¡La revolución urbana será feminista! (o no será)

“Los gestores estaban acostumbrados a ver escenas como estas y pensar: ‘bueno, todo está funcionando bien’,”. Así Janette Sadik-khan, ex-ministra de transporte de Nueva York, ilustra, incluso sin querer, el principal problema de que las ciudades hayan sido construidas por hombres. En el ideal patriarcal de ciudad, no importa si hay personas inseguras, excluidas o desalojadas: si el capital fluye, entonces está todo normal.
En su mandato, Sadik-khan fue responsable por una verdadera transformación en las calles de Nueva York, conviertiendola en una referencia mundial en seguridad vial y prioridad a las personas. Fue necesario que una mujer llegara a la máxima autoridad de transportes de la ciudad para que finalmente los gestores de tránsito se preocuparan no tanto por la fluidez de lo carros, sino por salvar vidas.
El área de transporte es muy emblemático en esa concepción patriarcal de ciudad, justamente por ser uno de los sectores en que las mujeres menos pueden participar. Por décadas, el objetivo de transporte y movilidad fue centrado en la fluidez, velocidad y toda la brutalidad que el tránsito de vehículos motorizados representa. El espacio público pensado para la aceleración, los ronquidos de los motores y todo lo que el capitalismo llama de desarrollo. Así, en pocos años, personas fueron desplazadas de las calles para darle más espacio a las máquinas — o mejor, al progreso. Porque, al final, la convivencia y el compartir no podrían ser más importantes que la producción.
Si llegáramos al auge del colapso urbano, se podría decir que la casi ausencia de mujeres en la toma de decisiones acerca de infraestructura, vivienda y transporte fue determinante. ¡Si nosotras fuimos alejadas del proceso de construcción de las ciudades, es porque la narrativa patriarcal determina que el espacio público no es nuestro por derecho!
Desde la polis griega, los hombres dominaron todo lo que era público y se esforzaron por mantener a las mujeres en su lugar “dicho” natural: el ambiente doméstico y privado. A pesar de eso, para dar cuenta de las tareas de creación y reproducción que nos atribuyeron, ocupamos las calles de la ciudad — al final, alguien necesitaba hacer compras, llevar los niños a la escuela, cuidar de los familiares ancianos. Pero esa ocupación nunca se dió de manera pacífica — siempre fuimos recibidas con mucha hostilidad de la puerta de casa hacia afuera.
¡En el contexto latinoamericano, la ciudad nunca fue nuestro espacio por excelencia — si no pudimos ocuparlas, mucho menos intervenirlas! Ahí empieza otro error. Cuando un espacio de poder tiene mujeres, no necesariamente este produce decisiones más justas. Pero cuando no cuenta con mujeres, seguramente sus decisiones no dudarán en excluir personas.

Por esas y otras razones es que escenas de evidente desigualdad, exclusión e inseguridad fueron naturalizadas por los (hombres) tomadores de decisiones. No es solamente una cuestión de “acostumbrar el ojo” a lo que debería ser un problema, pero también porque la desigualdad es un engranaje más del sistema de dominación del género masculino. Dejar atrás los más frágiles y aquellos que no les interesa la producción de capital es típico de ese modo excluyente de producir espacios públicos.
Es por eso que imágenes de ancianos, personas con discapacidad y mujeres asustadas por no poder atravesar una avenida extremadamente larga son tan simbólicas en ese modelo de ciudad: para muchos hombres blancos que la construyeron, no hay nada de errado en que algunos estén corriendo riesgo de morir, una vez que las máquinas y mercancías continúan circulando normalmente. Esa es la lógica de la competencia, de la guerra por el espacio y de “cada uno por su cuenta”. Nosotras, que sufrimos desde nuestros primeros días con las penalizaciones de desigualdad, tenemos herramientas para no reincidir en los mismos errores y proponer la lógica inversa, de compartir, solidaridad y cooperación.
Si las ciudades terminaron siendo excluyentes porque solamente hombres las construyeron y las pensaron, entonces no tiene sentido que ellas sean transformadas por los mismos actores. Es por eso que la revolución urbana tiene que ser feminista, o estaremos apenas haciendo más de lo mismo. No debemos aceptar soluciones delirantes que hayan sido pensadas solamente por los mismos hombres blancos de siempre.
Hace tiempo que las mujeres están en la frente de movimientos sociales y activistas, luchando por ambientes urbanos más justos y saludables (dedico esta mención especialmente a las mujeres cabeza de movimientos de vivienda, expertas en lucha popular). Aunque sus banderas no lleven explícitamente los lemas feministas, ellas estaban emprendiendo un proyecto de reforma urbana que desafía el patriarcado y esa lógica de “ciudad para pocos”.
Es por eso que también no tiene sentido hablar de feminismo en América Latina sin considerar el contexto de extrema desigualdad social de nuestras metrópolis. El ambiente urbano es más hostil e injusto para nosotras, sea por la violencia en el espacio público, que limita nuestros desplazamientos, o por la distribución de ingresos y trabajo tan injusta que nos sobrecarga al punto de no permitirnos vivir la ciudad en su plenitud. El acoso, la falta de acceso a vivienda, la falta de accesibilidad y otros obstáculos físicos y simbólicos no son solo limitaciones del ejercicio del derecho a la ciudad, sino también formas de control de nuestras vidas y nuestros cuerpos.
Ser feminista y latinoamericana no puede precindir de luchar por ciudades más justas, porque la desigualdad del ambiente urbano se suma y se refuerza la desigualdad de géneros. Queremos ser libres y vivir en espacios plenos, seguros y cómodos y enterrar ese modelo de espacio público hecho para solamente una parte privilegiada de la población. Porque ser feminista también es no dejar a nadie atrás.
(Texto originalmente publicado em português no site Cidade Lúdica)