Recuerdo sin título

Tenía seis años, comenzaba la primaria y recuerdo que estaba particularmente emocionada por las clases y el nuevo ciclo escolar (hasta los 15 años me encantaba ir a la escuela y levantarme temprano). Los días marchaban bien, le contaba a mi mamá sobre todo lo que aprendía, podía recitarle cien veces lo que la maestra había dicho en el día y cumplía con mis tareas de manera automática al llegar a casa. Aprendía mucho, hablaba mucho, reía mucho.

Hacía exámenes y casi de inmediato fui reconocida por mi capacidad de aprendizaje; mi escuela como el resto de las escuelas del país en los 90s, tenían un método de competitividad entre alumnos al que obviamente nunca había sido expuesta: “¿quién tiene la calificación más alta?, ¿quién lee mejor?, ¿comprensión en matemáticas?” y así la olla de presión se iba llenando. Yo resistía, no por la competencia sino porque me obligaba a aprender a velocidades altísimas y eso -he de reconocer- siempre me ha gustado.

Al final del primer año, llegaba con el último homenaje a la bandera la premiación y reconocimiento a los mejores alumnos; mis papás estaban emocionados de saber que su hija estaría en el top del primer año, a juzgar por la notas de los profesores y mis calificaciones todo apuntaba a que tendría el primer lugar.

Toca el turno de mi salón, y para sorpresa de la mayoría, yo estaba en segundo lugar, el primer lugar se lo llevó un niño, NIÑO. Al terminar la ceremonia, mis papás hablaron con mi maestra quien dijo que pese a que teníamos las mismas calificaciones, eso no era lo único, se necesitaba algo que ella llamó “madera” y que el niño que había obtenido el primer lugar era el único que había demostrado esa “aptitud”¿?. Ese fue el inicio de 4 años de mi vida en segundo lugar, un segundo que no me gustaba porque estaba muy segura de lo que hacía, de lo que trabaja y aunque no comprendía lo que había dicho mi maestra, algo dentro me decía que era totalmente capaz de ser igual que mi compañero.

Tomé la decisión de cambiarme de grupo, de estar con otros profesores, de verificar si era verdad eso que “yo no tenía”, se lo pedí a mis papás y aceptaron sin problemas. Mismas calificaciones, notas inspiradoras de mis maestras, primer lugar al final de cada curso. Me sentí bien, pero no dejaba de cuestionarme ¿qué había pasado entonces? Vinieron más pruebas, exámenes entre nosotros, rebasaba por mucho el promedio de mi ex compañero en cada uno de ellos. No entendía nada: él que había sido mi competencia por tantos años, él que siempre era el preferido de maestras, el que tenía lo que a mi me hacía falta, el NIÑO.

No fue hasta años después, cuando comencé a analizar todas las desigualdades del día a día en diferente esferas, que recordé esos momentos que confundieron mis capacidades a inicios de mi educación escolar, no es que él tuviera más “madera” que yo, es que en ese momento, en mi escuela no se podía concebir la idea de que una niña NIÑA, fuera mejor, fuera capaz, fuera primera.

Ningún evento por pequeño que sea deja de tener un impacto significativo en nuestra vida. Los próximos años, en la universidad me enfrenté a comentarios sexistas de uno de los gremios más complicados y cerrados: medicina. Me sorprendía la normalidad con que el resto de mis compañeras permitían que les hablaran compañeros de la escuela, residentes, médicos adscritos. Una aprende a ser dura no por la carrera (que es bellísima), aprende a serlo por todo lo que le rodea.

Hoy pensé en mi maestra de primer año de primaria, y sentí algo difícil de describir cuando el recuerdo inmediato fue ella diciéndole a mis papás que no tenía “madera”, decirlo a una niña que empezaba a entender lo más básico del mundo, que mostraba interés y amor por las clases, que hablaba mucho de la lectura de un día antes, que quería comerse al mundo…

…la niña tuvo “madera”, y no va a comerse al mundo, va a cambiarlo.

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