Tres días con un cheesecake crudo y vegano

Día 1

─ ¿Cómo que no tiene queso de verdad?

─ Es un cheesecake vegano, no puede contener ningún derivado lácteo.

─ ¿Y por qué se llama “chesse” cake entonces?

─ Porque sigue la misma preparación que llevaría uno normal solo que sustituye algunos ingredientes. ¡Ah!, y bueno, con la salvedad de que además es crudo.

─ ¿Crudo?

─ Sí, no tiene cocción.

Eran mediados de febrero, meses atrás habíamos resuelto ponerle fin a nuestra relación de manera definitiva y hace un par de días quedamos para ir a comer algo. Fuimos a un nuevo restaurante orgánico en Miraflores que ella eligió y que, cuando estábamos juntos, me insistía en que fuéramos. Ella pidió una hamburguesa hecha de lentejas o de alguna otra menestra que no recuerdo bien; yo fui menos aventurado y pedí una ensalada que tenía col morada y una vinagreta con sabores orientales y páprika. Para tomar, ella pidió un té helado de rosas de Jamaica y yo pedí que me trajeran lo mismo para mí. Pensaba decirle lo ridículo que me parecía el precio de un vaso de agua ligeramente teñida y decorada con un par de pétalos pero desistí y preferí hacer un comentario acerca de los dibujos de mandalas que estaban en el mantel de papel de nuestra mesa y que podíamos pintar con unas crayolas que nos dieron al llegar. Le hice un comentario sobre cómo ahora las imágenes para pintar habían pasado de ser de niños para ahora cubrir la demanda del mundo adulto. Ella me habló de la finalidad catártica del acto mecánico de repetir patrones en ellos; de que cada uno, según los trazos, cumple con diferentes finalidades. Luego me contó de la diferencia entre los yantras hindúes y los mandalas budistas. Me contó que le habían cambiado la medicación; que le suprimieron los antidepresivos pero que le aumentaron ligeramente la dosis de los ansiolíticos; que ahora dormía mejor. Yo no tenía ninguna confesión personal que hacerle; básicamente no había cambiado nada en mi. Decidí contarle que quería utilizar la palabra Iphone en un texto y lo difícil que se me hacía poder hacerlo. Mientras comíamos el postre sin queso real, ella me dijo que pensaba ir a una marcha de manifestación. Yo me detuve unos segundo en pensar sobre la contextura cremosa del falso cheesecake y llegué a la conclusión de que si es igual de cremoso debe engordar igual, luego caí en cuenta de que vegano no necesariamente tiene porqué ser dietético.

─ ¿Y por qué marcharán?

─ Porque es nuestro derecho.

Esa noche estuve conversando con unos amigos por el FB chat acerca de los últimos cambios de la campaña electoral, de lo frágil que era el voto de las personas y de lo frágil que era la imagen de los candidatos a la presidencia. Después de un rato de navegar por inercia en el internet, vi un capítulo en Netflix de No Reservations con Anthony Bourdain que me recomendaron. El episodio del 2006 trataba acerca de Bourdain y su equipo viajando a Beirut para aprender acerca de su cultura gastronómica cuando, de pronto, la guerra entre Israel y Líbano estalla, dejándolos varados en un hotel de la ciudad y con bombas escuchándose, como truenos, a pocos kilómetros de distancia. Bourdain decide seguir con el programa y muestra cómo la cocina y el ritual alrededor de ella, podía integrar a las personas aún en la situación que vivía el país en ese momento. El capítulo fue nominado al Pulitzer. Después leí un artículo en Wired sobre la nueva revista PlayBoy y la decisión de no contar con chicas desnudas de ahora en adelante. ¿Cómo pueden transformar y pretender mantener un concepto, quitando y cambiando sus fundamentos?

Antes de dormir quise escribir un tweet sobre el cheesecake sin queso pero me resultó imposible realizar un comentario creativo al respecto en 140 caracteres.

Día 2

Aproveché que era sábado para dar unas cuantas vueltas más en la cama. Pese a no poder dormir más allá de las 8 A.M. por estar ya biológicamente acostumbrado al horario de oficina, me gusta expresar mi libertad de fin de semana y no levantarme hasta pasadas las 10 A.M. Prendí la laptop y leí un artículo en Lithub sobre las novelas más influyentes del 2015 de autores de color, lo que me llevó a leer otro artículo sobre un movimiento por redes sociales que propone no leer ningún libro de ningún hombre blanco heterosexual este 2016 y así equilibrar el karma histórico de la falta de voz de los otros. Después retomé un ensayo de David Foster Wallace sobre un festival de langostas en la región norcostera del condado de Maine que volví a dejar a la mitad por stalkear el perfil de FB de una chica nueva que llegó a la oficina. Continué revisando por un rato el time line de FB jugando a ser un Rey que bendice a unos pocos de sus súbditos con los dones aprobativatorios de sus Likes.

Por la tarde me entraron ganas de salir a montar bicicleta por el malecón Cisneros. En el faro me crucé con un antiguo compañero de la facultad; el cual no me dio tiempo de evitar así que mantuvimos una pequeña conversación. Me contó que una editorial le publicaría una novela. Que la trama iba sobre un tío suyo que había sido un policía homosexual destacado a Huamanga en la época del terrorismo y que fue secuestrado por Sendero por más de seis meses y que vivió para contarlo. Yo pensé en contarle acerca de mis problemas con la palabra Iphone pero me pareció que sonaría ridículo y hasta irrespetuoso después de haber escuchado de qué iba su libro. Me di de cara con mi propia provincia mental. Sentí que era totalmente incapaz de ver nuestra realidad y que nunca tendría temas como el suyo de los cuales hablar con soltura, sin que suenen postizos. Nos despedimos. Decidí intentar ver a mí alrededor a ver si tenía una suerte de epifanía o si la miopía se me curaba por arte de magia, pero me encontré atrapado frente al mar, con el sol cayendo en sábanas púrpuras, rosas y naranjas y con una mujer en leggins deportivos paseando a sus dos Schnauzers.

Por la noche salí por unas chelas con unos amigos. Hablamos de la película de Deadpool que se acababa de estrenar hace algunos días, yo les dije que Ryan Reynolds nunca me pareció un buen actor y hasta que me caía mal pero que esta vez había encontrado a su personaje. Tomamos durante un rato y me limité a ver a las chicas desde mi asiento y no cedí ante ninguna incitación de mis amigos por a abordar a alguna de ellas. Avanzadas las cervezas hablamos sobre nuestro plan de escape ante un eventual apocalipsis zombie; reparamos en las casi nulas tiendas de armas que hay en Lima y todos parecíamos coincidir en robar la Hammer que estaba estacionada en la puerta del bar para ir al Yacht Club de Barranco y robar un Yate e irnos a San Lorenzo. También coincidimos en ser realistas y pensar en un panorama como en la película 28 días: solo debíamos sobrevivir unas cuantas semanas en la isla ─ obviamente con las provisiones alimenticias del caso ─ y saldríamos victoriosos del asunto. Me encontré con una amiga que me ofreció un Xanax, me dijo que ella tomó dos y un Prosac y que, con el alcohol, producían la sensación de estar ligeramente retrasado en el tiempo por unos milisegundos. Se trataba, según ella, de provocar alzas y bajas en tu organismo hasta encontrar el grado cero del alma. Le acepté la pastilla pero la guardé en el bolsillo de mi camisa. Me contó acerca de una banda de Indie Folk que estaba siguiendo; yo le conté acerca del cheesecake vegano. Me dijo que odiaba a los veganos con su cutis perfecto pero que le gustaba como sonaba eso del cheesecake paradójico. Me provocó escribir sobre eso, me parecía una buena historia pero cuando llegue a mi casa solo pude dormir.

Aquella noche soñé con viajes en el tiempo y que debía salvar a gente en una ceremonia de un inminente atentado; regresaba una y otra vez pero siempre me faltaba algo para poder impedir que la bomba estalle.

Día 3

Desperté con resaca. Pasé la mañana entera intentado equilibrar la proporción de ácidos y alcalinos de mi cuerpo. Toda la vida se resume en este equilibrio entre ácidos y alcalinos. Lima, por ejemplo, es una ciudad ácida y necesitada muchas veces de elementos del 1A[1]. Elementos como el litio o el potasio vienen bien en determinadas épocas. Una vez verificada la falta de insumos en mi cocina, salí a buscar un jugo de frutas helado. Caminé por la avenida Diagonal hasta el restaurante debajo del edificio que lleva el mismo nombre que la avenida. Pensé en lo mucho que me gusta ese edificio y recordé a su arquitecto, el posmodernista Enrique Seoane Ros. Sorbiendo mi jugo de granadilla, lima y naranja, me di cuenta de que a nadie más ahí le interesaba aquel dato, ni los sutiles motivos peruanos en los detalles que adornan las ventanas del edificio. Miré a mi alrededor y vi a la generación de las cabezas gachas. Todos estaban enfocados y drenados por las pequeñas pantallas de sus celulares. Conexión y aislamiento. Algunos tomaban fotografías de sus platos. En estos días la gente fotografiara más de lo que mira, pensé. Me sentí mal por ellos y me enojó la falta de conciencia de su propia realidad. Recordé a mi amigo y la novela acerca del policía homosexual y me sentí mal de mí mismo también. Supuse que ellos no tenían por qué saber acerca de arquitectura ni que yo tenía que tener en mi familia a un homoexual víctima del terrorismo. Me di cuenta que tal vez ver a través del objetivo de sus celulares era la nueva forma de ver el mundo y que eso era más honesto en cierta manera. El lenguaje había cambiado y lo seguiría haciendo. Sentí que poco a poco me desvestía de cierto romanticismo. Pensé en las langostas de Wallace y cómo llegaban a ser un tema capital de vida.

Volví a mi problema sobre la palabra Iphone y me pareció que no sería tan difícil de emplearla después de todo, si es que era parte de la vida y ayudaba a traducir tu propia voz. Chejov tenía una frase: «Para ser universal, habla de tu pueblo». Por primera vez llegué a interpretar esta frase de manera no literal y adquirió un nuevo sentido: contar no solo las historias de tu pueblo, sino, lo que tú pueblo es para ti; sobre tu visión única del universo y, así, si eres lo suficientemente honesto, podrás llegar a ser universal.

De regreso a mi casa pensé en el cheesecake crudo y vegano y, por un momento, nada me pareció más poético que eso.

[1] Grupo 1 de la Tabla Periódica donde se encuentran los metales alcalinos. Todos estos tienen como característica poseer un solo electrón en su nivel enérgico más externo con tendencia a perderlo, con lo que terminan formando un ion monopositivo M⁺.