Sin título 2

Mi abuela se fue hace más de diez días, y tengo recuerdos que aparecen en cualquier momento del día.

Parece que puedo dividirlos por categorías, como si las abuelas cuando se van hicieran un clasificado de los recuerdos que te dejan, de las cosas que tienes, y de lo que debes quedarte para no sentir las ausencias o los espacios vacíos más insoportables de lo que ya son.


Me deja su voz y sus innumerables historias que en algunas noches me contaba no para dormir, si no para hacerme consciente de todos los mundos que hay afuera, mucho antes de que yo estuviera en escena. Me enseñó a escoger frutas, a tratar bien a las plantas pero más a las personas, a valorar las siestas, a ayudar a todo aquel que pudiera, a soñar en grande y trabajar en serio por eso.

Tengo casi todos los regalos que cada Navidad había para mi debajo del árbol, tengo el sabor de las cenas, las comidas y los desayunos que siempre me convencía de probar. Tengo las risas que cada domingo mis papás y ella compartían por cualquier cosa. Tengo las flores en el comedor, las pérdidas que te dejan el corazón roto pero nunca destruido, las velas para alumbrar a los que ya no están, las fotografías y el viento en el patio de su casa.

Me quedo con su nombre para llevarlo en el mío, con su abrazo, con su mirada de saberlo todo, con nuestras carcajadas, con sus recetas, con las películas mexicanas en blanco y negro, con la lucidez de sus pasos.


Sí, se fue hace más de diez días y lejos de tener un tiradero en el corazón, lo tengo ordenado, cierto y más grande por ella.

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