Elecciones en EUA

Ayer se realizaron las elecciones intermedias en Estados Unidos, un acontecimiento que seguimos con atención desde México y el mundo porque para muchos se consideró una especie de referéndum a las políticas de Trump.

Los resultados que se revelaron ayer dieron motivos de celebración tanto para republicanos como demócratas, pues, al menos en el legislativo, los primeros fortalecieron su mayoría en el Senado mientras que los segundos retomaron después de 8 años su mayoría en la Cámara baja. Es decir, aunque no existió un claro respaldo a Trump, pues su partido perdió control en la Cámara de Representantes y gubernaturas en al menos 4 estados, no existió tampoco una victoria demócrata amplia que pudiera anticipar el cambio de partido en las próximas elecciones presidenciales, como muchos lo esperaban.

A preguntas como “por qué nos debería interesar este proceso electoral”, he leído en los últimos días análisis que intentaban ligar los resultados con la capacidad de México para cabildear en los Congresos políticas económicas y migratorias; sin embargo, mi interés en traer a cuento lo sucedido ayer en nuestro vecino país se debe a que éste se suma a varios casos paradigmáticos que siguen provocando reflexiones globales sobre el estado y futuro de la, o las democracias.

El gran temor en las elecciones de ayer era ver mayorías atraídas por un discurso xenófobo y racista. Atraídas por quienes prefieren caracterizar al otro como “enemigo”, como aquel que no merece siquiera la atención del diálogo, por quienes utilizan el miedo como herramienta para la movilización y quienes para fortalecer su narrativa se sostienen de lo que sea, incluso del engaño.

El temor de ver crecer la intolerancia con gobiernos de ultraderecha o neofascistas, como ocurrió también en Francia o Brasil sigue vigente. Y lo está porque las acciones radicales, aquellas incluso que atentan contra los derechos humanos, se perciben como única salida ante la decepción de la falta de resultados de los gobiernos democráticos.

Para analizar con toda justicia, los resultados de las elecciones de ayer trajeron también, junto con esta incertidumbre, brisas que pueden dar un respiro. Se habla, en primer lugar, de un balance, de la posibilidad de generar un control al presidente desde la Cámara de Representantes. También, se trata para muchos de una elección histórica donde fueron elegidas más de 100 mujeres indígenas, musulmanas, latinas y el primer gobernador abiertamente gay en el país.

Aunque no obtuvo la victoria, la destacada participación de Beto O’Rourke, un demócrata que contendió de cerca frente a Ted Cruz en el tradicional estado de Texas, o la de Stacey Abrams, quien podría haber sido la primera mujer afroamericana gobernadora, dan claras señales de que, como lo llama la ahora congresista más joven, Alexandria Ocasio-Cortez, existe “un cambio generacional, racial e ideológico” en el país.

Estas pulsiones y el fortalecimiento de contrapesos son sin duda esperanzadores, pero el futuro electoral de 2020 está lejos de ser garantía para nadie.

En nuestro país, particularmente con el inicio de una nueva etapa presidencial en menos de un mes, podemos tomar la experiencia vivida en otros lados para evitar el ascenso de grupos fascistas que se cultivan con mayor facilidad en escenarios de alta polarización como el que vivimos actualmente. Implica un reto grande de madurez para la autodenominada izquierda, para que sea capaz, como lo menciona el sociólogo Boaventura de Sousa Santos en una entrevista a propósito de la publicación de su último ensayo, de “acabar con sus dogmatismos y aislaciones”.

Ojalá que a México le vaya bien, que le vaya bien a López Obrador y a las administraciones estatales entrantes para que no solo una agenda de justicia social pueda acompañarse al paso del tiempo de resultados, sino para poder observar desde las formas, desde la apertura y la generosidad para identificar consensos, transformaciones al quehacer político capaces de contrastar atisbos de intolerancia. De este germen ya conocemos sus consecuencias.