Una mirada visceral del conflicto en Colombia

Entrevista con Felipe Guerrero, director de Oscuro animal

Felipe Guerrero

La guerra es como un animal oscuro que asecha a miles de mujeres víctimas del conflicto armado y las obligada a emprender viajes solitarios, desesperados y precarios del campo a la ciudad. Así es la historia del primer largometraje de Felipe Guerrero, Oscuro animal, que cuenta la historia de tres mujeres desplazadas por la guerra y la violencia de sexual.

El largometraje es una apuesta cinematográfica con pocos diálogos pero con elementos sonoros muy ricos que enfatizan en la presencia abrumadora de la violencia en el campo colombiano.

Guerrero, de 41 años, dirigió los documentales Paraíso y Corta y ha trabajado como montajista con directores en Argentina, Chile, México, Italia y Colombia.

Recientemente Oscuro animal obtuvo el premio del jurado a la mejor película y de la crítica internacional en el 20 Festival de Cine de Lima. Se ha proyectado en distintos festivales en México, China, Holanda, Polonia, Rusia, Alemania y Chile, entre otros.

El director nos habló acerca de su ópera prima y de la importancia de narrar la Colombia contemporánea desde una visión que se aleje de la banalización de la violencia. La película se estrena en Colombia el 29 de septiembre.

Ana Luisa González: Oscuro animal aborda el conflicto armado en Colombia desde la perspectiva de la mujer. ¿Por qué le da ese ángulo a la película?

Felipe Guerrero: Este proyecto empezó siendo una investigación alrededor de los desplazados de la guerra en Colombia en la década de los 90 y 2000, cuando la violencia era más salvaje. Hace más de diez años empecé a acercarme al conflicto en Colombia como objeto de estudio desde la perspectiva del cine. Me di cuenta que la mujer estaba en el centro del huracán y que su cuerpo era utilizado como botín de guerra. No solamente el cuerpo de la mujer adulta sino el cuerpo de la mujer joven y la mujer niña. A partir de allí empecé a elaborar una historia en particular pero después recibí una beca de escritura y de ahí la película floreció en tres historias.

ALG: Tres mujeres salen escapando del conflicto armado en el campo y llegan a la ciudad. ¿Cómo aborda esa otra violencia, la violencia urbana, en esta película?

FG: La película empieza con lo que viene después de un impacto violento y termina antes de que haya un desarrollo y se sepa qué va a pasar. Son dos momentos que me interesaban para generar un arco narrativo que me llevara a mostrar la resonancia del impacto. El fuera de campo –lo que no se ve– pero se siente amenazante y asecha, es la metáfora del oscuro animal.

La película termina después del recorrido –de tres mujeres que huyen del campo a la ciudad– y trata de tenderle la mano a las protagonistas para salvarlas. Pero, al final, las deja a la intemperie en una ciudad como Bogotá. Me parecía más honesto cerrar así, con unos grises, que matándolas o con un final feliz.

Por conceptos artísticos, de dirección de arte, de cromatismo y de fotografía, la película utiliza los verdes cálidos y brillantes de la selva para crear un ambiente dramático y peligroso y se va transformando, supuestamente en un estado de salvedad pero que resulta en una situación fría, densa, oscura como la ciudad de Bogotá.

Felipe Guerrero

ALG: ¿Cuál es la metáfora del oscuro animal que ronda en la película?

FG: La metáfora es esa sensación de que hay algo trágico que puede pasar, algo cercano a la muerte que es causado por un agente –guerrilla, paramilitarismo, bandas armadas, urbanas y hasta el mismísimo ejército– que está latente y que genera un clima espeso. Está siempre al lado tuyo y en cualquier momento puede surgir y cambiar tu situación. Lo que genera la película es la presencia del oscuro animal, de ese elemento atmosférico, climático que está siempre presente y en algunos momentos lanza sus zarpazos.

ALG: En este largometraje hay muy pocos diálogos. ¿Cómo conecta al espectador con una historia que no tiene diálogos?

FG: El proceso de depuración del diálogo, de suprimirlo, de ausentarlo fue un proceso orgánico que nació con la escritura porque yo no me sentía cómodo poniéndole diálogos a estos personajes que estaban atravesando por una fractura interior tan fuerte. Lo que me interesaba mostrar era cómo esas mujeres son afectadas por un impacto violento que sufren en sus vidas.

Me di cuenta que la ausencia de diálogos se convertiría en un dispositivo narrativo y conceptual muy importante. Para mí, es una metáfora muy contundente sobre el silencio de las víctimas.

Se ha hablado mucho sobre la violencia y estar diciendo siempre lo mismo, estaba causando, desde mi punto de vista, en el panorama del cine o la representación de la realidad a través del cine, la perdida del sentido de la violencia. Por eso las palabras que un actor puede pronunciar interpretando este tipo de personajes tan dolorosos, me parecían una imprudencia y poco respetuosas con ese dolor.

Felipe Guerrero

ALG: Los elementos sonoros de la película son muy ricos. ¿Por qué utiliza la champeta o el punk para acompañar escenas que tienen tanto drama y horror?

FG: Una película que tiene en su sistema, en su mecanismo, la ausencia del verbo o la palabra, ofrece en su abstracción, un nuevo plano de apreciación para el espectador que es efectivamente el campo sonoro. Yo soy una persona muy dedicada al montaje de sonido y a la composición sonora, no solamente como director sino como montajista. En la construcción de Oscuro animal, hicimos algo supremamente rico, elaborado, fino y meticuloso y nos demoramos muchísimo tiempo escogiendo los elementos sonoros. Ya desde el guión, tenía unos apuntes musicales para dos personajes, que en la película, tienen presencia musical.

En relación con la champeta, más allá del género musical, lo que me funcionaba era que la música estuviera relacionada con una zona particular de Colombia. En este caso, la costa Atlántica, por las connotaciones socio-políticas que tiene con los grupos armados que están presentes en esa zona. Y por otro lado, me parecía muy importante que esa música, de canciones alegres y fiesteras entrara en contraposición dramática con un ambiente que no lo es para nada. Además, más allá de la música, también era el volumen de la música. Esa presencia estridente, chillona, apabulladora que se puede crear en circunstancias normales en Colombia.

La otra banda sonora es la Pestilencia, un grupo de punk rock muy conocido en Colombia. Sus canciones tienen un carácter disruptivo y agresivo, con letras muy combativas y políticas que me ayudaron a generar otra capa simbólica.

El uso de este género, un poco fuerte, contrarrestó con algunos sentimientos de la historia.

Felipe Guerrero

ALG: ¿Qué hace diferente su narración del conflicto armado en Colombia?

FG: Uno de los principales objetivos como autor era tratar de reflexionar sobre las maneras de representación de la guerra y encontrar una perspectiva propia que, desde un punto de vista lingüístico, cuestionara esas representaciones y las formas como se ha filmado el conflicto en Colombia.

En el cine, muchas veces se subrayan ciertos tópicos de la guerra (violencia) que la vuelven banal y pierde el sentido. Yo no quería hacer eso. De entrada, me sentía en conflicto con los medios de comunicación y con cierto cine que reproduce algunas situaciones guerra. Desde un principio tenía intenciones disruptivas para lo cual hicimos un trabajo de abstracción de ciertos símbolos y signos. Rompimos con algunos elementos realistas para llevarlos a puntos más abstractos.

Algunos directores estamos trabajando en un cine que no muestre el hecho violento y trate de quedarse con la emoción de las personas, de los individuos. Creo que un grupo de directores estamos, desde hace un tiempo, trabajando en esa idea de representación de la guerra. Estamos haciendo cine de postconflicto.

Felipe Guerrero

ALG: Hace más de 20 años vive fuera del país. ¿Cómo se aproxima al conflicto colombiano desde la distancia?

FG: A primera vista pareciera como una distancia, pero yo más que una distancia la veo como una perspectiva. Es decir, como un punto de vista transversal, igualmente comprometido, igualmente visceral como el del colombiano que vive aquí. Hay dos visiones antagónicas entre el estar adentro y el estar afuera. Porque la persona que está adentro ha generado una coraza que no le permite observar pero la necesita para sobrevivir. Del otro lado, la persona que está afuera mira al país con un poco de nostalgia. Y en esa bipolaridad entre el estar adentro y el estar afuera la profundidad en la mirada hacia el país sigue siendo la misma.

Somos muchos los directores colombianos radicados en el extranjero que estamos haciendo obras que giran en torno a Colombia y a sus problemáticas. Ya algunos críticos han encendido sus radares y se han empezado a manifestar sobre esto diciendo que es un cine de diáspora que, desde mi punto de vista, tiene todas las cartas para ser cine colombiano. Lo más interesante de este cine es que se conjuga con otras propuestas para ver a la cinematografía desde un punto de vista más alto. Son voces que están contando la Colombia contemporánea, dentro de la cuales me incluyo.

AL: Muchos cineastas se han ido de Colombia. ¿Es por de la precariedad de los fondos nacionales?

FG: Colombia, desde la ley de cine, goza de una vitalidad cada vez mayor para que la gente pueda producir cine acá, gracias a los fondos nacionales. Esto ha provocado que la gente vuelva para poder participar de esta gran fiesta.

En Colombia estamos viviendo un gran momento en el que el Estado a través de sus fondos nos permite que hagamos nuestras películas, lo cual es envidiable en muchos países de América Latina.

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