La otra totalidad

Pero también existe otra totalidad del ser que no es precisamente a la que se refieren los libros. Es una que se siente en la sangre de su cuerpo, la que avanza por los ríos, la que llena los volcanes de lava y se convierte en oxígeno para los grandes maestros de verdes y encrespadas cabelleras. El consuelo de saber que estamos compuestos por la misma sustancia creadora, que por supuesto es mucho más que un quark.

Pobres de los científicos que solamente tienen su ciencia, pues tienen al Dios posmoderno en sus manos, pero no se tienen a sí mismos. Alcanzan, apenas con esfuerzo, rasguñar algunos “porqués”; no obstante, entre los signos interrogantes está inhabilitada la pregunta acerca del destino. ¡Claro! Esa pregunta no se responde desde la ciencia sino desde la plenitud de la existencia.

Pero no hay que enojarse, aunque se intente explicar de mil maneras, ellos no entienden: no lo ven. No quiere decir que sean tontos, no quiere decir que sean indiferentes, no quiere decir que sean malos; simplemente son otros.

Huimos de la incertidumbre con el más férreo miedo,

miedo de ver consumidas las nimias verdades que creemos poseer,

verdades que no alcanzan siquiera a formar una caricia,

caricia sin la cual la piel se torna adusta

expuesta al sol que no calienta, sino quema,

quema desde lo gélido de la razón,

razón que espolea para impedir el naufragio,

un naufragio que requiere la valentía de dudar de uno mismo,

uno mismo que al inicio se sabe forastero

en una tierra que alguna vez sintió suya,

tierra humedecida por la vida donde el sentir florece,

sentir que vuelve a la sangre ligera,

ligera porque no carga con el pensar

pensar que asfixia cuando es emperador de lo cotidiano

y estruja a los hombres con correas hechas de ideas

ideas que se idealizaron para ser libres,

mas libres no han podido ser.

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