El día en que vi a los catalanes vibrar

En los ocho años que llevo viviendo en Catalunya, no ha habido día como el 1º de octubre. Nunca he visto a los catalanes tan entusiasmados y golpeados, como el día del referendum

Tenía 72 horas de haber defendido mi tesis doctoral. Mi madre estaba de visita de Venezuela y mi mayor preocupación era que Reza, el maître de Servicio Continuo, se aprendiera mi nombre para oficialmente poder decir que que el bar era mío. Invertí mucho dinero en ese bar pijo, sin conseguirlo. Logré, sin embargo, que el equipo de The Objective, donde colaboraba en ese entonces, celebrara ahí la reunión estratégica previa al referendum de autodeterminación. Habían venido desde Madrid. Nos repartimos zonas de Barcelona y proyectamos escenarios. Ya que estábamos en el bar de la esquina de arriba de mi casa, me pedí el colegio de la esquina de abajo. Bebimos hasta tarde.

Servicio Continuo, et trobaré a faltar.

Fue una noche fría y una madrugada lluviosa. Nadie durmió. Bueno, yo dormí. Pero nadie en l’Escola La Concepció del Eixample lo hizo. A las 5 de la madrugada me alisté con la sensación de llegar tarde. Quería pillarlo todo desde el principio, pero la verdad es que si tomamos en cuenta que llegué a Barcelona en octubre de 2010, queda difícil sostener que no lo he visto todo desde el comienzo.

La entrada del colegio queda en un pasaje, a un costado del mercado. Me sorprendió el gentío en aquel callejón, a media luz, bajo la lluvia. El ánimo general era de emoción. Como de niño de primer curso que comienza clases mañana.

Dentro del colegio estaban miembros de la asociación de padres. En catalán se llaman AMPA (associacions de mares i pares d’alumnes) y cada vez que escucho la palabra, veo a un encapuchado pistola en mano. No lo puedo evitar.

La gente coreaba votarem, votarem, pues temían todo: que no los dejaran abrir los colegios, que no llegaran las papeletas, que no llegaran las urnas. Todo, menos lo que en realidad pasó: que los dejaran votar a palos. Tenía la instrucción de enviar vídeos en vertical, que The Objective utilizaría para alimentar el feed de stories de Instagram, donde son particularmente buenos.

Reconocí al director de teatro David Selvas. La señora que tenía al costado, también. Y se me quedó mirando con cara de “¡mira quién es!”. Y tuve el diálogo más surrealista de la jornada:

Digo: Què guapo que és.
Dice: Seh. Però és gai.
Digo: Això no li treu, dona.
Dice: Tens raó, filla. Tens raó.

Pero más bello que David Selvas bajo la lluvia fue ver entrar las urnas de votación. No sé cómo decirlo sin que suene épico, pletórico, romántico o narcótico: aquella bolsa negra arrastrada hacia el interior de La Concepció, fue la gran victoria de aquel día. La victoria de una gente que, como sabemos, está acostumbrada a perder.

Y amaneció. Y los liderazgos naturales se despertaron para organizar la peña: que entren primero los miembros de mesa, calma, que esta vaina es nuestra.

El momento de mayor tensión fue cuando un bombero tuvo que explicar que era eso, un bombero y no un infiltrado. Que estaba ahí porque quería votar y no lo contrario. Una persona justificándose ante una multitud a la defensiva.

Llamésmolo el incidente aislado de la jornada e identifiquémoslo como la situación permanente de la sociedad contemporánea actual: la sospecha.

Aquel día, sin embargo, llovieron abuelitas. Gente mayor, como tantas veces he visto en Venezuela. Y nietas emocionadas, como yo, cuando mi mamá me mandaba por WhatsApp, la foto de mi abuela, enferma de Parkinson, mostrando a cámara su meñique mojado en tinta, el día de alguna elección que, como tantas otras, también perdimos. Hoy en día, la derrota es el estado general de las cosas. En el mundo.

Y no, no soy ni tan miope ni tan beoda como para comparar el conflicto catalán con la postguerra venezolana. He bebido, pero no estoy borracha.

Finalmente, pude entrar en el colegio para verlo todo desde arriba, hacerme en una esquina y ver a la gente pasar. A la gente votar, a la gente declarar, a la gente esperar. Adentro, escuchamos las noticias sobre las descargas policiales, la violencia en institutos cercanos al nuestro, la soberbia y la tozudez.

Empezaron los problemas de conexión. Nos pidieron que desconectáramos el Wifi y la conexión de datos. Accedí e hice el único vídeo en horizontal.

Cuando sentí que tenía la foto de aquel día completa, cuando supe que la jornada se acercaba a su fin, me fui a mi casa y me eché a dormir, como quien sabe que esto será para largo, que aquí comienza la línea de pólvora. Y lo digo en sentido figurado. Espero.

Mis compañeras de Madrid regresaron con magulladuras: lo vieron de cerca. Vieron porras delante de sus narices, gente caer empujada.

Cuando recuperaron fuerzas, nos fuimos al centro de prensa.

Y fui la última vez que vi a estos tres, libres y cerca.

Diez días más tarde, el Parlament de Catalunya firmó la resolución que proclamaba la Independencia. Y a finales de mes, vivimos el fin de semana más anticonstitucional de la historia.

Un año después, mi bar es una hamburguesería de luz blanca que nunca he osado pisar. En el barrio se rumorea que lo compraron unos rusos. Mi madre sigue viviendo en Venezuela y a Reza… a Reza nunca más lo he vuelto a ver.