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Los temores se han calmado después de que Alexander Van der Bellen se declarara el ganador de las elecciones presidenciales de Austria. El asiduo fumador y ecologista, derrotó con el 53% de los votos al ultraderechista Norbert Hofer. Europa y el mundo han ganado una batalla más en contra del nacionalismo extremo, la anti-globalización y las políticas anti-migratorias.

Después de los episodios de 2016 que cristalizaron el mayor temor de los críticos de la democracia: la tiranía de la mayoría; tanto las elecciones de Austria como el referéndum italiano se miraron pero de refilón, como quien en una película de terror se cubre la cara con las manos para no ver lo que está por venir.

En este caso, los resultados propinaron alivio; no obstante, no se puede pasar por alto el apoyo tan significativo que han adquirido los movimientos de ultra derecha, pues, en el caso de Austria el 46% de los votantes se inclinaron por esta ala. Los porcentajes, son el reflejo de sociedades ampliamente divididas, ya que el ganador representa todo aquello que el 46% de los electores no desea.

Sin embargo, estamos aquí opinando acerca del futuro de un país que no es el nuestro, alegrándonos por el triunfo de los ideales propios en una tierra cuya esencia es desconocida. Imponiendo los valores que se antojan adecuados y desechando con desdén lo que huela a radicalismos derechosos.

El mundo transita a una especie de guerra fría, la dualidad se hace cada vez más evidente y eso es más que una mera consecuencia, es una señal de alarma. ¿Cómo se logra la gobernabilidad en sociedades tan divididas? Sin duda se requerirá de negociaciones, acuerdos, y diálogo. Mucho diálogo.

Así que bien y mal ahora parecen estar definidos con claridad. Un mundo maniqueo se levanta entre las opiniones, campañas, y secretos a voces. Los buenos se saben buenos y los malos, no tanto. Pero el imaginario colectivo ha encontrado a sus enemigos y quizá no haya sistema más peligroso que el de los radicalismos.

@AnaCecilia_PD

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