Hábito

Este es un ensayo que escribí para una clase de periodismo en la carrera de Comunicación Pública. Tenía que responder cuál era mi relación con el periodismo y cómo lo consumía. Lo publico ahora porque en la época del Fake News, necesitamos más que nunca volver al periodismo, recordar por qué es importante y cómo nos atraviesa.


2 de septiembre del 2015

Rigid, the skeleton of habit alone upholds the human frame. — Virginia Woolf

Mi relación con el periodismo ha tenido periodos distintos. Soy de esas últimas generaciones que vivieron los dos mundos. El de antes de la tecnología y al mismo tiempo, el de la hiper-conectividad.

Mi mamá era alérgica a la tinta del periódico. Por este motivo, no teníamos periódico en mi casa una vez que se divorciaron mis padres. Antes de eso, recuerdo a mi papá metiéndose al baño con un Siglo 21. El periódico para mí, era para recortes. Eso fue, hasta la llegada del Dr. Parker. En onceavo grado tomé una optativa de ciencias sociales llamada “Modelo Naciones Unidas”. A lo largo de este curso, se nos preparaba para asistir a diferentes congresos en los que representaríamos a una delegación asignada en un modelo que seguía las reglas de las Naciones Unidas. Cada asamblea tenía temas definidos, salvo el Consejo de Seguridad, que monta su agenda en torno a conflictos coyunturales. Nunca había tenido un profesor tan estricto como Dr. Parker. Una de nuestras tareas continuas era tener un conocimiento pleno de las noticias internacionales. Teníamos que entregar un reporte semanal, además de que se nos hacían quizzes aleatoriamente, sobre notas que venían en el boletín “UN Wire”. Dicen que a fuerzas, ni los zapatos, pero tras reprobar unos cuántos quizzes y quedar en ridículo frente a mis pares, me entró el hábito de leer el periódico todos los días. Por lo menos la sección internacional. Descubrí que ya no era una obligación, sino un placer estar leyendo las noticias todos los días.

Para otra asignatura, mi proyecto final fue seguir las elecciones del 2004 en Estados Unidos. Mi única forma de entenderlo era reconstruirlo a partir de noticias en periódicos en línea. El hábito que me forzaron, me consumía. Pasaba horas devorando blogs de música y noticias internacionales. Pasaba horas desmembrando párrafos de columnas de opinión para darle sentido a lo que no entendía: Bush, el texano que los llevó a la guerra, sería presidente otros 4 años. En este periodo de mi vida entendí que no era lo mismo el New York Times al USA Today o que el portal de FOX News, comprendí lo que eran las líneas editoriales. Aprendí a sortear entre las fuentes dudosas y a sacar lo que parecía más fidedigno.

Me gradué, empecé en el ITESO y poco a poco, el panorama global me fue aburriendo. Entendí que lo local era más importante. Seguía relacionado con lo global, pero lo local me quedaba más inmediato. Comencé a leer el Mural, que llegaba a mi casa. Era mi primera aproximación a la prensa escrita, impresa en hojas tremendas, que me costaba manejar.

Hacia el 2009, explotó el periodismo en redes sociales. Todos los periódicos tenían Twitter. Comenzó a construirse el panorama que hoy vivimos, donde la foto de un niño sirio ahogado en la costa griega se cuela entre memes de gatitos, el anillo que le dieron a mi conocida de la prepa y el video del Presidente, torpemente tirando la banda presidencial.

Una cosa se mantiene igual: sigo leyendo las noticias en la mañana. Así como mi papá se metía al baño con su Siglo 21, yo lo hago con mi iPad, a leer las versiones en línea de las versiones impresas del Informador y Mural. Mi ritual matutino no es la única vez del día que estoy expuesta al periodismo, ahí es donde entra la hiper-conectividad. En Facebook sigo a El País, al NYT y a The Guardian de medios “serios” (por su rigor, por su reputación de tener fuentes fidedignas y por ser de los medios menos amarillistas). A mi correo me llega un resumen del Huffington Post que incluye varias fuentes. En Twitter sigo a Politico, una revista de noticias políticas en Estados Unidos y a Pitchfork, un blog de noticias sobre música.

Leo casi religiosamente la columna de Estefanía Vela en El Universal y la de la Mala Madre en Animal Político. Mi sobreexposición periodística va siempre ligada a los temas que me gustan: movilidad, feminismo, derechos humanos, política nacional y local. Está tan ligado a mi día a día, que ya no me siento bien cuando no sé qué hay allá afuera. Si llueve, no puedo salir sin consultar Tráfico ZMG, no vaya a ser que se me quede el carro encharcado.

Es un hábito que ha tomado control sobre mi vida. Es un hábito que me generó por consecuencia otro: cuestionar todo. Leer más de un periódico te hace ver que la misma nota, la cuentan distinto según el medio. Me es muy difícil ver desde dónde sigo alimentado este hábito. Esa necesidad de darle clic a la noticia que comparten mis amigos. Ya limpié mis contactos para que no me salgan noticias de UpScl o de esas redes que aplican la carnada del clic “no creerás lo que sucederá después”. También limpié a las tías que ponen cadenas de oración.

Los algoritmos secretos de las redes ya entendieron lo que a mí me gusta y me lo ponen, mucho. Esta sería una limitante, que no hay escape de ciertos memes, y que hay escape de muchas noticias invisibles en mi espacio público del feed virtual. Ya no sé si mi hábito es hábito o la fobia a no tener el celular. Por si acaso, a veces apago todo los domingos y me dedico a leer. Pero el hábito siempre, siempre vuelve.

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