De viaje aquí

Ana Betancourt
Feb 23, 2017 · 3 min read

En alguna ocasión mi papá nos dijo que antes de salir al extranjero primero había que conocer todo el país, por eso desde que tuve conciencia hasta que tuve un trabajo no hubo vacaciones de verano, sábado, domingo o ambos en el que nos quedáramos a ver el techo si el clima era bueno afuera. Nos enseñó a mis hermanas y a mí, que los meses son más cortos cuando vas a un lugar diferente cada semana y que a donde sea que vayas nunca se va a descansar.

Pocos cuentan la misma historia, al menos a un cuarto de los regios que conozco no los sacaron ni a la esquina, no saben que Agua Fría es a empalmes como Juárez es a tamales, que tenemos un cenote en Galeana, que además de las Grutas de García están las de Bustamante, y que no es necesario correr a la playa en verano, cuando el calor bien se quita con el agua helada que baja de las montañas al Río La Silla, al Ramos, al Salto de Zaragoza, al ojo de agua de Sabinas o al de Lampazos. Esos regios son del tipo de local que puede vivir veinte años en un lugar y nunca haber estado ahí en realidad, de esos que aún así de guardados se atreven a decir que aquí no hay nada que hacer.

Hace poco leí de un amigo: “Dicen que la curiosidad mató al gato. Pero nunca dicen que antes de morir él era, de entre todo el reino animal, el que poseía mayor conocimiento del mundo.” Somos como el gato, exploradores, curiosos por instinto, por eso unas vacaciones nunca serán suficientes, hay que alimentarnos el espíritu viajando todos los días como turistas en nuestras propias ciudades, y en ocasiones si es posible, comprar un boleto al exterior como cuando el gato se pierde unos días en la calle.

Ya estando afuera unos quieren conocer el mundo, otros solo van a verlo, algunos prefieren ir muy rápido para pisar en todos lados, mientras que otros van para descubrirse a sí mismos. De mi papá se me pegó la idea de que viajar, en avión o de locales, es para descubrir lugares. No nos dejaba pedir hamburguesas cuando estábamos fuera porque de eso había allá en la casa. Se paraba en medio de las carreteras para que nos sentáramos a comer a la orilla de algún barranco, tomaba el camino de los perritos de la pradera para que pudiéramos saludarlos, y nos levantaba a las siete de la mañana porque para descansar la cabeza había que cansar lo pies.

Si se trata de descubrir entonces se puede viajar aquí, no tendríamos que ir tan lejos para que cuente, la clave estaría en explorar, en escaparnos a un lugar no necesariamente tan lejano, ni tan desconocido porque los viajes no se miden en kilómetros, se miden en cuánto buscas y cómo lo encontraste, en cuántos lados de la misma montaña conoces, si viste al camino transformarse y con cuánto de todo aquello regresaste a casa.

Aún no conozco todo México y mi papá ya salió del país pero entre carreteras y paseos dominicales aprendí que hay que tomar menos fotos para sentir el paisaje.