Un vermut por nuestros muertos más frescos

Ha muerto mi padrino, José Daza. El verano pasado, cuando lo vi por última vez, me recibió todo contento con una estelada en el pecho. Tuvo mil vidas en una.

Etapas que recuerdo en la vida de mi padrino: hippie, patotero, físico-culturista — ergo levantador de pesas — , tirador profesional, budista zen. Y lo último: apasionado de las congas.

El matrimonio de mis padres debió coincidir con la etapa patotera, pues aquella fastuosa fiesta, del tipo Felipe y Letizia, pero a mediados de los setenta y en Caracas, terminó en trifulca por una pelea que él comenzó. O que comenzó otro pero que él se aseguró de terminar. Del período anterior, me quedé con la leyenda según la cual mi tío encerraba en el baño a sus hermanas, las morochas, y no las dejaba salir hasta que se supieran las letras completas de los Beatles. De mayor, lo recuerdo bailando conmigo twist and shout en las fiestas de fin de año.

El físico-culturismo tocó en mi infancia. Entonces, había en casa de mi abuelo una habitación — le decíamos el cuartico negro porque era de madera oscura con muebles de cuero negro — llena de polvos multivitamínicos, pesas, mancuernas, máquinas y revistas, muchas revistas con gente en bañadores diminutos y pectorales bien definidos. A mi tío, de su etapa hippie, le quedó el apodo de Gordo Daza, pero yo nunca lo vi gordo, sino fuerte y musculoso.

Más tarde se haría socio del Magnum City Club — mi padre cree que en realidad fue en Fuerte Tiuna — , para entrenar con toda su familia: mi tía Florelia y mis dos primos pequeños. Iban allí a disparar como en la Loca Academia de Policía o más preciso, como en Magnum P.I. José era mi tío MacGyver. Diría que alguna vez estuve en la sala de tiro porque tengo esta imagen: él, con gafas amarillas de protección, invitándome a descargar pólvora contra una diana:

- ¡Sin miedo, ahijada!

Nunca fui capaz.

Cuando entré a trabajar en la revista Exceso, mi tío resultó ser la fuente perfecta para más de un reportaje: fue seguidor de Gurdjieff, un maestro místico armenio. Averigüen sobre él, flipen. Me asesoró en un reportaje sobre el boom de las prácticas orientales en Caracas. Por él pude meterle algo de seso a una nota sobre pijas locas por el yoga. Me divorció la primera vez.

Mi tío José estuvo en Alcohólicos Anónimos, pero no recuerdo haberlo visto jamás borracho. Salía de las reuniones familiares tan entonado como salían todos mis tíos, como salía mi padre — con el vaso de whisky en la mano — , como saldría yo más tarde, con un Cuba Libre. Somos Daza.

Mi padre es el mayor de los seis hermanos. Le sigue José. Hace pocas semanas, a los 96 años murió mi tía María Elena, hermana de mi abuela, la única otra madre que le quedaba viva a mi padre. Pensé que era especialmente triste porque a mi viejo ya no le quedaba nadie por encima. Era la última. Y de pronto, se le va un hermano, el primero de debajo. Tuve ganas de tener a mi padre en la sala de mi casa, en Barcelona, para confortarlo y prepararnos para las muertes por venir.

Por descontado que mi tío José era un tipo curioso, apasionado por las cosas y los mundos desconocidos. Un diciembre, en lugar de darme costosos regalos y juguetes de plástico — alguna Barbie, por ejemplo — me regaló una torre de libros de la editorial Panapo, famosa por sus ediciones baratas en papel reciclado. De aquella paca recuerdo haber descubierto a Romeo, a Julieta y a Siddharta.

Conoció tres nietos y tuvo dos hijos, uno de los cuales es malabarista, trovador y poeta. Vive en Metán, ciudad de la Provincia de Salta, Argentina. Mientras escribo esto, mi primo Luis Eduardo debe estar en camino para enterrar a su padre.

Por ellos, por nosotros, me tomé un vermut esta noche, a la salud de José Daza.