4 horas, 22 minutos
La historia de mi primer maratón
La idea
Todo empezó hace ya mucho tiempo, tendría yo 14 años, estaba viendo en la tele un reportaje sobre un maratón popular (diría que del de París, pero bien podría ser Nueva York u otro), de inmediato me llamó la atención la disparidad en el aspecto físico de los participantes, había gente con cuerpos de atletas, gente normal, gente mayor, gente muy joven e incluso algún loco disfrazado. En una entrevista a un participante el entrevistado dijo una frase que se me quedó grabada en la memoria: «Es muy difícil correr un maratón en 2 horas, pero cualquiera que se prepare puede hacerlo en 5 horas». ¿Cómo?, ¿cualquiera?, ¿de verdad? Este tío está diciendo que si me preparo puedo correr un maratón, puedo participar en «la carrera».
El tiempo pasó y nunca me preparé, porque, vamos a ser realistas, ¿qué necesidad tengo yo de meterme en un lío así? Pues ninguna. Y es verdad, ninguna necesidad, yo es algo que no recomiendo a nadie, al menos a nadie que no tenga ya el germen de probar sus límites, de aprender a conocerse a sí mismo, … Porque desde ya digo, no es fácil. Al menos no es fácil para el común de los mortales, esos que no tenemos un cuerpo preparado para correr, pero tampoco es imposible, de hecho, es verdad: «cualquiera puede hacerlo».
Pero la semilla estaba allí, periódicamente volvía al recuerdo de ese hombre extenuado pero con una sonrisa que no le cabía en la cara y esas palabras: «Es muy difícil correr un maratón en 2 horas, pero cualquiera que se prepare puede hacerlo en 5 horas».
Así llegó el día en el que, con la idea rondando en mi cabeza pero sin ningún motivo añadido me dio por mirar la fecha del maratón de mi ciudad, Zaragoza, era a principios de noviembre, estábamos a finales de marzo. 8 meses, ¿eso es mucho? ¿es poco? ni idea. Vale, enciende el ordenador, busca «planes de entrenamiento para acabar un maratón»: Prepara tu maratón en 18 semanas; Acaba un maratón en 20 semanas. Bien, 20 semanas. Yo tenía más de 30 semanas, sobrado, estaba a tiempo, «¿lo hago? ¿me preparo?».
La preparación
En cuanto empecé a mirar los planes de entrenamiento que me descargué de internet me di cuenta de que esas 10 semanas que me sobraban no iban a estar vacías, esto planes suelen estar preparados para gente que es capaz de correr regularmente de 40 a 60 minutos… ¿Dónde me he metido? Si yo no soy capaz de correr ni 15 minutos y no he corrido regularmente desde que dejé el fútbol y de eso hace un milenio.
Así que en esas me puse a correr, el primer día fui al Parque Grande y para cuando llegué allí, unos 5 minutos después, ya iba con la lengua fuera y me volví andando, no podía más. Por supuesto que cuando llegué a casa pensé que iba a ser algo imposible, que no iba a ser capaz de seguir y que no tenía sentido volver a ponerme las zapatillas, pero la semilla había empezado a germinar, correr un maratón, es demasiado bueno como para no intentarlo. Así que empecé a leer y a profundizar en cómo son las preparaciones para las carreras populares, contacté con un medio amigo que tiene el título de Educación Física, y con todo eso llegué a la solución: constancia, poco a poco, correr tiempo no distancia y correr despacio.
Para alguien sin la costumbre de correr este es el consejo: corre despacio, no importa que creas que andando vas más rápido, tienes que ir despacio, mucho. Tu objetivo debe ser estar corriendo un tiempo, 15, 30, 40 minutos, da igual cuanta distancia recorras, tu carrera es contra el reloj, ya llegará el momento de pensar en distancias, lo primero es ser capaz de aguantar corriendo un tiempo sin sentir que el aire no llega a tus pulmones y que tus piernas van a colapsar para siempre.
Así que seguí, poco a poco, día a día. Después de unas pocas semanas ya era capaz de correr regularmente 25 minutos sin ningún problema y había días que los utilizaba para forzar, para aumentar el tiempo: 35, 40, 45 minutos.
Y fue entonces cuando volví a mirar los planes de entrenamiento, estaba en plazo, podía mirarlos sin echarme a llorar pensando que tenía que correr 60 minutos, me veía capaz de afrontarlos. Con todos los que tenía y con las indicaciones de mi amigo preparé una mezcla con la que me sentía satisfecho y que creía que iba a ser capaz de cumplirla. Estaba equivocado, obviamente.
En seguida me di cuenta de que no me gustaba hacer series, no me gustaba entrenar, me gustaba correr, estar un tiempo con mis pensamientos y también me di cuenta de que me sentaba bien, me centraba.
Así que tome la segunda decisión reveladora de mi preparación, no iba a seguir un plan, iba a hacer lo que mi cuerpo me pidiera, dejé en el plan los objetivos de distancia que tenía que cumplir semanalmente y me dediqué a hacer kilómetros. Mi nuevo plan era el siguiente: dispongo de tres días por semana (cuatro a veces, pero dependía de más cosas), un día corro una distancia prudencial (10 km o lo que me apetezca) a mi ritmo, otro día misma distancia pero forzando y otro día lo utilizo para ampliar mi capacidad de fondo (13 km, 15 km, 18 km) y cumplir la distancia semanal que marcaba el plan. Sí, ya había llegado el momento de pensar en kilómetros y no en minutos, ya era capaz de correr 50 minutos y al parar quedarme con la sensación de querer correr más, irme a casa con el deseo de que llegara mi siguiente día de carrera. Sé que desde fuera esto suena a cuento, pero es así, una vez que estas metido quieres ir a correr, al menos en las semanas buenas, porque no todo es un camino de rosas.
Hay días que sin ninguna explicación aparente no puedes correr, no te dan las piernas; hay días que esa molestia del tobillo que sueles notar cuando llevas media hora corriendo se convierte en un dolor insoportable que te hace parar; hay días que llueve, que hace frío y que se está muy a gusto en casa y no quieres salir; hay días que hace tanto calor que las farolas se derriten; hay días que tienes que renunciar a planes con amigos porque te trastoca demasiado el plan de entrenamiento…
Y están los días que fuerzas, recuerdo el primer día que estuve más de una hora corriendo. Cuando acabé y pude llegar a casa después de haberme bebido media fuente y de arrastrarme durante el trayecto del parque a casa intenté meterme en la ducha, que para mi desgracia era en formato bañera, no podía levantar la pierna y lo mismo para salir de la misma. Y eso no fue lo peor, lo peor fue pasar el resto de la mañana completamente destemplado en el sofá tapado hasta arriba con una manta incapaz de entrar en calor, y eso que ya hacía buen tiempo. Esas cosas maravillosas que te pasan cuando tu cuerpo te dice que lo dejes, que estábamos mejor antes, cuando la mañana del sábado era desayunar y ver la tele tirados en el sofá.
Hay muchos días así, pero como tienes un objetivo mayor en la cabeza, en cuanto acabas de recuperar te olvidas de los dolores, del cansancio y ya piensas en la ruta que vas a hacer el siguiente día.
Y así van pasando las semanas, hay veces que cumples sobrado el plan, hay veces que te quedas corto. Pero lo importante es hacer kilómetros. Y he aquí mi consejo para cualquiera que se plantee correr una carrera larga sin más pretensiones que acabarla: haz kilómetros, muchos. No importa que los hagas rápido, en series, despacio; lo más importante es hacerlos. Evidentemente esos planes de preparación maravillosos están planteados por gente muy lista y con mucha experiencia en el entrenamiento atlético y tienen mucho sentido, pero no son para todo el mundo, no son para mí, aunque es importante entenderlos y si no los vas a seguir, intentar suplir lo que te aportan mediante otros ejercicios que seas capaz de cumplir. No hice series, pero de alguna manera si que forzaba durante algún entrenamiento y luego recuperaba y volvía a forzar; sí que hacía alguna cuesta forzando, sí que hacía tandas de escaleras a veces,…
Y con esta rutina llegó septiembre, estaba en mejor forma que nunca, había perdido 10 kilos (que sin ser el objetivo, era un aliciente), era capaz de correr 12 km en una hora sin mayores problemas, hacía unos 65 km semanales y un día ya hice 25 km en un entrenamiento de tanda larga. Era el momento de apuntarme a la carrera, ningún problema, era imparable. Llegué a la tienda donde hice la inscripción y estuve hablando con el chico que me atendió, hablamos de que iba a ser muy bonito para mí correr mi primer maratón y de mi preparación hasta el momento, cuando se enteró de que no había corrido ninguna carrera en mi vida me recomendó que me apuntara a la media maratón de Huesca, todo cuadraba: está cerca de Zaragoza, me iba bien de fechas para no trastocar mis planes de entrenamientos y me serviría de prueba para entender cómo funciona una carrera. Dicho y hecho, salí de la tienda inscrito en dos carreras y más contento que un perro con dos colas.
La prueba
Y llegó el día de la media maratón, lo que parecía que iba a ser una gozada: buena temperatura, no demasiada gente y mi estado de forma; se convirtió en un día de sufrimiento horrible. Yo no llevaba reloj, ya hacía bastante que me había acostumbrado a correr según lo que me dijera el cuerpo, me daba igual hacer un minuto más o menos. El fuera de control estaba en 2 horas y media, nada amenazante pero lo tenía presente. Así que empezó la carrera y me olvidé de mi cuerpo, cierto que iba bien, me metí en un grupo que llevaba un ritmo en el que iba cómodo y aguanté con ellos una vuelta (de tres, 7 km), a partir de ahí empezó mi suplicio, había perdido todas mis referencias había ido muy por encima de mi ritmo óptimo, así que los siguientes 14 km fueron un suplicio, sufriendo, obsesionado con acabar y pensando en el fuera de control, cada vez iba más despacio, la gente no paraba de pasarme, «con estos me engancho» pensaba, qué va, como los demás, estos pasaban y yo les veía como se alejaban charlando, disfrutando. «¿Están locos?, ¿cómo son capaces de hablar si yo no puedo ni respirar?». Había gente en las aceras que nos animaba, a mí me animaban mucho, notaban que lo necesitaba, y parece una tontería pero se agradece, es gente que está de paseo o gente que va a ver pasar a su hija/primo/sobrino/madre y te dedica un aplauso, una palabra de ánimo… Si alguna vez pasáis por algún sitio donde haya una carrera popular, por favor, quedaos un rato animando a los participantes, no os cuesta nada y algunos de ellos lo agradecerán. Al final acabé y, para mi sorpresa, bastante satisfecho con el tiempo empleado, 1 hora y 50 minutos, no es para nada una gran marca pero para lo que había sufrido acabé contento. Además me lleve un par de lecciones para el día clave del maratón: no cebarme con la gente de alrededor y llevar reloj para controlarme. Es muy fácil despistarse en carrera, pero si llevas algo planeado es importante ceñirse al plan lo mejor posible.
La semana siguiente fue muy dura, sufrí mucho ese día, mucho, y estuve toda la semana recuperándome.
Pero como tenía tiempo antes de la carrera conseguí volver a mi rutina. Un día, asustado por mi rendimiento en la media maratón y asustado porque 42 km asustan, hice un entrenamiento de 32 km, dicen que no es bueno hacer tandas tan largas porque desgastan mucho los músculos pero necesitaba saber que era capaz de acabar la carrera y pensé que si puedo correr 32 puedo correr 42, así funciona mi mente.
La carrera
El día de la carrera me levanté entre nervioso y ansioso, desayuné un plato de pasta, como mandan los cánones, poca excusa necesito para comer pasta de cualquier modo… Y me fui hacia la salida, veía a gente calentar, ¡calentar! van a correr 42 km y, por vicio, ¡se ponen a correr antes! Lo entiendo, pero esos no eran los que iban a intentar una marca sub 5 horas. Yo caliento en carrera, que me voy a hartar de calentar.
Y comenzó la carrera, no había demasiada gente, eso lo pienso ahora cuando veo la salida de los maratones que se corren ahora con 10000 personas (los pequeños, al menos), en aquel momento me parecía una multitud. Me propuse ir a 6 minutos el kilómetro me tenía que forzar para ir tan despacio pero sabía que no me podía dejar llevar. Y así llego a la mitad de la carrera manteniendo el ritmo inmutable de 6 minutos el kilómetro, allí fue cuando se levantó el cierzo, esa maravillosa brisa que tenemos en Zaragoza (ríete tú de Chicago, la ciudad del viento, ja), además coincidió que estábamos en un sitio fuera de la ciudad, con ningún edificio que nos protegiera. A pesar de que ya estábamos bastante desperdigados nuestro instinto nos decía que nos juntáramos, que nos protegiéramos unos a otros, y lo hicimos. Formamos un grupito de una decena de corredores y comenzamos a hablar, a quejarnos del viento, de que en los avituallamientos se hubieran quedado sin plátano… Alguno se iba quedando, alguno se iba lanzando hacia delante, al final nos quedamos dos, una mujer y yo, ella ya había corrido dos maratones antes y me estuvo contando que luego iríamos pasando a gente que se va quedando, me habló del muro (esa barrera de los 30 km) y más cosas que no recuerdo. Fuimos juntos un buen rato y yo me olvidé del reloj, cuando miré e hice mis cálculos me di cuenta de que iba más lento de lo que me había propuesto, me despedí de ella y me lancé a recuperar el tiempo perdido.
Pasaban los kilómetros e iba bien, pasé los 30 km y no noté cambios, iba cómodo, no podía ir más rápido pero iba bien, me había ayudado el haber ido mucho rato despacito. Porque el muro llegó y llegó con el hombre del mazo, kilómetro 35. A partir de ahí empezó mi calvario, las rectas se hacían interminables, en una cuesta que la sube en triciclo un niño de dos años casi me tuve que parar, pensé en abandonar, pero quedaba tan poco… Así que apagué el cerebro, me olvidé del dolor de las piernas y tiré de corazón, de rabia contenida, de tantas horas entrenando, de tanto sufrimiento. No bebí en el último avituallamiento del kilómetro 40, no quería más peso, tampoco hubiera podido levantar la botella. Dos kilómetros, «ya está» pensé, «dos rectas, una curva, subir Don Jaime y llegar al Paseo de la Independencia» repasaba el itinerario en mi cabeza.
Don Jaime, «aquí recupero y así no doy tanta pena en Independencia» pensé, y bajé el ritmo, pero cuando estás tan bajo si bajas el ritmo es para no subirlo y está bien, no me importaba. Entré en Independencia, la meta al fondo, no dejé que se me escapara ninguna lágrima porque sabía que no podría cerrar el grifo y lo que me faltaba, otro problema para respirar.
Crucé la meta, 4 horas 22 minutos, no pensaba en nada, me pusieron la medalla y una manta térmica, «¿en serio?, ¿te parece buena idea ponerme peso encima?», abracé a mi padre, devoré una naranja, me comí el plátano en dos bocados, me bebí una bebida energética en un solo trago, todavía no pensaba en nada, muy a mi pesar dejé el bollo porque no me gusta, un litro de agua después y ya recobrando la capacidad de pensar hablé con mi hermano por teléfono, no tenía nada que decir, si hablaba lloraba, no entendía las palabras que me decía pero entendía lo que quería decir y lo agradecí, aunque no lo dije. Poco a poco fui recuperándome, hablé por teléfono con más familiares: mi madre, mi hermana; ya podía hablar y les contaba cosas, aunque no muchas, todavía no lo había asimilado, pero estaba feliz, orgulloso de mí mismo.
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