El primer día de la República catalana

¿Qué hacer el primer día de una República nueva? Si estás en Cataluña, pensarías, pues, ¡muchas cosas! Sobre todo, porque no sabes cuánto durará. Pero debo ser honesta: el primer día de la República catalana dormí a pierna suelta.

En particular, porque el viernes me acosté a las 5 de la mañana, cuando terminé la crónica que me hizo feliz tratando de explicar qué hacían los catalanes para reír en vez de llorar. El mayor mérito fue lograr publicarla antes de que Cataluña se declarase independiente.

República de Cataluña, día 0.5

La sesión del Parlament la vi en el bar de la Facultad, rodeada de mis compañeros de trabajo y de un montón de estudiantes a los que hay que arrear para cualquier cosa, pero que esta vez, en cambio, habían subido el volumen de la tele y estaban ahí, amontonados, atentos a todo lo que pasaba. En el momento de los 70 votos a favor, yo iba por el café cuando en realidad, el cuerpo me pedía un gin-tonic. Los jóvenes entregados a la felicidad de lo nuevo, los profes entre cautos y contentos. Sé que también están los depres, los molestos, los incrédulos. Los que no vinieron.

Traté de trabajar lo que se pudo entre las 3 y las 4 de la tarde, la hora muerta entre que el Parlament declaró la independencia y el Senado, la intervención del Parlament y de todo el Govern. Pero pronto empezaron a entrar llamadas de radioemisoras de Venezuela, con ganas de que les explicara qué estaba pasando aquí. Eran tantas que empecé a repartir entre colegas periodistas:

— Apunta el teléfono de la Basciani: código de país, 34… bueno, hasta que nos informen de lo contrario.

Recogí mis cosas y me fui cames ajudeu-me — paticas pa’que te tengo — a la plaza Sant Jaume.

Barcelona era una fiesta. Conecté con Gladys Rodríguez del Circuito Éxitos. Le dije que la gente estaba rumbeando hasta que los dejaran. Le expliqué el proceso del Estatut (2006–2010), las manis multitudinarias en el día de la Diada, especialmente a partir del 2012. El fracaso en las no negociaciones del Pacto Fiscal. Lo complejo de todo el proceso. Luego llamó mi mamá para decirme que dijera también esto o aquello. Que me cuidara, que tuviera cuidado. 
Que ay, dioj mio.

Crucé la plaza a campo traviesa para encontrarme con Antonio Fernández, colega que reporteaba para Univisión. Hicimos nuestro análisis de altura:

— Marico, qué peo.

Más tarde me llamó Graciela Beltrán Carias de Onda La Superestación: “En este momento me encuentro en Via Laeitana y tengo un helicóptero sobrevolando mi cabeza y una decena de furgones de los Mossos d’Esquadra pasándome por el lado”. Graciela introdujo la entrevista diciendo que España había soltado los toros. Y yo, que los veía desde la barrera, le respondí:

— Y en Cataluña están prohibidos, Graciela. Ese es el resumen ejecutivo.

Más tarde me llamó Vanessa Davies de Unión Radio: “Justo ahora estoy en la calle Aragó, a pocas cuadras de la delegación del gobierno central…”. Ya se veían manifestantes con banderas de España subiendo hacia el Paseo de Gracia y Mossos y más Mossos acordonando la zona. Le mendigué un cigarro a un señor que pasaba por ahí y que, al verme la cara de espanto, me dijo en catalán:

— Harán todo por atemorizarnos. No hem de tenir por, dona. Només faltaria.

Cero nervios. Cómo así andar cagado del susto el día de la Independencia de Cataluña. Si entraba una llamada más, mi mamá se hubiese quedado tranquila: “En este momento me encuentro en mi casa. Estoy muerta de hambre y mamada del cansancio”.

República de Cataluña, día 1 (the next day)

Una vez despierta pensé que era el día ideal para ver una de esas pelis que sabes que debes ver, pero que nunca logras ver. Al menos no del todo, al menos no completa: The Birth of a Nation. No, pues, le sigo debiendo 3 horas 45 minutos a D. W. Griffith. Y seguí durmiendo.

Cuando me desperté, tenía un WhatsApp de Crida per la democràcia: “Bon dia, ciutadans de Catalunya”. El mensaje decía que estábamos construyendo la República y que debíamos guardar energías, que llenásemos los bares, que fuésemos al cine. A gozar y a despejar.

— De fruta madre porque la Cobo me invitó al teatro — pensé.

Y seguí durmiendo.

Pero no sé yo si el primer día de la República catalana sea el ideal para ver una obra sobre la Guerra Civil Española: una versión de El laberinto mágico de Max Aub. Mare-de-déu.

Dos horas de espectáculo. “Marica, es que son 5 libros”, nos dijo la Riquelme. A ver. Dos horas de una obra que acaba con todos fusilados, Barcelona bombardeada, y con un personaje que antes de morir, dice: “¿Dónde estás, España? Siempre, siempre, España”. Y a continuación, un silencio letal. A mí se me escapó la carcajada y escuchamos cuando una señora le dijo a su marido:

— I ara què, hem d’aplaudir?

Casi me muero. Pero hubo más. Como para calmarnos, el personaje dijo:

“Ahora es otra cosa. Los vencidos ya no son enemigos, sino prisioneros. También el autor se siente prisionero de sus historias. No sabe cómo salir del laberinto”.

De momento, a mí que me saquen de este teatro y me den alcohol por la vena.

«El laberinto mágico», hasta el 5 de noviembre en el Teatre Romea

Luego de los aplausos, hablamos con ella:

— He tenido ganas de gritar alguna cosa. No passa res.
 — ¿Qué hubiese gritado? — le pregunté.
 — Pues, el tema de la República. Que no lo dejemos hacer de nuevo. Es impropio de un Estado, el gobierno que tenemos en Madrid. Y todo el mundo callado. ¿Entiendes? Aquí no les votamos. Tienen el 8% de representación y ahora vienen aquí a mandarnos. Y tendremos, otra vez, que soportarlos, en otras elecciones. Es decir, que es una situación de una democracia de mentira. Vosotras sois jóvenes. A mí me sabría mal morirme con un gobierno de derechas como el que tenemos.

Tiene 72 años de edad. Y añadió:

— Estoy triste.

Al salir, mendigué otro cigarro y me fumé un Ducados.