Homenaje al hombre que me hizo fuerte… no bonita.

Mi padre murió hace 4 meses. Justo el 27 de enero del 2015, a las 3:00 pm. Mi padre que constantemente se repetía en el hospital “que él estaba ahí para vivir no para morir” dio su último aliento en los brazos de mi madre y rodeado de enfermeras y doctores que sólo se encargaban de que no sintiera nada de dolor.

Mi padre que hasta el último momento de su vida deseaba regresar a trabajar y comer “caldillo de queso con papas”, ese tradicional platillo sonorense que le preparaba mi mamá, murió sabiendo que sus siete hijos lo querían y que los dos menores lo cuidaron día y noche en ese frío hospital y que el amor de su vida, su “panchita” lloraba a escondidas en otro cuarto para que no la viera sufrir. Mi padre murió muy pronto y aún, a pesar de 4 meses, no se supera el vacío que dejó.

Cada uno tuvo momentos significativos en aquél frío hospital. El mío fue cuando le leí “El León de Dios” de Taylor Caldwell en voz alta una de sus autoras favoritas. Recuerdo que mi padre me escuchaba atentamente y con apretones de mano me indicaba que le siguiera leyendo otro capítulo, y así fue. Treinta y cinco capítulos que leí de principio a fin para el deleite de la única persona que me importaba en el mundo. Él murió sabiendo lo mucho que yo amaba leer y yo me quedé con el remordimiento de no poder haber hecho nada más que eso.

A veces me pregunto si él escuchó todo lo que con tanto esmero le leía. Sí mi voz le resultaba agradable y si entendía todo lo que le decía. Como mi padre dejó de hablar, nuestra única comunicación era a través de apretones de manos y de una que otra movida de cuello, pero sólo era suficiente para entender lo básico: agua, cambio de pañal, enfermera. Uno era si, dos era no. Algo muy trillado pero que en el momento funcionaba. Después, cuando mi padre perdió la fuerza era con el ojo (le quitaron uno porque ahí se alojaba el tumor), y ya después, era sólo largos días y noches durmiendo sin siquiera despertarse a comer. Para el momento en el cual mi papá murió. Sólo era huesos y piel, y todo ese resplandor y fuerza que lo caracterizaba, desapareció por completo, haciendo de su gran sarcasmo y humor sólo una leyenda.

No es así como recuerdo a mi padre. Mi padre fue un gran hombre que me hizo fuerte no bonita, que me enseñó a enfrentar mis problemas y a solucionarlos. Quien me repetía todos los días que era una persona valiosa y muy talentosa y que podía ser lo que yo quisiera en el mundo. Mi padre murió sabiendo que dejaba una hija preparada para vivir sin él, sólo que su hija no quería saber cómo era eso.

Así que aquí estoy haciéndole un homenaje de la mejor manera que puedo y recordando lo que siempre me decía mientras publico esto en un blog público… “sin miedo a la muerte”. Muchas gracias papá.

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