El Memorial

Ana Betancourt
Feb 23, 2017 · 4 min read

La memoria implica reconstrucción, no solamente recuerdo.

Marcos Brailovsky

Marcos Brailovsky llevaba puesto un traje de marinero en su primer día de clases, día que nuestras mamás decidieron ir tarde por nosotros. Compartíamos una conversación con alguien más mientras esperábamos sentados en la mesa del salón de preescolar, y aunque no recuerdo quién, por alguna razón yo no podía dejar de mirarlo sólo a él.

El día que volé

Los primeros días de primavera en Monterrey el viento sopla fuertísimo. Es el tiempo perfecto para sacar los papalotes y el peor para los árboles jóvenes. Uno de esos días mi mamá y yo íbamos camino a casa después del jardín de niños, estábamos preparadas con sombrillas para cubrirnos del sol; la mía era pequeña y roja, tenía miedo de perderla pues el aire quería llevársela, me aferraba al suelo pero el viento sopló más fuerte, me levantó dos segundos y yo; volé.

Jugar a ser

Nunca me hicieron falta amigos imaginarios entre tantos alumnos, radioescuchas y espías que me acompañaban todas las tardes a jugar. Me encantaba ser locutora. Un estéreo que nadie usaba era la consola para controlar el audio de mi programa de radio; mandaba saludos y dedicatorias; y recibía llamadas del público que disfrutaba de las melodías de Selena, Pimpinela y Chayanne.

El mejor país del mundo

Antes de conocer el significado de la palabra geografía, en mi cabeza sólo existían tres países; Estados Unidos, donde hablaban inglés; España, el otro lugar donde hablaban español; y México, el país más rico, más verde, más grande, donde encontrabas a las mujeres más lindas y a los hombres más trabajadores; era el mejor país del mundo.

Concurso de dibujo

No he ganado un segundo lugar más importante que ese; se conmemoraban cuatrocientos años de la Fundación de Monterrey. Un ‘400 años Mty’ flotaba en el cielo azul rodeado de montañas, casas y un río. Gané cuatro entradas para Plaza Sésamo que compartí orgullosa con Angélica, mi mejor amiga en ese entonces. El parque era nuevo y muy costoso, por eso era un gran premio comparado con el dinero en efectivo que recibía el primer lugar, premio que probablemente nunca iba a ver una vez que su mamá lo guardara en la cartera.

No era mío

A veces anhelo que las demás personas tengan una memoria menos vívida que la mía. Nadie me regañó por haberlo robado porque la convencí de que yo tenía uno igual; pero el vestido que Mónica perdió y que días después vestía mi muñeca, no era mío.

El misterio de las muñecas rotas

Ahora puedo entender que la señora Andrea no quería que usáramos su porche para jugar, pero en ese entonces era un misterio. Otras niñas olvidaron sus muñecas y demás juguetes en la puerta de la vecina, y al día siguiente aparecieron rotos. Mi curiosidad me llevó a sacrificar a las menos queridas de mis hijas, cualquier madre lo haría. Entonces llevé a aquellas muñecas sin marca al lugar sólo para corroborar que al día siguiente no tendrían cabeza.

¿Soy yo la del espejo?

Tenía ocho años, tal vez nueve; mi cuerpo se desarrollaba más rápido que el de otros niños; siendo sincera, eso no me sorprendía tanto hasta que alguien más lo notaba. Un día hurgando en los cajones, encontré el vestido que usé en la fiesta de mi tercer cumpleaños. Era verde y yo amaba el verde, razón suficiente para usarlo de nuevo. Mi cuerpo se había estirado más que ensanchado así que, aunque un poco ajustado, me quedó; era como usar una minifalda. Ese día descubrí que me gustaban mis piernas y que mi cuerpo de niña no se veía tan infantil.

Compromisos a corta edad

“Tu vas a ser mi esposa y cuando nos casemos te voy a encuerar y aventar a una alberca”. Podríamos no darle importancia a las palabras de un joven de dieciséis años con retraso mental pero cuando eres niño todo es muy personal; el momento para hacer justicia llegó unos minutos después. Comíamos galletas Marías en el parque, todo estaba húmedo, el lodo parecía chocolate así que tomé un par de galletas y cociné un sandwich para mi futuro esposo.

Persona con actividad normal a destiempo

De martes a viernes mi mamá estaba obsesionada por llegar al súper después de ir por mí a la primaria; aunque expresara mi molestia siempre había algo imprescindible que comprar. En esos días yo tenía una fascinación por mi cuerpo cambiante. Entre eso y la necesidad de crear una distracción para pasar el rato, empecé a coquetearle a un empleado del área de frutas. Me doblaba la falda del uniforme de deportes antes de llegar, lo veía todo el tiempo fingiendo interés en su trabajo, incluso le ayudaba a recoger lo que caía al suelo cuando hacía maniobras.

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