Recordaba su odio por el queso (excepto si estaba derretido), por que le tocasen la nariz o por los grumitos en el colacao; recordaba que en su salón tenía a Reverte y le recordaba sentado en el sofá mirando como ella se paseaba en ropa interior por su casa. Y ella aún se sabía como miraba cuando estaba nervioso y se sabía sus dos lunares de debajo del labio justo en su lado derecho; lo recordaba porque le gustaba recorrerlos cuando le besaba. También se acordaba de la forma en que tenía de agarrar el vaso y cómo hacía que no la miraba, cuando ella sabía que en el fondo lo hacía. Le recordaba a él mirándola y en esos momentos el resto del mundo le sobraba.
Recordaba tanto, que no le cabía sitio para acordarse de olvidarle.
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