Lo que el terremoto nos dejó

Parecía una broma sacada de un muy mal cuento. Después de que por la mañana se hicieran simulacros a nivel nacional-simulacro, que, por cierto yo ignoré en mi ciudad de residencia- el temblor nos cayó de sorpresa, sin aviso y con una intensidad pocas veces antes vista. Recuerdo que al salir del recinto en el que me encontraba, no sentí nada, bajé tranquila pensando en ponerme en contacto con mi familia en CDMX.

Los primeros minutos comencé a inquietarme-”tal vez sólo se saturó la red”-fue lo que pensé de primera mano. Después de unos minutos, los videos comenzaron a rolar. Dos hombres en las alturas de un edificio, no sé si la Torre Mayor o la Torre Bancomer, veían cómo partes de la ciudad comenzaban a desmoronarse. Esta escena partía el alma y preocupaba terriblemente. ¿Qué estaba pasando?

Desconsolada, una señora le gritaba a un reportero sobre la calle de Ámsterdam. Su vecino, con el que había convivido por años, quedó atrapado bajo los escombros de un edificio que albergaba varios departamentos. La segunda cosa más sorprendente que el terremoto, fue la gente, sobre todo aquellos que se encontraban en construcciones aledañas y que inmediatamente se pusieron a tratar de rescatar personas.

Rápidamente corrían voces, en redes, por las calles, en cadenas de Whatsapp. La gente, la sociedad civil se movilizó y todos decidieron ayudar. Pronto varias locaciones empezaron a recibir de todo, víveres, guantes, agua y mucha gente dispuesta ayudar con lo que pudiera, con lo que tuviera a su alcance.

Los días han pasado, pero no nos hemos tranquilizado. Después de la confusión de ‘Frida Sofía’ y múltiples rescates de los cuales hemos sido testigos, este sábado un temblor, sin saber si era réplica o “de nueva generación” nos despertó. De nuevo gente en calzones en la calle, noticias, nervios y hasta infartos debido al gran susto que todavía cargaba la gente.

Hoy, alguien, en uno de los tantos grupos de Facebook a los que estoy agregada puso una idea similar a esto: “cada que camines en la calle, cada que te subas a un camión de ahora en adelante, sonríele a la gente, sé cordial, alguno de ellos se metería a sacarte de debajo de los escombros sin conocerte.” Es verdad.

Hoy por la mañana, una chica que está llevando ayuda a varios centros de acopio en el estado donde resido, me manda una imagen. Una señora de edad, con un rostro iluminado pero muy arrugado, un vestido de color morado estilo indígena con olanes, cabello cano y peinado en trenzas, carga una bolsa de plástico transparente llena de despensa. Lleva una bolsa de frijol con un par de latas de atún. Se para frente al centro de acopio estirando sus manos para entregarla a alguno de los voluntarios. No trae zapatos.

En la imagen, unos chicos que se encuentran “bien vestidos” la miran, sorprendidos. Le reciben su ayuda sin creer lo que miran. La señora no tiene zapatos, pero está donando lo que puede. Así muchos han vaciado despensas, se han desprendido de lo propio para darle a alguien a quien no han visto en toda su vida. Esto me llena el corazón y los ojos de lágrimas. Esta es la herencia que el terremoto nos dejó.

Un pueblo más consciente, un pueblo dispuesto a dar, un pueblo que se queda hasta el amanecer con tal de rescatar a alguien con vida. Un pueblo que alimenta a sus héroes. No dejemos que se nos escape. No dejemos que la indiferencia vuelva a reinar. Seamos más amables, atrevámonos a preguntar ¿qué te hace falta? ¿estás bien? ¿cómo has llevado esta situación?

Sobre todo no menospreciemos a nadie. No somos mejor que nadie. La señora que vende tamales en la esquina, el señor del agua, el albañil, serían los primeros que sin dudar se meterían abajo de la piedras para sacarnos. No es una hipótesis. Lo estamos viviendo.

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