, que es la única forma de vida que respeto”.

Y una canción.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.