El monstruo soy yo

Ella quería utilizar ese verso que había parido algunos meses atrás y encontró la ocasión idónea en este lienzo blanco: “Actos de crueldad indecibles perpetrados desde tu afonía interna

¿En qué consiste ese acto tan brutal que no puede ser dicho?

Lo hermoso de este verso, pensaba ella, era la alquimia de su interpretación; quien reprodujera este hechizo lingüístico y proyectara ese acto en su interior, se convertiría vertiginosa e indubitablemente en un monstruo, pues pondría a trabajar a sus demonios en la elaboración de la magna escena. ¡Es propiamente un embrujo ruin! ¿Cómo esta joven dama ha dado nacimiento a una condena de tal monstruosidad? Ha sido un accidente, ella asegura, las palabras brotaron de sus labios como si tuvieran vida propia, con la única misión de inducir a reconocer en el mutismo interior el origen de lo monstruoso; eso que busca ser callado, pero que se sabe habita ahí, en la unidad. ¿¡Dónde!? ¿¡Dónde!? ¡Quítamelo! ¡Quítamelo!, gritaron al unísono.

“El monstruo soy yo”, es el susurro que germina en la existencia errática de los otros, pero lo hace recobrando el enmarañado significado de las consignas del oráculo. Por eso, sólo los que pueden ver han sido y serán capaces de descifrarlo. Quienes no, irán directo a sacar los ojos de aquellos que les proveen de su propio reflejo monstruoso, utilizando el arma más efectiva en el mundo del positivismo: el juicio.

¿Qué pasa cuando un monstruo se sabe monstruo? La hecatombe. Eso sucedió con Salomé, o al menos eso es lo que la muchacha cree; pues al descubrir su potencia no dudó en usarla para alimentar su ego, aunque tuviera sabor a sangre. No obstante, recibió su castigo: la muerte, la calumnia, la tilde de la monstruosidad.

Las condenas en contra de quienes expanden los límites de su ser son severas e inmisericordes, pues nacen en la podredumbre de la libertad mutilada de quienes las enjuician. De ahí que en todo tiempo pasado, y el presente no es la excepción, se ha buscado el exterminio de las pitonisas, las brujas, las hechiceras, las locas, las que transmutan y transgreden al mundo con su sabida divinidad.

Salomé, sin temor, lo dijo y pasó a ser de ser una impecable musa a un monstruo ante los ojos de las incisivas miradas. Olor a envidia cunde la sala. Cuán insoportable es ver a una mujer emanciparse de las carlancas morales, mientras a uno lo estrangula la diplomacia. ¡Golfa, histérica, necrofílica! La palma de la represión ha hablado. Y es que no hay dominación más pulcra que la que se ejerce desde uno mismo, la joven piensa; puesto que se esteriliza toda posibilidad de volcarse hacia los deseos profundos y ejecutarlos con la maestría que merecen las ilusiones genuinas. Es precisamente el señalamiento en público de lo bellaco lo que provoca la castración de la divinidad y el poder personal.

Esto lo saben bien los que se autodenominan amos del mundo, de un mundo tan vacío y superfluo que la muerte no se ha tomado la molestia de bendecir, un mundo en donde no tienen cabida las magas, nigromantes y hechiceras porque atentan contra la pestilente estabilidad y no hay nada que asuste más a los que pretenden controlarlo todo.

¿Qué clase de mundo es ese? Uno lleno de seres sojuzgados por el miedo a cristalizar lo que ya son, mismos que mantienen la firmeza de la injuria contra quienes se han atrevido a lanzarse al precipicio de la redondez de la existencia, completada por la dualidad que habita en todo, que lo define todo.

@AnaCecilia_PD

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