Subestimando el estar bien
Mirándola me vi a mi…
Me dijo “estoy bien”, con esa sonrisa que ninguna de las dos nos creímos y con esa mirada de “ya no puedo mas” que tanto me se.
Ella, para los ojos de los demás, resulta una típica chica de 19 años. Pero detrás de la normalidad que crea la rutina y del maquillaje que tapa las horas de dolor, existe una persona cuyos pensamientos no puede controlar y cuyas acciones la perjudican a ella misma. Existe una persona con una enfermedad mental.
Por alguna razón pensamos que la única salud que importa es la física; comamos bien y hagamos ejercicio y listo, a vivir una vida plena y feliz.
Pero la verdad es que no importa cuánto kale comas… Si tu mente y tu alma no están bien, tu tampoco lo estarás.
La chica que describí al principio es una de muchas. Nadie sabe con seguridad si la persona con la que esta hablando no durmió la noche anterior, llorando y causándose daño. Y aunque a muchos nos gustaría tener una varita mágica para ayudar a que todos los que sufren de una guerra consigo mismos sanen, la verdad es que no podemos.
Mas si es posible, y necesario, que estemos ahí. Porque las sonrisas fingidas y los ojos llenos de dolor, son mas fáciles de soportar cuando tienes a alguien con quien llorar, con quien reír y con quien entender que ninguna tormenta es para siempre.
Y por sobre todas las cosas, es necesario que agradezcamos que no somos nosotros los que ahora tenemos ese dolor entre pecho y espalda…
Eso que damos por sentado es aquello que muchos rezan por tener.
Agradezcamos tener un cuerpo que se mueva, oídos que escuchen, ojos que vean, una cabeza que no esté llena de miedo y un alma que no esté repleta de dolor.